Este ganadero, natural de Hinojar de Cervera, es de los pocos que resisten en toda la provincia de Burgos. Se mueve, sobre todo, entre Briongos y Ciruelos de Cervera con alrededor de 240 cabras y ovejas. Cuenta que esta profesión le ha gustado «toda la vida» y asegura que si volviera a nacer, la escogería de nuevo.
A Carlos nada le agrada más que su oficio. Es hijo y hermano de pastores. Y desde hace un tiempo él también gestiona su propio rebaño, formado por cerca de 240 cabras y ovejas, que pastan, fundamentalmente, por los sabinares de Briongos y Ciruelos de Cervera. «Esto me hace una gran ilusión, me ha gustado desde siempre», comenta durante un paseo otoñal por el monte, ‘escoltado’ por media docena de perros que le entienden con una simple mirada. No lo ha tenido fácil. Pero él resiste. Primero porque es su pasión. Segundo porque le permite vivir en su tierra natal. Y tercero por la gran labor que llevan a cabo estos animales, que actúan como desbrozadores ecológicos y ‘bomberos’ naturales al ayudar a limpiar el monte y prevenir incendios.
«Es en beneficio de todos, no se debería perder», explica convencido. Él lo sabe bien. Lo ha visto desde pequeño con su padre, en Hinojar de Cervera. Cuando era un crío, en cuanto le veía salir de casa, corría detrás de él. Pero muchos días se encontraba con un «no vengas, que voy muy lejos» y Carlos se daba la vuelta con lágrimas en los ojos. Aquello se le quedó grabado. Y aunque ha dedicado buena parte de su trayectoria laboral a la construcción, en ningún momento dejó de soñar con el ganado.

Así las cosas, después de casi tres décadas construyendo un sinfín de las típicas casas de piedra que hay en el entorno de Santo Domingo de Silos (primero por cuenta ajena y luego como autónomo), Carlos decidió que había llegado el momento de seguir su sueño. Era 2022 y coincidió con la jubilación del pastor de Tejada. De alguna forma, los astros se alinearon. Junto con otra socia, le compraron el rebaño y trabajaron mano a mano durante un año. Esta prueba le permitió a Carlos darse cuenta de que prefería continuar él solo. Y así lo hizo.

Por desgracia, la suerte le dio la espalda. Durante una salida con su rebaño, se cayó cerca del cementerio de Briongos y se rompió el peroné. Por culpa de este percance, estuvo siete meses de baja. Lo peor, según admite, fue vender su rebaño. «Me dolió más quitar las cabras y las ovejas que la lesión de la pierna». Le había costado mucho esfuerzo sacarlo adelante y, de pronto, todo ese sacrificio se vino abajo. Fueron unos meses complicados. De hecho, cuenta que no cayó en una depresión «de milagro». Pero se repuso. Y ha vuelto con energías renovadas y «una ilusión que no se me quita».
Tanto es así que en su rebaño suma ejemplares de Palencia, Ávila (de una zona cercana a Madrid) y Burgos. Las tres cuartas partes son cabras y el resto, ovejas. «Me ilusiona ver que salen adelante, que paren y que tienen buen tamaño», comenta con una sonrisa, al tiempo que subraya que se trata de animales «muy listos» que conocen el terreno y van directos a los lugares donde hay agua y a las encinas que más bellotas atesoran. Así, en cuanto la regadera del camino al Prado se halla cerca y suena el runrún del riachuelo, los animales aumentan la velocidad de forma considerable.

Junto al rebaño, los otros grandes protagonistas son sus perros. La niña de sus ojos se llama Luli, a la que Carlos, de 58 años, considera «la más lista» del grupo. No le hace falta que el pastor le diga ni media palabra, que ella ya sabe cómo y hacia dónde guiar a las cabras y ovejas. Así durante todas las caminatas que realizan diariamente, de lunes a domingo. «Son muchos kilómetros al día», dice Carlos. Tantos que ni los cuenta. En esta época del año, salen a eso de las 10 de la mañana de la nave, ubicada en Briongos de Cervera, y regresan al anochecer. «Vamos con el sol«, resume el pastor, que porta su comida en una mochila, además de un puñado de bellotas para las cabritas más pequeñas, a las que cuida con mimo.

En cuanto a las rutas que traza con su rebaño, destaca su paso por los alrededores de Ciruelos de Cervera. Está claro: «Hay que ir donde está el pasto y aprovecharlo», indica en referencia a la gran cantidad de bellotas que alberga este municipio. La pena es que el monte se encuentra seco, «igual que en verano». Sea como fuere, esta localidad tiene la suerte de volver a contar con un rebaño en sus alrededores, una estampa que no se veía desde hace ocho años, cuando se jubiló el anterior pastor.

Y es que como detalla Carlos, las cabras y las ovejas desempeñan una labor fundamental para el ecosistema, ya que «limpian los montes que da gusto». A su juicio, «interesa tener este tipo de ganado, pensando en beneficio de todos«. Explica que «donde hay ganado se nota, con zonas de prado», en lugar de maleza. En este sentido, añade que las generaciones anteriores conocían la importancia de estos animales en esta zona y rechaza ciertos estereotipos. «Algunos les veían con boina y pensaban que eran tontos, pero de eso nada. Ahora lo tenemos más fácil en muchos sentidos y hay quienes piensan menos», sentencia.
Esto lo tienes que vivir, te tiene que gustar muchísimo
De momento, se ha organizado para que su rebaño empiece a parir en mayo, ya que el invierno es duro por el frío y las cabras, como dice Carlos, son un animal delicado. Además, «en primavera siempre hay más pasto», relata sin perder la sonrisa. Porque si algo repite es que esta forma de vida le ilusiona y le entusiasma. «Es lo que más me gusta. Sólo quiero que me vaya bien», pide a modo de deseo, sabedor de que el oficio resulta sacrificado y la parte económica no acompaña al sector. Eso sí, de su lado tiene la vocación por la ganadería y el hecho de vivir en el pueblo que le vio nacer, donde hoy apenas duermen media docena de vecinos. «Esto lo tienes que vivir, te tiene que gustar muchísimo». Y vaya si a él le gusta. Más bien, le apasiona.
Se despide con un último mensaje: vivir lo mejor que cada uno pueda, sin avaricia ni ansia, con honradez. Carlos tiene claro que si volviera a nacer, elegiría de nuevo su profesión.

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