De un municipio de 25 habitantes al mundo

Categoría: Despoblación Página 1 de 3

Esther, la peluquera rural que va de casa en casa

La necesidad agudiza el ingenio. Resulta que en muchos pueblos no hay autobús. Resulta que muchos mayores ya no disponen de coche propio para desplazarse y dependen de sus familiares para las tareas cotidianas. Hijos que, por otra parte, han tenido que emigrar a grandes ciudades. Pero resulta también que hay personas dispuestas a inyectar ilusión en el medio rural. Una de ellas es Esther, quien desde hace cinco años se ha echado a la carretera con su peluquería ambulante. Recorre numerosos pueblos de Burgos y si algo tiene claro es que este modo de vida “es una maravilla”.

Dicen que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Algo así es lo que ha hecho Esther. Esta peluquera de Tardajos (Burgos), consciente de que cada vez la gente de los pueblos tiene más problemas para desplazarse -ya sea por la falta de transporte público o por su avanzada edad-, decidió ir ella misma por las casas. Vamos, que si una persona no puede acudir a la peluquería, no hay excusas: Esther va a su domicilio. Y, así, todos contentos. Lo que en el lenguaje moderno se llama un ‘win-win’.

Ya lleva cinco años recorriendo buena parte de la geografía burgalesa con su furgoneta monovolumen en la que hace auténticas virguerías para encajar todos los artilugios: la caja de los tintes por aquí, los maletines de ruedas cubiertos de purpurina y repletos de peines por allá, que si la plancha de alisar, que si las toallas, que si los productos de maquillaje… ¡Ah! Y hasta una cafetera. No se le escapa ningún detalle.

A Mahamud, por ejemplo, acude un día a la semana. Lucinia y Pili son clientas habituales de Esther. La primera tiene 92 años. Cuenta que el próximo 14 de febrero sumará una vela más y que, aunque ella es de Revenga de Muñó, vive en este pueblo de la comarca del Arlanza, con unos 70 habitantes, desde que se casó hace 69 años. Recuerda que cuando llegó con 23 años, el municipio rondaba las 600 personas y que no había ni casas para comprar porque todas estaban ocupadas.

Ahora, además de peluquería, en Mahamud cuentan con servicio de pescadería, panadería, carnicería o farmacia. “Estamos todos servidos a la puerta de casa, estamos como queremos. Sólo nos hace falta dinero”, bromea Lucinia. Todos llegan sobre ruedas. Salvo el médico, que “desde que empezó esta peste dejó de venir”, dice. El que también acude todos los domingos, para alivio de estas vecinas, es el cura.

Mientras Esther termina de peinar a Pili, Lucinia le espera en el local que el ayuntamiento cede para tal uso. Tiene una memoria privilegiada. Lamenta que el coronavirus les haya ‘robado’ las tardes de partida de cartas en el centro de jubilados. Eso sí, aún hoy los hombres juegan por una parte y las mujeres por otra. “No podemos guardar la distancia, así que nada”, se resigna. Entre tanto, Pili ya está lista y ambas se despiden para dar un paseo a su perrita hasta el 8 de octubre, su próxima cita para acicalarse.

“Que venga la peluquera a casa es el mayor privilegio que podemos tener”

Esther valora que estas mujeres le enseñan a ver la vida de otra manera: “Me educan, me inculcan lo que es el respeto”. Ella se siente una privilegiada, dice que su trabajo de peluquera ambulante es “una gozada” y que no volvería a la ciudad para trabajar. Lo dice con conocimiento de causa. Empezó trabajando en Burgos. Después se mudó a Logroño. Y cuatro años después volvió a la capital burgalesa. Siempre entre rulos, tintes y moldeados.

Un tiempo después, montó su propia peluquería en un área de servicio en Villodrigo. Sí, al lado de una gasolinera. Fueron 13 años que dieron para mucho, especialmente porque Esther conoció a «gente maravillosa» de muchos países. Los vínculos son tales que aún hoy sigue cortando el pelo a algún camionero de los que entonces paraban en Villodrigo. Y ella encantada: lo mismo saca las tijeras en el aparcamiento de un hotel que en un restaurante de la A-1. Podría decirse que ha peinado a toda la gente de la zona.

Ya ha desinfectado el asiento cuando entra un hombre de mediana edad con cierta prisa por el trabajo. Se llama Alfredo y es ganadero. “Córtamelo como siempre”, le dice a Esther. La sintonía es total. Y el rato de ir a la peluquería se convierte en algo más que el simple hecho de peinarse o cambiar de look. Son clientes muy fieles. Y Esther les premia: cada uno lleva una tarjeta en la que además de apuntarles el día y la hora -solo trabaja con cita previa-, les pone unos sellos, de forma que cuando consiguen el décimo tienen un tratamiento gratis. “Es un detalle que me gusta tener”, dice. Tampoco les cobra el desplazamiento.

Una vez termina en Mahamud, pone rumbo a Pampliega, a unos 11 kilómetros. En este caso, tiene cita con Puri en su casa. A Esther también la pueden encontrar en Villasilos, Pedrosa del Príncipe o Tardajos. Va por toda la zona. De camino, siempre con el pinganillo bluetooth en la oreja, le llama otra clienta para ver qué día le puede teñir el pelo. No para ni un minuto. Se ríe, lo disfruta, dice que este trabajo es “una puta maravilla”.

Una energía que Esther contagia a quienes se ponen en sus manos. “Que venga la peluquera a casa es el mayor privilegio que podemos tener”, relata Puri, mientras espera a que el tinte le haga efecto. Al principio, le pedía a Esther que le cortara el pelo exactamente igual que lo llevaba. Ahora ya le deja hacer lo que quiera. “Alargo el tinte todo lo que puedo para que me lo haga ella. De hecho, en Madrid me preguntan quién me ha cortado el pelo. Yo la recomiendo a todas mis amigas”, dice la mujer, que hizo numerosos anuncios para televisión y que ahora pasa entre cuatro y cinco meses en Pampliega y el resto del año en Madrid. No puede estar más contenta con Esther: “Es maja, no te engaña, usa productos buenos y está al tanto de las tendencias. Chapó”.

Pocas personas como ella saben exprimir mejor el tiempo. Cuando aparca la furgoneta, le gusta tocar en una batucada, es voluntaria en un comedor social y está involucrada en la directiva de dos asociaciones, una en Burgos y otra en Tardajos. Ya lo dice el lema que guía su peluquería ambulante: “Tú [email protected]”.

 

Mario, el fotógrafo argentino que ha echado raíces en Gumiel de Izán

Llegó a la Ribera del Duero casi por casualidad. Se enamoró del lugar y decidió aparcar su carrera como analista de sistemas para apostarlo todo por su pasión: la fotografía. No fue el único cambio: aterrizó en un municipio de 550 habitantes en pleno corazón de Burgos procedente de una megaurbe como Buenos Aires, con más de 17 millones. Desde entonces han pasado casi 20 años y Mario Pascucci sigue ‘encuadrando’ todo cuanto sucede a su alrededor con la misma curiosidad del primer día. Está convencido de que el arte de fotografiar puede ser un buen aliado para la repoblación. Al fin y al cabo, las imágenes viajan, se regalan, despiertan interés y animan a mucha gente a descubrir la belleza que hay en el medio rural.

Puedes escuchar el podcast en iTunes, Spotify, Google Podcasts o iVoox

¿Qué tal, Mario? Como se suele decir, ¿qué hace un tipo como tú en un sitio como este?

Es una historia un poco larga. Vine a la Ribera del Duero en el año 2003 por un proyecto en una empresa de aquí. A su vez, desde siempre me había dedicado a la fotografía como afición. Una vez terminado ese proyecto, empecé a hacer lo que me gustaba, que era trabajar con fotografías y decidí volcarme en ello en Aranda.

¿Cuántos años llevas en España?

Ya son 17. Estuve dos años en Aranda, hasta el 2005, y después me mudé a Gumiel de Izán.

¿Por qué Gumiel?

En ese momento, me gustaba mucho la tranquilidad de los pueblos de la Ribera. Vengo de una ciudad muy grande como Buenos Aires, entonces los pueblos nos parecen lugares idílicos. Ese fue un motivo. Y el otro motivo era económico. Comprar algo en un pueblo era más barato que en Aranda. Elegí Gumiel porque me gustó desde que lo vi y está cerca de Aranda.

¿Cómo fue la acogida? ¿Qué recuerdos guardas?

Bueno, fue particular. Hubo mucha gente que conocí apenas llegué al pueblo y tuve una muy buena acogida. Otra gente se sorprendió, parecía que venía como una invasión de otro planeta, especialmente cuando les contaba que quería hacer un proyecto de fotografía o algo cultural. En general, tuve buena acogida. Es un lugar muy bonito para estar.

No suele ser habitual que nadie, sea de donde sea, monte algo cultural en un pueblo…

La mayoría se centra en las ciudades, piensan que es más fácil. Pero yo creo que es al revés. En los lugares donde menos cosas puede haber es más fácil llegar y hacer algo. No hay tanta gente que hace lo mismo que uno. Para mi gusto fue acertado.

¿Cómo surgió tu pasión por la fotografía?

Desde chico me gustó siempre mucho la fotografía. Mi padre, cuanto terminé la escuela primaria, me regaló una cámara de carrete y empecé a hacer mis fotografías. Como me gustaba viajar, hacía bastantes fotografías en los viajes y después me armaba libros con las fotos. La primera vez que vine a Europa, en 1985, me compré una cámara mejor y empecé a hacer más fotos. Tuve una afición más fuerte y una revista de Argentina vio esas fotos de Grecia y publicó toda una serie de mis fotografías. Ahí empezó un poco el camino. Participé en muchos concursos hasta que hice la carrera de fotografía en el Fotoclub Buenos Aires. Ahí estuve estudiando cuatro años. Al mismo tiempo trabajaba en informática como analista de sistemas. De hecho, por eso vine a Aranda.

La fotografía redescubrió para muchos lugares que no se conocían

Siempre una mente inquieta.

Siempre, toda la vida.

¿Cuántos países has recorrido con la cámara?

Muchos, la verdad es que muchos. Tuve la suerte por mi trabajo de viajar mucho y por afición también recorrí India, Tailandia, Rusia, Cuba, casi toda América Latina, el norte de África y de Europa visité casi todos los países. Y siempre sacando fotos. Cuando volvía a Argentina esas imágenes se ofrecían a revistas, concursos, hice exposiciones… Era muy difícil vivir de la fotografía. Entonces uno tenía que tener otro trabajo. Hasta que vine a Aranda de Duero y lo intenté.

¿Lo apostaste todo a la fotografía?

Sí. Es duro porque cuando uno trabaja por su cuenta está las 24 horas del día pensando cómo cubrir gastos. Pero también es divertido y hacer lo que a uno le gusta es lo más importante en la vida.

De todos los países que conoces, ¿cuál es el que más te ha impactado?

Son muchos. Para vivir me encantó siempre España. Tuve la suerte de venir y quedarme aquí. Me gusta por todo. Después un país que me impactó mucho fue India, es como un mundo aparte, muy fotográfico. También me gustan Perú y Brasil, que tienen mucho encanto. Pero el que más me impactó fue India.

En Gumiel creaste tu propio taller, En-Cuadra. ¿Qué historia hay detrás?

Cuando vine a Aranda y decidí dedicarme a la fotografía, el primer proyecto que hice fue un libro de fotografías a color, que coincidió con la compra de mi primera cámara digital en 2003. Me di cuenta de que en Aranda no había ningún libro de fotografías a color. Me puse a trabajar en él y una vez terminado -se vendieron unos 4.000 ejemplares-, empecé a dar cursos en Aranda. Armé un taller, que fue muy aceptado. De ahí salieron muy buenos amigos. Ese primer taller lo hice en Caja de Burgos. Luego, una vez mudado a Gumiel, lo daba en la cuadra de la casa que compré. La restauré toda y ahí empezamos a hacer talleres y cursos.

Con todos los amigos que fueron participando en el taller nació la idea de formar un grupo llamado ‘En-Cuadra’ por lo de encuadrar con la cámara y también por estar en la cuadra. Montamos una asociación cultural más amplia. No me gusta quedarme en una sola cosa. Empecé a llevar fotografías a eventos culturales y así fue como nació la Asociación En-Cuadra en 2009.

A día de hoy, ¿qué proyectos habéis realizado?

Uno de los más importantes fue la feria Arte Aranda, que duró unos seis años. Se dejó de hacer por unas cuestiones que nunca entendimos muy bien. También logramos tener un espacio en Aranda, que es donde damos cursos, hay un estudio de fotografía, una sala con bibliografía, materiales para enmarcar… Ahora ya estamos trabajando para el año que viene: seguiremos haciendo talleres en Aranda, salidas fotográficas y un encuentro cultural en Gumiel durante seis o siete viernes de verano con artistas de todos los lados, algunos de Argentina. En el mismo encuentro se hacen exposiciones de fotos, alguna actividad solidaria…

Creo que cada pueblo debería tener un buen libro de fotografías

¿Cuántos alumnos ya han pasado por tu taller?

Son más de 1.000 personas. También he dado talleres en algunos pueblos de la Ribera. Desde 2013 también me voy un periodo a Buenos Aires para dar cursos.

¿Qué te sigue inspirando después de tantos años?

Me inspiran las novedades. Eso sí, uno tiene periodos. Por ejemplo, a mí esta cuarentena no me inspiró mucho. Me inspira mucho viajar, conocer culturas nuevas… es lo que más me inspira a la hora de hacer trabajos fotográficos. Puede ser un pueblito nuevo de por aquí cerca.

Hablando de pueblos, ¿qué municipio de la Ribera recomendarías para hacer fotos?

Vamos mucho a Peñaranda de Duero o a Peñafiel, son dos pueblos muy fotográficos. La propia Aranda tiene rincones muy bonitos. También Gumiel, Silos, Covarrubias… En Soria, El Burgo de Osma. En Segovia, Maderuelo, Pedraza, Sepúlveda… Estamos rodeados de lugares preciosos.

Como fotógrafo, ¿qué luz dirías que tiene Buenos Aires y qué luz tiene Gumiel?

Buenos Aires tiene una luz más bien gris, de melancolía, nostalgia… Y Gumiel tiene una luz más cálida, con atardeceres más limpios.

A nivel personal, ¿qué te da Gumiel que no te ofrezca Buenos Aires?

No existe el lugar perfecto en el mundo. No lo hay, al menos en mi opinión. Gumiel tiene mucha tranquilidad, mucha paz, tiene luz, tiene aire y la posibilidad de estacionar el coche donde quieras sin problema. Tiene lo básico como para estar bien: farmacia, carnicería, banco, dos tiendas… En cambio, Buenos Aires tiene toda la vida cultural, movimiento… Tiene lo bueno, pero de eso a veces uno se cansa.

Como decíamos antes, Mario es autor del libro de fotografías ‘Aranda de Duero, hoy y siempre’. ¿Cómo crees que ha cambiado Aranda desde que llegaste hasta ahora? ¿Cómo lo ves desde tu objetivo?

Creo que ha cambiado para peor. Algunas cosas no: han puesto algunos parques y ciertas cosas más modernas, pero todo con un estilo que no respeta las tradiciones y la arquitectura. Igualmente, creo que Aranda mantiene la cosa de la tranquilidad que tienen los pueblos. Es una ciudad con todo en la que se puede caminar tranquilo, un lugar con buena movida por las noches… Pero creo que siempre los lugares cambian y, a veces, no se respeta mucho lo tradicional. Un ejemplo de esto es cómo era antes la plaza con su fuente. Ahora con tanto cemento no me gusta.

Después de este libro publicaste otro, que es una colección de postales también de Aranda.

Lo publiqué paralelamente. Es una colección de 36 postales en una caja de madera. Se trata de una selección de fotos del libro, que gustó mucho. No eran postales muy vendibles, sino en papel más fotográfico. Tuvieron su encanto.

Has hecho muchas exposiciones a lo largo de tu carrera. ¿De qué tema te gustaría que fuese la próxima?

Elegiría, hoy por hoy, algo sobre África. Otro tema que me gustaría abarcar son las migraciones. En cualquier caso, temas más sociales.

Hay que recordar que ya hiciste una exposición sobre el pueblo sahararui.

Sí, también hice un libro. Fue una muy buena experiencia. Tiene que ver mucho con lo social. Estuve en los campamentos de refugiados en 2005 y marcó un antes y un después en mi vida. Realmente es una experiencia que te hace un clic en la cabeza.

Habría que apreciar todo un poco más, especialmente las tradiciones

¿Dónde puede encontrar la gente tus fotografías?

Tengo Facebook e Instagram, y también en la web www.mariopascucci.com. Ahí está subido todo mi trabajo.

Como habitante rural y buen conocedor del territorio de la Ribera del Duero, ¿qué crees que haría falta para que no se vaya más gente y atraer talento?

Creo que hay que apoyar las iniciativas culturales. A los pueblos les faltan incentivos a la cultura. Con cultura no me refiero a las fiestas, eso es una cosa que está muy bien. Pero yo me refiero a llevar y apoyar proyectos culturales. Hay mucho por hacer, pero todo está ligado con presupuestos económicos y políticos que apuesten o no por determinadas cosas.

Tenemos mucha manía de medir todo únicamente en base al beneficio económico…

Mucha, a pesar de que hay cosas en las que el beneficio no se ve. Después también está la lucha contra la nueva forma de vida en la que la gente tiende a aglutinarse en las ciudades. Tiene que haber una política más por arriba que dé oportunidades a la gente de ir a los pueblos.

Y que nosotros mismos cambiemos de mentalidad.

Claro. En mi caso tenía mis dudas. Muchos me decían que por qué no me iba a Madrid o Barcelona. Pero eso era perderse en una multitud y por ello elegí irme a un pueblo. A raíz de la cuarentena, ha quedado demostrado que los pueblos son un buen lugar para vivir para todos aquellos que pueden teletrabajar. Sin embargo, eso tiene que ir ligado con incentivos para las personas. Una de las cosas negativas es la falta de transporte. Muchos pueblos apenas tienen un autobús a la semana.

¿Crees que la fotografía puede ser un buen aliado para fomentar la repoblación?

Sí, completamente. Lo ha sido bastante en el último tiempo, sobre todo, desde que nacieron las cámaras digitales y las redes sociales. La fotografía redescubrió para muchos lugares que no se conocían. Hoy por hoy todo es imagen y la imagen puede transportarte a cualquier lugar. Es la manera de que la gente se pueda animar a descubrir la belleza de muchos pueblos. De hecho, creo que cada pueblo debería tener un buen libro de fotografías, algo que hice hace dos años en Gumiel de Izán, lo que fue muy apreciado por el pueblo. Ese libro viaja, lo regalan, la gente ve lo lindo…

Ya para acabar Mario, ¿qué deseo pedirías para los pueblos?

Vuelvo a insistir: me gustaría que se apoye más la cultura en los pueblos, que la gente descubra y valore las historias, que están en las piedras, en las ventanas… A veces se tira todo abajo y se hace nuevo. La gente destruye mucho, quizá por no saber valorarlo. Habría que apreciar todo un poco más, especialmente las tradiciones. Trato de llevarlo a través de la imagen para que se valore.

Rosa, la pastora zamorana que ayuda a llevar mejor la soledad en las ciudades

Los ganaderos también aportan su granito de arena en la pandemia de coronavirus. Lo hacen con una especie de teléfono contra la soledad. Nadie mejor que ellos sabe lo que es pasar largas jornadas en solitario. Por ello, se están volcando con los más mayores, a quienes hacen compañía, aunque sea en la distancia.  

Dicen que a la soledad se la combate compartiéndola. Por ello, Rosa González, una pastora de Santa Colomba de Sanabria -un pueblo con 50 habitantes en Zamora-, se ha lanzado a dedicar parte de su tiempo y experiencias con quien más solos se sienten en el confinamiento, desde los mayores que viven en sus casas, hasta los ingresados en hospitales o quienes permanecen en residencias de ancianos sin la posibilidad de recibir visitas de familiares y amigos.

Porque si algo saben los pastores es sentir la soledad. Acostumbrados a pasar largas jornadas con la única compañía de sus perros y rebaños, son muchos los que han decidido aportar su granito de arena en la pandemia de coronavirus con esta especie de teléfono contra la soledad. “La gente tiene ganas de hablar, de distraerse y porqué no, de pasarlo en grande con algunas conversaciones”, dice Rosa, que participa como voluntaria en la iniciativa ‘Compartiendo Soledad’, impulsada por la Interprofesional del Ovino y Caprino de Carne (Interovic).

En su caso, ha recibido “por lo menos 10 llamadas”. Cada una no baja de una hora de duración. Mientras pasea con sus cerca de 1.000 ovejas y 18 perros -14 mastines y otros cuatro de carea- por el monte de Santa Colomba de Sanabria, se han puesto en contacto con ella personas de Burgos, Torrejón de Ardoz (Madrid) o Cádiz. “La última llamada fue de una señora que tenía un miedo terrible a contagiarse y que le pasara algo porque estaba sola. Tenía una paranoia terrible”, relata.

A esta mujer, Rosa le dio su número de teléfono personal para que le llamara en cualquier momento del día. Esta fue, de hecho, la historia más especial que ha vivido. “Tenía un miedo que no la dejaba vivir. Y lo entiendo porque la gente mayor ve todo el día las noticias en la tele para ver si se mueren muchos, pocos… Y eso te crea malestar, especialmente en la gente que ha trabajado toda su vida y ahora se encuentra con muertes tan crueles, y ni siquiera pueden estar acompañados por su familia ni despedirse”.

Rosa le animó a que fuera a caminar con unas amigas que vivían cerca en los horarios permitidos, puesto que esta mujer sólo salía lo imprescindible: a hacer la compra y “rápido de vuelta a casa por miedo a coger el bicho”.

“La gente tiene ganas de hablar, de distraerse y porqué no, de pasarlo en grande»

También recuerda a otro señor con el que habló el primer día y volvió a compartir conversación unas semanas más tarde. “Pasé unas risas con él, muy ameno”. Muchos le preguntan a esta pastora zamorana qué tal lleva su trabajo con el ganado, al que ya raparon hace unas semanas dos esquiladores de un pueblo de León “despacio y sin estresar a las ovejas”. Y con otros la charla va surgiendo sobre la marcha: “Yo escucho y ellos me escuchan. Se desahogan, les animas un poco y tiran para adelante”.

La mecánica es sencilla: basta con una llamada de teléfono. ‘Compartiendo Soledad’ es una centralita con la que se puede contactar desde cualquier punto de España de lunes a viernes. A la persona que llama se le asigna uno de los pastores voluntarios. A partir de ahí, descolgar el teléfono permite sentir los sonidos del campo, el balar de las ovejas o una sinfonía de cencerros. A quienes procedan de un pueblo, esta iniciativa les puede ayudar a rememorar su origen rural, si así lo desean, mientras que para los urbanitas supone una oportunidad de descubrir la realidad de quienes caminan guiando a un rebaño.

Una realidad que nada tiene que ver con la de hace 40 años, como explica Rosa, hija de un pastor y que se hizo cargo del ganado que tiene ahora en 2013 tras el cese de explotación de los padres de su marido Alberto. “Yo ahora me voy a casa con mis hijos y mi marido y las ovejas se quedan en una cerca y los perros las protegen. Es una soledad, la mía al menos, no digo la de todos porque cada uno tiene su librillo, que no cambio por estar en una ciudad”. E insiste: “No la cambio por nada. ¿Sabes lo feliz que soy?”.

Su día a día comienza con una visita al ganado. Si ha parido alguna oveja, la aparta del rebaño que después saca al monte las horas necesarias “hasta que se harten”. En realidad, depende de la comida. De hecho, en invierno, hay días que los animales no salen porque no hay pasto suficiente debido a las heladas. Eso sí, cuando hace tanto frío, Rosa tiene un corral preparado, donde pone la comida a sus ovejas para que “por lo menos no estén encerradas siempre y puedan moverse a su antojo”.

Tras un rato encerrados a mediodía, Rosa vuelve a sacar a los animales por la tarde. Una vez que han recibido su segunda ración de comida, se va para casa. Como bien recuerda, “el ganado no entiende de festivos ni de pandemias”.

Hablando de pandemias, si en algo ha cambiado la vida de Rosa es que ahora, además de su trabajo con el ganado, también tiene que hacer los deberes con sus tres hijos, especialmente con la pequeña. El día se le queda corto. Por suerte, en Santa Colomba de Sanabria cuentan con una buena cobertura de internet, lo que les permite asistir sin problemas a las clases online. “Por si acaso tengo tres wifis. Se nota un montón en la pandemia, me lo agotan echando leches, y más haciendo deberes”, cuenta.

Ella espera que esta situación sirva para fomentar el consumo de productos locales y “valorar lo nuestro”. Mientras, a quien así lo desee, Rosa le aguarda al otro lado del teléfono. La encontrarán aquí: 910027479.

Cuando el aforo para ir a misa supera a los habitantes del pueblo

En Ciruelos de Cervera, podrán volver a la iglesia un máximo de 30 personas, según los límites que recoge el plan de desescalada. No habrá riesgo de incumplimiento: durante el año apenas viven 23 habitantes (y no todos son practicantes).

Iglesia parroquial de San Sebastián. Foto: Mónica Núñez.

Ciruelos de Cervera (Burgos) -y no sólo Madrid y Barcelona- empieza a recobrar algo de “normalidad” pese a seguir en la fase 0. A partir del fin de semana, el pueblo recuperará las misas después de dos meses de confinamiento por el coronavirus. Y lo hará, tal como ha establecido el Gobierno, con ciertos límites.

El BOE recoge la apertura de templos con una afluencia máxima de un tercio del aforo. Esto se traduce en que un máximo de 30 personas podrá asistir al regreso de “Don Daniel”, como conocen los vecinos al párroco, al consultorio. Porque sí, en Ciruelos las misas se celebran en el mismo edificio que alberga el consultorio médico. Sólo en verano tienen lugar o bien en la Iglesia de San Sebastián o en la Ermita de la Virgen del Carmen.

El caso es que este límite no será ningún problema. Más bien, resulta paradójico. Apenas 23 personas viven todo el año en Ciruelos, de un total de 98 empadronados. Y no todos se dejan caer los domingos por misa. De hecho, la asistencia media ronda entre las seis y ocho personas.

El cura, que se ha encargado de distribuir un mensaje para que los siete pueblos en los que da misa tengan claras las normas, recuerda que las personas que formen parte de algún grupo de riesgo deben seguir en casa y escuchar el rito por televisión, lo que reduce aún más el número posible de asistentes.

Si en Ciruelos el límite está en 30 personas, en Hortezuelos y Briongos de Cervera se sitúa en 25; en 40 en Espinosa de Cervera y Santa María de Mercadillo; y en 100 tanto en Baños como en Hontoria de Valdearados.

La médica y la enfermera llevan más de dos meses sin pasar consulta

Los preceptos no quedan ahí. También será obligatorio el uso de mascarilla. Ahora bien, si la médica y la enfermera llevan más de dos meses sin pasar consulta en Ciruelos, algunos vecinos no disponen de vehículo y sus hijos -muchos viven en otras provincias- tampoco pueden visitarles, ¿cómo van a conseguir mascarillas?

De momento, regresa el cura, pero no el médico. Hay prioridades y prioridades en esta “fase 0,5”. O lo que es peor, además de la España vaciada es también la España abandonada. 

“Don Daniel” se despide señalando que se tiene que entrar y salir de la iglesia de uno en uno y guardando las distancias. Vamos, que cuando acabe la misa cada uno a su casa. Nada de quedarse hablando a la puerta del consultorio. En este caso, como no hay pila, se evita la tentación de usar el agua bendita, también prohibida.

Tampoco habrá cantos durante la misa ni procesiones. Así que la fiesta de la Cuesta en Espinosa de Cervera, del 23 de mayo, y la Virgen de la Vega, el 20 de mayo en Santa María de Mercadillo, quedan canceladas.

Pilar o cómo revitalizar Tubilla a través del arte

¿Puede la pintura convertirse en un motor que reactive el mundo rural? Desde luego así lo creen en Tubilla del Lago, un pueblo de Burgos en el que casi casi cualquier recoveco tiene premio en forma de obra de arte callejera. Lo que antes eran fachadas desconchadas y con grietas, ahora son murales, incluido el más largo de toda Castilla y León. Hay dibujos dedicados a la mujer rural, otros al agua e, incluso, a juegos como los tres navíos en un mar. Todos pintados por sus propios habitantes. En esta Semana Santa atípica, con toda España confinada en casa, visitar Tubilla -virtualmente- es una magnífica opción. Pilar Manso, una de las impulsoras de la iniciativa y autora de dos murales, será nuestra guía.

Puedes escuchar el podcast en iTunes, Spotify, Google Podcasts o iVoox


– ¿Cómo comenzó la idea de los murales? ¿De dónde surgió?

Surgió con tres objetivos principales. En primer lugar, embellecer el pueblo, que falta nos hacía. En segundo lugar, como Tubilla tiene mucha gente que pinta, muchos artistas, queríamos poner en valor a los artistas locales. Y, por último, atraer turismo.

– ¿O sea que estamos en un pueblo de pintores? ¿Va en vuestra genética?

Yo creo que es cosa del agua. Tubilla tiene mucha agua y para mí que es el agua lo que hace que haya tantos artistas. Tenemos mucho pintor y mucho aficionado.

– ¿Cuántos murales hay ahora en Tubilla?

Tenemos 26, de distintas dimensiones. Tenemos la suerte de contar con el mural más grande de Castilla y León, que tiene 318 metros cuadrados, pintados por una sola persona, Porrilló. Luego tenemos otros que son puertas pequeñas pintadas. Todos tienen un valor importante. Hay cabida para todo. Viene gente que le encanta los murales vistosos y otros que se identifican con los más pequeños. Están pintados por 12 personas diferentes con estilos distintos. Queremos que el visitante se sienta identificado con alguno de ellos.– Todos están hechos por gente de Tubilla, con lo cual es un producto genuino tubillano 100%.

Sí, sí, esto es autóctono. Todos son gente de Tubilla, que o bien viven aquí o están muy relacionados. Es todo gente del pueblo. Es de toda la gente del pueblo. Este verano hicimos un muralito en la piscina en el que participaron todos los niños. Queremos que sea de toda la gente que ha pintado y de toda la gente del pueblo.

– ¿Cuál es la pintura que más suele impactar a los visitantes?

Tenemos uno de un águila que impacta mucho, sobre todo, a los niños el de Porrilló del agua también gusta mucho. El del pastor también. Luego hay uno, de una abuela, que a mí me gusta mucho. En ese mural, cuando hago visitas guiadas, la gente mayor interactúa mucho. Todos son bonitos. El de la alegría es ya el eslogan de Tubilla. Personalmente, el de los girasoles me encanta.– Pilar, ¿cuáles llevan tu firma?

El de la mujer rural, que lo hice con mi hermana, porque me parecía un tema muy importante. Y también el de la música. Cuando hicimos los murales, acordamos una serie de temas, pero cada uno podía elegir lo que quisiera. En las rutas explicamos su significado, porqué se ha hecho así… No es lo mismo que una persona venga sola y los vea a que participe en una de las visitas.

– Por cierto, ¿qué hay que hacer para realizar la ruta de los murales?

Tienen que entrar en la página web de la ADRI (riberadeldueroburgalesa.com) y luego en el apartado de turismo, el proyecto se llama ‘Te enseño mi pueblo’. Hay muchas rutas en unos 14 pueblos. Cada pueblo tiene cosas muy bonitas que merece la pena descubrir y que, además, te lo cuenta gente del pueblo con un cariño especial.– ¿El proyecto de los murales va a seguir creciendo?

Queremos seguir. Es un proyecto muy bonito, que ha gustado mucho. Es una suerte que tengamos tanta gente que quiere pintar. Hay que seguir haciéndolo, hay que seguir embelleciendo. Yo cada día veo más puertas y paredes que están pidiendo a gritos que les pintemos. Tenemos en mente varios proyectos: que todos los veranos tengamos una actividad en común para que todo el mundo participe y sientan suyos los murales. Este año me gustaría hacer uno con el tema de la violencia de género.

– ¿Los vecinos os ceden las puertas o fachadas con gusto?

 Sí, sí. Pedimos permiso y les damos un papel desde el ayuntamiento para que lo firmen. Igual haces algo que no les gusta y lo quieren borrar. No hemos tenido ningún problema con nadie. Tenemos que seguir haciendo más y vamos a ir buscando los sitios más emblemáticos del pueblo. En esta primera fase hemos escogido todos los barrios del pueblo. Así hemos conseguido que la gente se mueva por todo el pueblo y poner en valor todos los rinconcitos.

– ¿Cuánta gente os ha visitado ya?

Creo que unas 700 personas a través del programa de la ADRI, pero por su cuenta viene mucha más gente. El primer día que vi a unos japoneses viendo los murales aluciné. Cuando veo a gente intento darles unos folletos informativos, por si quieren volver y hacer una visita guiada.– Así que en Tubilla estáis plenamente convencidos de que el arte puede ser una buena herramienta para repoblar.

Todo ayuda. El arte mueve a mucha gente. De hecho, muchas personas se han ido maravilladas por la calidad que tienen los murales. Tengo otro proyecto en mente que me encantaría hacer: la casa del arte, un espacio donde tengamos un salón para obras de teatro y distintas salas para desarrollar distintas disciplinas dentro del arte. Hay muchos artesanos sin un lugar donde trabajar. Es un proyecto en pañales, pero ojalá lo consigamos. Que vengan alfareros, fotógrafos, escultores… Es importante que haya un sitio donde se concentren, puedan trabajar, exponer sus obras… Quiero que Tubilla sea un referente del arte dentro de la Ribera.

– ¿Qué haría falta?

Apoyo económico, sobre todo. Ideas tenemos muchas. A ver si se puede conseguir una subvención de la Junta y si no un crowdfunding. Va a ser un sitio para todos. Para el usuario que venga y pueda ver una exposición y para el artista que tenga un lugar donde desarrollarse. Se trata de atraer gente. Por ejemplo, dar becas para que alguna persona pueda trabajar unos meses. Van a dar vida al pueblo. Y si es gente joven, les gusta y se pueden quedar, ya sería la bomba.

– El arte de Pilar no acaba en los murales. También es la creadora de Artencuero. ¿En qué consiste y qué actividades realizáis en tu taller?

Es mi tallercito artesano. Me fui a estudiar decoración a la Escuela de Artes de Burgos porque quería hacer diseño de interiores, pero había que elegir distintos talleres y escogí cuero y talla de madera y me gustó tanto el cuero… Ha sido algo casual. Ha sido un material que me ha atraído siempre, pero no pensaba que iba a tener mi propio taller.

Empecé en un sótano en la casa de mi madre y yendo a muchas ferias de artesanía. Ahora ya tengo un espacio grande. Era un corral de ovejas que restauré. También trabajé en un palomar, pero para dar cursos se me quedaba pequeño. El de ahora es un taller bien hermoso, una gozada. Yo me dedico a hacer encargos y doy clases. Es una forma de dinamizar la zona, sobre todo, en invierno. Esta es una disculpa perfecta. Hacemos clase un día a la semana, la gente sale, se relaciona… Viene gente del pueblo y de alrededores. Es una forma de juntarte.

– Es más que un taller…

Es el taller en sí, pero también un punto de encuentro.

– ¿Qué hacéis en él?

Mochilas, bolsos, cinturones, carpetas, cabeceros de cama… Se puede hacer de todo. Cada uno se puede complicar lo que quiera. Lo más bonito es la ilusión que traen. Cada uno hace sus propios diseños y todo se cose a mano, artesanalmente. Hay que estar activos y hacer cosas por los pueblos, si no nadie va a venir a hacerlas.

– Las luchas empiezan por uno mismo.

 Si esperamos que vengan desde la Junta o Diputación, o cualquier político a solucionarnos el problema, vamos mal. Se les llena la boca a la hora de las elecciones con que hay que repoblar el medio rural, pero luego no hacen nada. La lucha la tenemos que hacer nosotros. Es difícil, pero se puede conseguir. Lo único imposible que hay en esta vida es lo que no se intenta. Me gustaría que hubiera más jóvenes, un poco más de vida. Sales al bar y no hay gente. Deberían subvencionarlos, no es justo que paguen los mismos impuestos que en una ciudad. Luego los políticos no valoran nada. No se mojan. Tenían que venir a un pueblo y estar un día, ya no digo una semana, para ver los problemas que tenemos.

Uno de los problemas que tenemos en Tubilla es la falta de cobertura. Nos estamos juntando los pueblos de la zona, porque un pueblo puede hacer presión, pero cuatro o cinco más, sobre todo, para conseguir esa cobertura de internet digna. Nos tienen que dar más capacidad. Aunque seamos pocos, también tenemos derechos. Esta -la comunicación- es la primera herramienta para poder repoblar. Me gusta más hablar de repoblación que de despoblación. La despoblación ya la tenemos y ahora nos toca repoblar. Si hay alguien que nos quiere ayudar sería estupendo.

Hay mucha gente que está cansada de la vida en una ciudad. En un pueblo estás en contacto con la naturaleza. Es otro tipo de vida. Aquí tenemos calidad de vida. En un pueblo se puede vivir mejor que bien.

Vivir donde quieres y trabajar en lo que te gusta no está pagado con dinero

– De hecho, Pilar, tú misma hace unos años tuviste que elegir entre quedarte en el pueblo o irte a Valladolid y decidiste seguir en Tubilla.

 Sí, porque la empresa en la que trabajaba mi marido cerró y se fue a Valladolid. Valoramos irnos. Pero si nos íbamos, me llevaba a mis dos hijos y se cerraba la escuela del pueblo. Esto nos daba mucha pena. Tuvimos un tira y afloja. Lo que la razón y el corazón te dicen y al final pudo el corazón y nos quedamos.

Él hace un esfuerzo bestial porque va desde el pueblo hasta Boecillo para trabajar. Cuando las cosas se sienten, merece la pena. Lo peor es que después nos cerraron la escuela. Para mí un pueblo sin escuela es como un jardín sin flores, pero mientras tengamos niños, las flores están ahí… Hay esperanza. En la actualidad hay cuatro niños viviendo en el pueblo. El fin de semana hay más.

– ¿Cómo es un día a día en Tubilla? ¿Cuánta gente vivís y qué servicios tenéis?

Hay 164 empadronados. Viviendo todo el año somos unas 120 personas. Tenemos la suerte de tener panadería, por lo que podemos comer pan reciente todos los días del año. Contamos con una tienda pequeñita, bares, un circuito de velocidad con un restaurante, tenemos una bodega, un taller de remolques, otra industria de madera, una industria familiar de miel, casas rurales y albergue. Tenemos de todo. Es un pueblo muy pequeño, pero hay mucha gente emprendedora.– ¿Te sientes una privilegiada por vivir y trabajar donde quieres?

Sí, es un lujo. Vivir donde quieres y trabajar en lo que te gusta no está pagado con dinero. Estoy con mi taller que me encanta y con la casa rural, a través de la que conozco a mucha gente. Si estás donde quieres estar y en el trabajo que te gusta no das el 100%, das el 200%. Somos muchos los que peleamos por los pueblos y lo tenemos que conseguir. Ojalá vengan muchos más para darle vida. Entre todos se pueden conseguir muchas cosas.

Dani Llorente, un fisio de élite muy rural

El fisioterapeuta de la Selección Española de Balonmano no se olvida de dónde viene. Al contrario. Tiene muy presentes sus orígenes. Y, de hecho, mantener esos lazos con su pueblo natal, Vadocondes, en plena Ribera del Duero, es algo que le enorgullece. Dani Llorente atesora seis medallas: viene de conquistar una plata en el Mundial de Japón con las Guerreras en diciembre y un oro en el Europeo de Noruega, Suecia y Austria con los Hispanos en enero. Suman siete si se añaden sus raíces. Todas las semanas pasa parte de su tiempo a orillas del Duero. Con su padre y su tía. Y también en la sociedad gastronómica que creó con sus amigos. Es su forma de generar vida en la España rural. Ahora, con la mente puesta en los Juegos Olímpicos de Tokio, este vadocondino con alma de guerrero rural pide a sus paisanos que se involucren y no pierdan las raíces: “Nos debemos al pueblo”.

Puedes escuchar el podcast en iTunes, Spotify, Google Podcasts o iVoox

– ¿Al fisio de la selección española de balonmano le gusta el balonmano?

Sí, sí. Cogí el gusto al balonmano cuando estudié INEF (Ciencias de la Actividad Física y del Deporte) y, de hecho, me hice socio de Ademar León porque teníamos un precio especial y porque me empezó a gustar en esa época. Luego tuve la oportunidad de desarrollarlo en Aranda de Duero como preparador físico y fisioterapeuta y a partir de ahí estoy vinculado a la Federación Española desde el año 2011.

– ¿Has llegado a practicarlo en algún momento?

En INEF teníamos una asignatura obligatoria de balonmano. No se me daba bien, pero me gustaba verlo. Desde entonces siempre lo he seguido.

– ¿Algún ídolo?
Tengo muchos porque son muchos años ligados a este deporte. Especialmente, el jugador que siempre más me ha gustado ha sido Raúl Entrerríos. Para mí es un referente y un jugador excepcional a todos los niveles, dentro y fuera del terreno de juego.

– El tuyo, por así decirlo, es un doble privilegio porque unes balonmano y fisioterapia y, además, en la élite.

Después de terminar INEF pensé que una salida profesional era complementar esta carrera con la fisioterapia y relacionarlo todo con el ámbito deportivo. Tuve la oportunidad de empezar en Aranda. Tuve también la suerte de ir a las concentraciones de la Federación Española y a partir de ahí, de forma ininterrumpida, he acudido con los equipos nacionales desde promesas, juvenil junior, que compaginaba con las chicas. Después di el salto a los chicos.

– ¿Podríamos hablar incluso de un triple privilegio si al balonmano y a la fisioterapia le añadimos que vives en Aranda, tu ciudad? Poca gente puede decir eso…

La verdad es que estoy muy a gusto en Aranda. Tengo aquí a mi familia, mi hija está aquí también. Y tengo una consulta en la que me desarrollo profesionalmente fuera del balonmano. Es muy cómodo estar en un entorno tan fácil para disfrutar con los amigos y la familia.

– Entiendo que a tu nivel ofertas no te deben faltar para estar en cualquier sitio del mundo…

Ofertas hay. Pero al final en la vida tienes que priorizar y tomar decisiones y yo creo que esta fue la decisión adecuada en ese momento y de la cual no me arrepiento. Aranda y Vadocondes están muy cerca de Madrid, con lo cual la movilidad es bastante fácil.

Estando en junior empecé a trabajar con las Guerreras. Ha sido todo muy seguido desde abajo hasta arriba

– Hablando de Vadocondes, cuéntanos, ¿qué vínculo mantienes con tu pueblo?

Allí está mi padre con mi tía, en una residencia de la tercera edad. Aparte, tengo unos cuantos amigos que viven allí. Y también tenemos una sociedad gastronómica en la que todas las semanas nos juntamos para cenar y para hablar, para compartir experiencias.

– ¿Qué recuerdos guardas de Vadocondes?

Tengo recuerdos muy gratificantes de la infancia. Aunque después tuve un paréntesis por las carreras universitarias, siempre he estado muy vinculado al pueblo porque me he criado allí y allí están mis orígenes. Seguir manteniendo esos lazos me enorgullece.

– ¿Qué sentiste cuando te eligieron para dar el pregón?

Fue un poco por carambola porque el que iba a dar el pregón de fiestas era otro chico, también deportista de élite -Xabi García, que jugó con Croacia los JJOO de Río. Por desplazamientos y fechas no le cuadraba. Básicamente, el siguiente en la lista era yo.

– ¿Hay afición al balonmano en Vadocondes?

No hay afición, pero a raíz de estar metido en el balonmano la gente pone la televisión y por lo menos se identifican conmigo. Les hace ilusión verme, me conocen de siempre y les llena de orgullo decir que hay un chico del pueblo que está en la televisión. También pasa en Aranda, muchos dicen “vamos a ver si vemos al de Vadocondes”.

– ¿Qué te dicen en casa y en la calle?

Te preguntan cómo es el día a día en la Selección, las expectativas para futuros campeonatos… Están muy pendientes de lo que ocurre.– ¿Te acuerdas de cuando recibiste la llamada de la Federación Española de Balonmano por primera vez?

 Estaba en el Villa de Aranda, me comentaron la posibilidad de ir a unas jornadas de tecnificación que organizaba el Consejo Superior de Deportes en Soria. Fueron varios fisios, hubo buena sintonía y desde entonces de forma ininterrumpida me han vuelto a llamar. Estuve dos años en promesas, un año en juvenil y dos en junior. Ya estando en junior empecé a trabajar con las Guerreras. Ha sido todo muy seguido desde abajo hasta arriba.

– ¿Cuántas medallas has ganado?

 Tengo una medalla con los júnior en el Europeo de Austria del 2014, luego la plata de la selección absoluta femenina en el Europeo de Hungría-Croacia, en el 2018 tenemos el Europeo de los chicos, más el bronce en los Juegos del Mediterráneo. Recientemente hemos conseguido la plata en el Mundial de Japón con las Guerreras (en diciembre de 2019) y el oro en el Europeo de Noruega, Suecia y Austria con los chicos (enero de 2020).

– ¿Cuál de ellas te ha hecho una ilusión especial?

Todas me han hecho ilusión porque todas tienen un poso. En el 2014 es la primera concentración que hago con las chicas y ganamos una plata. Luego en el 2018 es el primer oro histórico por ser el primero en un Europeo ya que España había perdido cuatro finales previas. En los Juegos del Mediterráneo no había estado y un bronce siempre gusta. Y luego la de Japón es la primera plata en un mundial femenino. Da la casualidad de que me incorporé con las chicas después de unos años con los chicos desde el 2016. Vuelvo en 2019 y se consigue esa medalla histórica. Repetir en 2020 es muy difícil. Ganar un oro es complicado, pero repetirlo… Además, esta medalla de oro da acceso a los Juegos Olímpicos de Tokio. Con lo cual todas tienen su relevancia.– Eres un poco talismán…

Se ha dado la fortuna de que estuviera en esos momentos y coincidir con buenos profesionales y buenos equipos. Al final cada uno aportamos nuestro granito de arena. Es el trabajo de todos.

– ¿Cómo es tu trabajo con la Selección? ¿Cuál es tu labor?

 Mi compromiso es con los chicos hasta Tokio 2020. Mi dedicación es estar en los entrenamientos, recuperar a los jugadores… Trabajo con otro fisio, Emilio. Formamos un tándem muy bueno, nos compenetramos bien. También en coordinación con el jefe de los servicios médicos, Juanjo. Es un trabajo multidisciplinar. Valoramos al jugador y hacemos el tratamiento más adecuado en cada caso.

– ¿Hay diferencias entre trabajar con los chicos y las chicas?

Al final las lesiones son las mismas. Hay lesiones más características en chicas por su biomecánica articular. Por ejemplo, la predisposición biomecánica genera más lesiones de rodilla en las chicas que en los chicos. Luego la superficie a tratar es distinta por envergadura: no es lo mismo una jugadora de 1,70 que un jugador de dos metros. En los chicos normalmente tienes que tratar más músculo. También influye la edad del jugador: los más veteranos necesitan más tratamiento porque han ido generando más lesiones que hay que ir mimando.

– Justo ahora coincide que los Hispanos son un grupo muy veterano…

La media es de 31 años. Hay 10 jugadores por encima de 30 años y cinco por encima de 35 años. Es un equipo muy veterano. Al final siempre hay sobrecargas y pequeñas lesiones que arrastran porque las han ido generando en su carrera deportiva, lo que implica una mayor atención. En chicas se ha hecho el relevo generacional y han incorporado gente más joven.

– ¿Quién o quiénes son el alma del vestuario?

Considero que hay varios jugadores que siempre llevan un poco el rol de líder. En las chicas, por señalar algunas serían Silvia Navarro, Sandy Cabral, Marta López y aunque no ha estado en este Mundial por lesión, Carmen Martín, que es la capitana. Y en los chicos, Raúl Entrerríos, y luego también Julen Aginagalde y Virán Morros, que de hecho son los tres capitanes.

– Hablando de balonmano y de pueblos, ¿hay algún jugador que es especialmente rural?

Por ejemplo, Julen tiene una casita apartada de la ciudad. Dani Sarmiento también se hizo una casa un poco más apartada, lejos del bullicio.

– Estaría bien que pudieras dar charlas en colegios e institutos para que las nuevas generaciones, por un lado, conozcan tu profesión, y, por otro, sepan que se puede trabajar y tener éxito en una ciudad como Aranda. Vamos, que se empiece a dar la vuelta a esa forma de educarnos para emigrar que tanto daño ha hecho…

Sería una posibilidad. De hecho, este año en las jornadas del deporte, es probable que me inviten a dar una charla. Además, las medallas han estado recorriendo varios colegios e igual me acerco para que se hagan fotos y tengan una visión más cercana de todo lo que implica el deporte y el trabajo en equipo para conseguir estos éxitos.

Los niños están sobrecargados de actividades extraescolares. No es fácil estar en el pueblo y la movilidad que implican estas actividades. No obstante, esta es una zona buena. Por ejemplo, en Fresnillo de las Dueñas se ha pasado de 300 a 700 habitantes, de los cuales 140 son niños. Es una barbaridad. Han hecho una asociación cultural. Al final es generar estrategias para que la gente se instale y se quede. En mi pueblo, hay problemas para edificar, no hay casas y lo que hay se vende muy caro. Si no hay facilidades es difícil que la gente se afinque en un pueblo.

Si hubiera universidad en Aranda sería más fácil. Gracias que hay tres empresas muy grandes que generan muchos puestos de trabajo directos. Entiendo que se podrían hacer muchas cosas. Hay que incentivar y ayudar con terrenos, ventajas fiscales para que la gente haga un proyecto de vida en el pueblo, se mantengan los colegios… Cada fallecimiento no se repone. Es difícil encontrar gente de menos de 30 años en muchos pueblos. Vadocondes está bien comunicada y está cerca de Aranda.

– Volviendo al balonmano, el próximo reto son los Juegos de Tokio. ¿Cómo os preparáis para esta competición? ¿Cada cuánto os reunís el equipo médico?

Se va a hacer en tres fases, pero aún no tengo la programación. Desde junio empezaremos con una semana más física y luego algún partido internacional. Iremos con unos 10 días de antelación para la aclimatación a Tokio. Se hace una especie de preparación para la competición en Japón. Antes, en abril tenemos una concentración de una semana con un partido.

– Si las Guerreras se clasifican, ¿es posible que estés con chicos y chicas en Tokio?

Va una fisio con las chicas. Yo estaré seguramente con los chicos, pero como estaremos todos juntos, no habrá más problemas para algún caso o tratamiento. No obstante, son los servicios médicos los que deciden.

– Pensando ya en el futuro, ¿te ves ligado al balonmano?

De momento hay que terminar los Juegos y a partir de ahí se verá qué proyecto hay, si cuentan conmigo o no. Habrá que tomar decisiones y ver si se da continuidad a lo que se está haciendo ahora desde las categorías inferiores. Yo dependo no solo de los servicios médicos sino del seleccionador nacional. Si Jordi quiere que siga con él, hablaremos para seguir. Pero vamos, yo dependo del seleccionador, que es el que elige el staff técnico y los servicios médicos.

– ¿Seguirás entre Aranda y Vadocondes?

Sí, aunque tengo la vivienda en Aranda, paso parte de la semana en Vadocondes. Voy al pueblo todas las semanas. Es una forma también de generar vida. Si no vamos a los pueblos, los denigramos más. Hay que moverse e ir al pueblo para que haya vida. Hay gente que trabaja en los bares, así que es necesario aportar tu granito de arena para que los pueblos no se pierdan. La vida la da la gente.

– ¿Qué sueños te faltan por cumplir?

A nivel deportivo, ahora mismo estaría genial conseguir una medalla en los Juegos Olímpicos. Aunque con lo que ya se ha hecho ya estoy muy satisfecho. Me puedo dar con un canto en los dientes. Haber ido a los JJOO de Río y si voy ahora a Tokio, más todos los Europeos y Mundiales, ya es un bagaje importante de internacionalidades, con lo cual estoy más que orgulloso de lo vivido y de lo conseguido.

– ¿Y un deseo para Vadocondes?

Que la gente se involucre y no pierda sus raíces. Nos debemos al pueblo porque hemos nacido ahí, nuestras familias son de Vadocondes. Que la gente cuando tenga oportunidad que regrese, se hagan una pequeña vivienda y que de alguna forma no se quede en el olvido. Entre todos no es difícil que se hable de Vadocondes.

Carlos, el médico rural que resiste

Antes, el médico del pueblo era toda una autoridad. Hoy, casi casi es una especie en peligro de extinción. El doctor Carlos Hernando atesora una experiencia de más de 40 años, siempre en el medio rural y siempre en las provincias de Burgos y Soria. Habla sin tapujos: advierte que el relevo generacional de profesionales sanitarios rurales no está asegurado, que la reestructuración de la Junta de Castilla y León implicará el cierre de numerosos consultorios y que, pese a la teórica igualdad de derechos, esto no se cumple en los pueblos. En este panorama cobra aún más mérito que haya decidido seguir un año más y no jubilarse. Su deseo para la sanidad rural es que ayude a frenar la despoblación por algo muy sencillo: “La vida rural es muy bonita”.

Puedes escuchar el podcast en iTunes, Spotify, Google Podcasts o iVoox

Carlos Hernando es el médico de Gumiel de Mercado y La Aguilera

– ¿Qué balance haces de estas cuatro décadas como médico rural?

– Exactamente son 42 desde que terminé la carrera en 1978. Es un balance positivo porque es algo que me gusta, pero a la vez lleno de cambios muy importantes dentro de la profesión de medicina rural.

– ¿Qué es lo mejor y lo peor de ser médico rural?

– Lo mejor es el trato directo con los pacientes. De hecho, tienes un trato tan directo que aparte de lo meramente profesional, a veces haces una medicina con un componente social muy importante ya que les conoces muy directamente, conoces sus casas y prácticamente todo de ellos. Como negativo destacaría el aislamiento y la falta de medios.

– ¿Por qué crees que en estos momentos los médicos jóvenes no quieren ir a trabajar a los pueblos?

– Principalmente por la falta de incentivos. Es más incómodo, te encuentras más aislado y seguramente que si no hubiera un déficit como el que hay actualmente se llenaría todo. Pero si tienen donde escoger, se decantan por la parte más cómoda, que es vivir en una ciudad. Social y familiarmente se tienen más medios.

– ¿Cómo se les podría incentivar para revertir la situación?

– Pienso que puede haber incentivos económicos. De hecho, tiene que haberlos. Y luego algún incentivo de valoración, bien que puntúe algo más a nivel de oposiciones o de méritos profesionales. Todo esto tiene que ir acompañado de una planificación buena y, por supuesto, que en los pueblos existan más servicios de tipo complementario como pueden ser telefonía, internet, comunicaciones…

– Hablando de planificación, ¿hay disposición a hacer una buena planificación por parte de la Junta de Castilla y León?

– La planificación se debería haber hecho hace años. Un médico no se forma ni en dos años, ni en cuatro, ni en seis. La planificación viene de atrás. Ahora mismo resulta difícil que a corto plazo pueda haber más médicos, a no ser que haya una importación, por decirlo así, de otros países. Hubo una época en la que hubo muchos médicos y por falta de incentivos laborales, como puede ser contratos fijos o incentivos económicos, la gente se fue a otros países, de los cuales será difícil que vuelvan.

A nivel inmediato, hay que incentivar económicamente a los médicos rurales y aumentar las comunicaciones en los pueblos

– Las condiciones aquí no son tan buenas…

– Exactamente. Por eso, el déficit se compone de dos factores: los que se fueron y que es difícil que regresen y luego la falta de formación en cantidad en las facultades. Se tenía que haber planificado anteriormente. La calidad en cuanto a formación es muy buena, a nivel mundial está reconocida. Pero hay un déficit. Además, bastantes se jubilarán o nos jubilaremos muy pronto.

– ¿Por dónde habría que empezar la planificación teniendo en cuenta el retraso con el que se haría? ¿Por dónde meter mano a este problema?

– A nivel de las facultades, ya no podemos hacer algo inmediato. A nivel inmediato, hay que incentivar económicamente y aumentar las comunicaciones. Que el médico tenga más medios en los centros de salud y se encuentre en un grupo con ilusión para poder seguir formándose.

– ¿Cunde el pesimismo?

– Sí, porque en estos momentos la gente es bastante mayor y los más jóvenes tiran hacia ciudades. Así que sí, la medicina rural es pesimista.

– ¿Podría decirse que a la medicina rural llegan quienes no han podido optar a otras especialidades o verdaderamente quienes están en los pueblos lo han elegido?

– Ahora mismo el que puede irse a una ciudad se va. Antes no. Yo, por ejemplo, he podido estar muchísimas veces en ciudades, pero me gustaba más la medicina rural por el trato más directo y una medicina más directa con el paciente. Pero hoy día seguramente sí. Para ir a la medicina rural, como no se cambien ciertos incentivos, va a ser secundario, va a ir gente que en un porcentaje muy alto no puede ir a la ciudad.

– ¿Al menos está asegurado el relevo generacional?

– No, no. El relevo generacional ahora mismo no está asegurado. Pienso que a corto y medio plazo seguirá el déficit. No va a haber relevo. Es preocupante. El medio rural tiene unas características específicas, siendo los dos principales problemas el envejecimiento y la despoblación. Cada vez hay menos habitantes y, por tanto, también se necesitan menos médicos.

– La otra cara de la moneda es el cierre de consultorios rurales. Esto, sin duda, es la puntilla para muchos pueblos de toda Castilla y León.

– No cabe duda de que la falta de servicios, entre ellos el sanitario, influye en que la población se asiente en zonas urbanas. Es la pescadilla que se muerde la cola.

El relevo generacional ahora mismo no está asegurado. Es preocupante

– Actualmente trabajas en Gumiel de Mercado y La Aguilera. ¿Cómo es tu día a día?

– Mi zona básica de salud es Aranda rural, que engloba en torno a unos 40 pueblos. Somos 15 médicos y 10 enfermeras. El centro de salud que actúa como cabecera se encuentra en Aranda de Duero. La jornada comienza yendo al centro de salud a las 8 de la mañana. Nos reunimos, a veces vemos a pacientes… Después, en torno a las 9 o 10 comienzas tu ruta por los consultorios locales.

En Gumiel paso consulta todos los días y en La Aguilera tres días. Terminas sobre las 3. Ahí finaliza la jornada ordinaria. La gente que hace guardias, a partir de las 3 comienza la jornada de atención continuada en Aranda. Este servicio se hace en conjunto Aranda rural y Aranda urbano y abarca desde las 3 de la tarde hasta las 8 de la mañana del día siguiente.

Por supuesto, quien ha hecho guardia libra el día de después y el trabajo de sus consultorios lo asume un compañero de los pueblos de alrededor. Cuando había más médicos ponían sustitutos para las épocas de vacaciones. Hoy, como no hay, los compañeros se tienen que encargar del trabajo de la persona que libra y añadirlo a su trabajo habitual, bien sea total o parcialmente. La carga de trabajo nos ha aumentado considerablemente. También nos ha subido en el sentido de que al agravarse la despoblación se han ido recortando puestos de trabajo. Yo he llegado a conocer 22 médicos y ahora somos 15, así que he visto desaparecer siete plazas en unos 20 años.

– Hay que decir que tienes 65 años y que podrías estar jubilado.

– Sí, he optado por seguir un año más. Me encuentro bien. Hubo una época en la que se obligó a los que tenían 65 años a jubilarse. Fue una política que hizo la Consejería de Sanidad. Mucha gente que quería haber seguido se tuvo que jubilar obligatoriamente. Luego revocaron esa ley y actualmente te puedes jubilar voluntariamente o continuar hasta los 70, siempre que anualmente pases un examen de salud.

– ¿Qué consejos les das a los médicos más jóvenes?

– Mi consejo mayor es que disfruten con la profesión porque si no esta profesión quema mucho. Si no disfrutas con ella, no aguantas. Aparte de tratar mal a la gente, tú mismo tiendes a quemarte.

– Antes de estar en Gumiel de Mercado y La Aguilera, un pajarito me ha contado que trabajaste dos años en urgencias en Aranda. ¿Cómo era aquello de que solo hubiera un médico para todo el servicio de urgencias?

– Estuve en medicina hospitalaria en el hospital de Aranda. Fueron casi cuatro años. El hospital de entonces no tiene nada que ver con el actual tanto en medios materiales como profesionales. Era un hospital comarcal como es hoy, pero con una diferencia de número de profesionales (auxiliares, enfermeras, médicos, celadores…) que no tiene nada que ver. La sociedad entonces exigía menos servicios que actualmente. Hoy habría sido imposible. Había 10 veces menos de profesionales. Las exploraciones complementarias que se hacían tampoco tenían nada que ver. Actualmente se hace mejor medicina.

He podido estar muchísimas veces en ciudades, pero me gustaba más la medicina rural

– Después de Aranda, subiste a Briviesca.

– Estuve otros cuatro años. Saqué unas oposiciones de asistencia pública domiciliaria. Éramos funcionarios civiles del Estado, luego pasamos a la comunidad autónoma. Yo cogí la zona de Briviesca. Estando allí pasamos a depender de la Junta de Castilla y León. Todavía era medicina individualizada, no había centro de salud, entonces cada uno tenía su zona, sus cartillas y sus pacientes. En común solo hacíamos las guardias de fin de semana: desde el viernes por la tarde hasta el lunes por la mañana. Guardias, por cierto, que no eran remuneradas. Nos juntábamos cuatro o cinco para poder tener un fin de semana libre.

Luego ya hubo otro concurso de traslado y me trasladé otra vez a la Ribera del Duero, concretamente a Langa, el primer pueblo de Soria. Allí estuve seis años. Estando allí nos integraron en el centro de salud de San Esteban de Gormaz. Por las mañanas iba al centro de San Esteban y hacía guardias tanto en San Esteban como en Langa. Seis años después, en el siguiente concurso de traslado, pedí Aranda rural y cogí Gumiel de Mercado. Fue en el año 93. Es decir, llevo allí 27 años. Desde hace cinco, al jubilarse el médico de La Aguilera, me hice cargo también de ese pueblo.

– Así que los vecinos de Gumiel y La Aguilera estarán temblando solo de pensar que te puedes jubilar…

– El día que me jubile, no tienen tan seguro de que eso seguirá como hasta ahora. Puede ocurrir que metan a un interino y todo siga igual o puede ocurrir que no haya gente y se lo acumulen a un pueblo vecino, con lo cual la frecuencia de consultas disminuiría. Podría darse el caso de que con la reestructuración que planea la Consejería de Sanidad esto cambie. No sé cómo va a terminar.

Los planes que tiene la Consejería ante la despoblación y el déficit sanitario es hacer una reestructuración basada en tres tipos de consultorio: habría un consultorio en la cabecera de comarca, donde siempre habría un médico o dos o los que correspondan y se haría la atención continuada (las guardias); el segundo nivel serían consultorios agrupados, similares a los colegios rurales agrupados, que tendrían una consulta diaria y se dotarían con más medios; y el tercer nivel serían los consultorios de proximidad.

Dicen que no van a desaparecer, pero no cabe duda de que los médicos irían lo mínimo. No habría consulta a diario en municipios de menos de 50 habitantes. 100 habitantes sería un día a la semana. Para que todo esto funcione es necesario implantar un servicio informático ágil y rápido. Todavía hay muchos consultorios offline. Vamos con portátiles, no estamos en tiempo real, luego hay que sincronizarlos… En algunos sitios el programa que usamos es realmente lento y se bloquea muchas veces.

– ¿Se puede ejercer la medicina a distancia?

– Algunos casos se podrían resolver. También es verdad que es muy difícil implantar estas medidas por el tipo de población que tenemos, muy envejecida. Hace años se intentó poner la cita previa y muchas personas no se aclaraban, por lo que terminaban haciendo consultas a demanda.

– ¿Una reestructuración de este tipo no va a acabar ‘cerrando’ muchos pueblos?

– Seguramente que sí. Es difícil que la Junta reconozca de entrada el cierre de ciertos consultorios, pero hay muchas zonas con poblaciones inferiores a 50 habitantes, por ejemplo, en el norte de Burgos, en las que el médico va a dejar de ir al consultorio. Será a demanda. Todo esto va a cambiar y ahí seguramente esos consultorios terminarán desapareciendo, aunque digan que no (la Junta).

– ¿Os han consultado los técnicos que están diseñando esta reestructuración¿ ¿Tienen en cuenta la voz de los médicos rurales?

 – Hasta ahora no. Yo no conozco a nadie que le hayan consultado. Incluso los sindicatos se quejan de que no les han consultado. Lo hacen meramente en plan técnico y un poco ateniéndose al personal que tienen y a las características de la población. Los colegios de médicos también se han quejado.

– ¿Eso genera frustración?

– Sí, sí. Ellos dicen que tienen que actuar con lo que tienen y que no hay más mimbres que los que hay para sacar adelante la asistencia sanitaria.

Aunque todos somos iguales, la realidad es que los derechos están disminuidos a nivel rural

– ¿Sientes que muchas veces prima la gestión económica frente a la igualdad de derechos independientemente de donde vivamos?

– Totalmente. Si nosotros comparamos la igualdad de derechos a nivel rural y urbano no cabe duda de que en lo rural hay un déficit mayor. Aunque todos somos iguales, la realidad es que los derechos están disminuidos a nivel rural.

– Después de oír todo este panorama, tiene todavía más mérito que hayas decidido continuar como médico rural.

– Me encuentro bien y es algo que me gusta. No me doy ningún mérito.

– Carlos, si nos remontamos aún más en el tiempo, hay que decir que estudiaste Medicina en Valladolid y que estuviste a punto de empezar la carrera con 16 años…

 – Pues sí, es verdad. Fue un poco adelantado. Empecé demasiado joven. Igual tenía que haber empezado más tarde y me lo habría pasado mejor. El caso es que terminé la carrera a los 23 años. Entonces no había problemas de trabajo. Mis dos primeros pueblos fueron Villatuelda y Terradillos. Acabé los estudios en junio y en julio ya estaba allí trabajando, hasta septiembre porque luego en octubre me tocó hacer la mili. Había estado con prórrogas. En estos pueblos no había centro de salud. De pronto, te encuentras tú solo ante el peligro. Tenía que hacer de médico, enfermería… Tú solo las 24 horas durante todos los días de la semana.

– ¿Recuerdas a tu primer paciente?

– Perfectamente. Me había examinado por la mañana del examen de licenciatura en Valladolid y por la tarde me tuve que ir corriendo a pasar consulta. Había una señora esperando en la puerta y me dijo: “Tiene que venir a cambiar la sonda a mi padre”. Fui con ella a cambiarle una sonda vesical que tenía permanente. Al verme tan joven, la señora me preguntó si sabía cambiarla. Me pidió que tuviera cuidado porque otro médico le había causado una hemorragia. Se la cambié bien, pero la mujer estuvo con los cinco sentidos. Me decía todo lo que tenía que hacer por si no lo sabía. Me veía tan jovencito que no se fiaba.

– Cuando acabaste la carrera no había el MIR que conocemos ahora…

– Justo se implantó al año siguiente. Existía una forma de especialidad que era colegiarte y estar dos años de ayudante de un especialista. A los dos años te daban el título de especialista. Después ya empezó a funcionar el MIR y las especialidades tienen que ser vía MIR.

Con la reestructuración de la Junta todo va a cambiar y seguramente muchos consultorios terminarán desapareciendo

– A todo esto, ¿de dónde te viene la vocación?

– Pues no lo sé, la verdad. Siempre me ha gustado. Creo que es algo inherente.

– Lo que sí has sabido es transmitir esa vocación a tu hijo, que también es médico.

– Lo ha vivido desde pequeño, pero curiosamente Carlos de pequeño no quería ser médico. Fue un poco más tarde. Hasta los 15 o 16 años decía que no.

– ¿Qué sentiste cuando se matriculó en Medicina?

– Sentí satisfacción. Si te gusta tu profesión, estás orgulloso de que tus hijos hagan lo mismo. También le dije los pros y contras. Al menos intenté expresárselo.

– Si tuviésemos aquí una varita mágica y pudieras pedir un deseo para la sanidad rural, ¿cuál sería?

– Mejoría y, sobre todo, que sea un servicio importante, que no desaparezca y ayude a que la despoblación no exista. Que sea una ayuda para que se mantenga la población o incluso aumente porque la vida rural es muy bonita.

Marisa y Agustín, mucho más que dos farmacéuticos rurales

A ella le encontrarán en Vadocondes. A él en Zazuar. Dos pueblos burgaleses en los que además de sanitarios, muchas veces ejercen de psicólogos y consejeros con los vecinos. A ellos recurren para casi todo: desde echarles un colirio hasta cuando necesitan hacer una fotocopia o, incluso, con cualquier duda que les surge con el WhatsApp. La clave de su particular receta de la felicidad es sencilla: vocación más medio rural. “Nuestro trabajo es un lujo”, dicen.

Es jueves por la tarde y a Marisa Núñez, la farmacéutica de Vadocondes, le toca hacer ruta por Santa Cruz de la Salceda, La Vid y Guma. Esta vez el recorrido se limita a los dos primeros pueblos, puesto que en el último no hay ni una sola receta que llevar. Cosas de la despoblación. O tal vez de que los cerca de 40 vecinos gumenses gozan de buena salud. Quién sabe.

Antes de lanzarse a la carretera, Marisa prepara todos los pedidos. Una caja de Adiro por aquí. Otra de paracetamol por allá. Recorta los códigos de barras con un cúter y los pega en una hoja aparte. Después, empaqueta todas las medicinas de cada persona en una bolsa de papel, en la que escribe su nombre y grapa el ticket de compra. Un trabajo que se ventila en unos 20 minutos: al fin y al cabo, son cinco encargos en Santa Cruz y uno en La Vid.

Entre tanto, recibe la visita de uno de los dos proveedores de medicamentos que atiende sus pedidos. En esta ocasión, llega desde Burgos. Por las mañanas lo hace otro de Valladolid. Y así todos los días: la primera entrega de medicinas se produce a eso de las 7 de la mañana y la segunda unos minutos antes de las 5 de la tarde. “El servicio es fantástico”, aplaude Marisa, que, tras coger una cajita roja con monedas para el cambio, deja las luces de la farmacia encendidas. De esta forma, los vecinos de Vadocondes saben que regresará en un rato. Ellos mismos le pidieron que lo haga así. Y ella lo cumple. Cuelga en la puerta un cartel con la hora de vuelta aproximada -las 17:40- y comienza el recorrido.

Apenas seis kilómetros separan Vadocondes de Santa Cruz de la Salceda, donde viven unas 50 personas durante todo el año. Cinco hombres, ni uno más ni uno menos, le esperan en la plaza. “Vienes toda pertrechada”, le espeta uno de ellos nada más verla. ¿Será por el chaleco de pieles que viste? Ella a lo suyo. “Florencio, aquí tienes lo tuyo. José María esto es para ti, son 9,25 euros. ¿Qué tal Pedro? ¿Todo bien?”. Antes de disolverse el corrillo, un paisano le invita a un café.

“Aquí la gente es muy agradable. Te valoran y te respetan, es otra mentalidad”, dice Marisa, que apenas lleva 15 meses al frente de la farmacia de Vadocondes tras más de 20 años trabajando en una de Burgos capital, donde lo único que importaba era vender y vender. Llegó a renegar de su profesión hasta que conoció la farmacia rural.

Ahora, más contenta no puede estar. Decidió dar un giro de 180 grados a su vida y ha dado en el clavo: “Es un lujo. Se vive fenomenal. Tienes una calidad de vida que no tiene nadie. No hay apenas estrés, aparcas al lado de casa, el trato con la gente es muy bueno. Todo es más fácil, no se puede comparar con la ciudad”. Marisa tiene claro que “si todo el mundo estuviera en el trabajo como nosotros, esto sería ‘El mundo feliz’”. Ahí es nada.

Agustín también destaca el trato cercano que les permite su trabajo de farmacéuticos rurales: “Con cualquier cosa que necesiten van a la farmacia. Para apretarles el pinganillo del oído o porque no les funciona el WhatsApp. Somos el único sanitario que está todo el día en el pueblo, el psicólogo y todo lo que haga falta. Somos samaritanos”. A lo que Marisa añade: “Tienes que implicarte mucho y que te guste ayudar a la gente”.

Vamos que la rebotica es casi casi como un confesionario. De hecho, dice Agustín, que gestiona la farmacia de Zazuar desde hace 10 años, que muchas personas se acercan para contarle algo que les pasa, se desahogan y se marchan: “Lo mismo están preocupados por una tierra o porque han discutido con su hermano. Les ayudas como buenamente puedes y se van más contentos”.

“Tienes que implicarte mucho y que te guste ayudar a la gente”

El trato es tan sumamente cercano que hay quienes no tienen ningún tipo de pudor en plantarse en la farmacia y bajarse los pantalones para enseñar al farmacéutico una verruga, una herida o lo que se tercie. Cuentan que otros van para que les unten una crema en la espalda y que hay quienes les piden que les echen gotas en los oídos. “Eso es bueno. Refleja confianza”, dicen los dos. No obstante, una cosa no quita la otra y “a veces pasamos más vergüenza nosotros. Ellos no tienen pudor. La farmacia es como su casa”, relatan entre risas. De hecho, apuntan que el 80% de los clientes van a la ‘botica’ en zapatillas de estar por casa.

La cosa no queda ahí. Los vecinos también saben cuando Marisa o Agustín tienen algún día torcido. “Nos notan si nos pasa algo, si tenemos mucho trabajo, si estamos nerviosos por algún motivo…”. Ya ven, la complicidad es total y absoluta.

La ruta sigue. Desde Santa Cruz de la Salceda, Marisa se desplaza hasta La Vid, a 12 kilómetros. También en la plaza le espera Joaquín, que se ocupa de recoger la medicina de su nieto. Lleva una gorra en la que pone “soy motero”, viste un jersey verde y una cazadora de color azul marino, que no se abrocha pese al helador frío de enero. “Adiós Joaquín”, se despide Marisa -encantada con la gente de este pueblo por su especial amabilidad- tras darle un paquete. “Pasadlo bien”, contesta él. Ya sólo queda regresar a Vadocondes: 8,2 kilómetros para ser exactos.

En el caso de Agustín, tiene el botiquín de Quemada y San Juan del Monte, a 2,4 y 5 kilómetros, respectivamente, de Zazuar. A diferencia de Marisa, él no va por las mañanas a los pueblos para recoger las recetas que el médico suele dejar en el buzón, sino que el doctor le llama por teléfono y se las va cantando una a una.Además, junto con otros cinco pueblos tienen contratado a otro farmacéutico –Luis– que trabaja durante todo el año por quincenas en cada una de las siete farmacias rurales ‘asociadas’. Luis les cubre las vacaciones, de 45 días. Y él mismo, obviamente, tiene su mes libre. De él destacan lo buen trabajador y, sobre todo, buena persona que es.

Calidad de vida rural

En líneas generales, Marisa y Agustín trabajan seis horas al día, incluido el reparto por los pueblos. Unas 30 horas semanales. No hacen guardias y tampoco trabajan sábados ni domingos. En verano la historia cambia. Julio y agosto son meses de mucho trajín. La población en los pueblos aumenta considerablemente y con ello el trabajo de los farmacéuticos rurales. No obstante, todo lo que facturan en esos dos meses -en los que sí abren los sábados- les sirve para aguantar mejor el resto del año.

Nada que ver con una ciudad, donde las jornadas tienden a las 12 horas diarias. Nada que ver tampoco con el trato que tienen con la gente. Sí, una vez más el trato. Porque como dice Marisa “aquí no vendes un Frenadol, cobras nueve euros, vendes otro, cobras y sigues vendiendo. Aquí vendo un Frenadol y la persona está 15 minutos conmigo. Prima el bienestar de la gente del pueblo. Yo me encargo de que entiendan bien lo que toman, cuándo lo tienen que tomar y cuántas veces. Si veo que tienen dudas, no se van de la farmacia hasta que lo entiendan”. Conocen a todas las personas por el nombre y a su familia y eso es algo que no cambian “por nada del mundo”.

«Aquí la gente es muy agradable. Te valoran y te respetan»

Agustín se muestra convencido de que “la gente va a tener que volver a los pueblos” dado que ciudades como Madrid se están convirtiendo en un agujero negro en el que cada día es más difícil caber y vivir. Él estudió la carrera allí y tuvo suficiente. Sus raíces estaban y están en Guma y por eso una vez acabados los estudios, volvió al pueblo. Los veranos hizo prácticas en la farmacia de Vadocondes, después trabajó por quincenas en el citado grupo de pueblos y más tarde se hizo con la licencia de la farmacia de Zazuar.

Es una excepción entre sus amigos, quienes reconocen tener cierta envidia al ver que “vive de maravilla”. Él, por su parte, lamenta que mucha gente considere los pueblos como un recreo al que sólo se acude algún fin de semana y en verano. En el caso de Marisa, son al menos cuatro amigas las que trabajan en farmacias rurales.

Excepción o no, ninguno de los dos contempla su futuro fuera de Vadocondes y Zazuar. Están donde quieren estar. Se sienten afortunados. Perciben como propios dos pueblos en los que no nacieron, pero ‘se hicieron’. También se muestran convencidos de que esta zona goza de buena salud demográfica. De hecho, en Vadocondes nacieron dos niños en septiembre y hay otro de camino en julio. “A mí me nació uno en noviembre”, remata Agustín. Ese “me” lo dice todo. Denota implicación, pasión y arraigo a partes iguales. ¿Cómo dos farmacéuticos no iban a tener la receta para vivir bien en un pueblo?

Eduardo Vicario o el arte de lo sencillo

Tiene 39 años, lleva prácticamente toda su vida en Valdeande, es profesor de Geografía e Historia y atesora un relato de orgullo rural con mayúsculas. La fórmula de Eduardo para revitalizar los pueblos combina una vuelta a las raíces, a la esencia, con unas cuantas dosis de sencillez. Es decir, disfrutar de los placeres baratos. “Que un niño vea como crece el cereal y disfrute”, defiende. Porque si algo tiene claro es que gran parte de la verdad y la belleza se encuentran en la naturaleza y las zonas rurales.

Puedes escuchar el podcast en iTunes, Spotify, Google Podcasts o iVoox.

Eduardo Vicario

Eduardo Vicario desde la iglesia de Valdeande

– ¿Por qué vives en Valdeande? ¿Qué te aporta el pueblo que no te da una ciudad?

– El hecho de vivir en Valdeande se resume en que desde pequeñito se crearon y sentaron unas bases que en un futuro jamás te olvidas de ello.

– ¿Siempre has estado en el pueblo?

– Hay algún momento en la vida en que tienes que cambiar de aires. En primer lugar, cuando a mi madre le destinaron al colegio Santa Catalina -en Aranda de Duero- mi hermana y yo tuvimos que bajar a Aranda y esos dos o tres años te acostumbras muy bien, pero recuerdo los primeros días que teníamos tanta nostalgia del pueblo que a mi padre le hacíamos traernos al pueblo durante unas horas un miércoles y después volver a Aranda. Hasta ese punto llegaba el apego y la nostalgia por el pueblo. Nos tiraba mucho. Incluso alguna lágrima caía, sobre todo las primeras semanas. Luego ya fui a la Universidad de Burgos, ya eres más mayor, y lo ves como una experiencia nueva. Eso sí, prácticamente todos los fines de semana volvía al pueblo, salvo algún viaje. No estaba más de 15 días fuera.

– ¿Te ves fuera de aquí?

 – Cuanto más pasan los años, te das cuenta de que te gusta mucho el pueblo. También te planteas la posibilidad de experimentar, pero siempre teniendo como referente un pueblo. El modelo de vida es este: vivir con la tranquilidad que te ofrece el pueblo y no lejos ni de Valdeande ni de Aranda.

– ¿Cómo es vivir en Valdeande? ¿Cuánta gente hay durante todo el año? ¿Qué servicios tenéis?

 – Ahora son unos meses durillos, podemos contar unos 50-60 habitantes. El modelo de vida para mí es muy cómodo. Yo tengo la suerte de acabar la jornada laboral a la hora de comer, lo que te ofrece la opción de tener una tarde larga para compartir con la familia, dar un paseo por la naturaleza… En cuanto a servicios, tenemos panadería, tienda, bar, médico… Es algo que siempre contribuye a fijar población en los pueblos.

– ¿Te sientes un privilegiado por vivir donde quieres y trabajar de lo que quieres?

 – Si te dijera lo contrario te estaría mintiendo. Parece un poco soberbio, pero para mí es un privilegio estar viviendo donde quiero y trabajando cerca de aquí. No todo el mundo lo puede decir. Además, en mi trabajo comparto experiencias con gente que viene de Zamora, de Ávila, Salamanca… y siempre están intentando acercarse a su lugar de origen, algo que yo tengo hoy en día.

Cateto es quien no se entera de cómo se vive realmente en un pueblo

– Eduardo es profesor, hijo de profesora y hermano de profesora. ¿Te influyó mucho tu madre a la hora de elegir carrera?

– Siempre tienes como influyentes a tus padres. Por un lado, tenía a mi padre que era transportista. Me gustaban muchos los camiones y, sobre todo, el hecho de viajar y conocer pueblos pequeños. Es algo que a día de hoy me sigue fascinando. Y, por el otro lado, tenía el tema de la historia y de la educación, de transmitir unas enseñanzas a la gente. De la mezcla de mi padre y mi madre, me quedé un poco con lo que quizá podía ser más fácil. La vida de transportista era dura. A mí como me gustaba la educación, aquí estamos.

– Tú que estudiaste en el colegio rural de Gumiel de Izán, ¿qué recuerdos guardas de aquella época?

– Muy buenos, todo lo que recuerdo de Gumiel es positivo. Hace un par de años volviendo de trabajar de El Empecinado, paré en el colegio de Gumiel de Izán para ver cómo estaba. Les comenté que había estudiado ahí y que mi madre fue profesora. Se portaron genial conmigo. Estaba la misma cocinera, Encarna. Para mí es muy gratificante. Hace un par de años hicieron una exposición de fotos de antiguos alumnos por su 40 aniversario. Recorrí las mismas clases, las eras en las que corríamos con absoluta libertad, no había verjas. Nosotros jugábamos muy libres.

– ¿Qué profesor te ha marcado más? ¿A quién recuerdas con especial cariño?

– En el Colegio Castilla, don Demetrio, muy de la antigua usanza, me inculcó el gusanillo que requieren la historia y el patrimonio. También recuerdo con mucho cariño a Benito Royuela, profesor en el Sandoval. No era muy cercano, pero era un profesor en toda regla, de los pies a la cabeza.

– Puestos a soñar, ¿te gustaría ser profesor algún día en un colegio rural?

 – Hoy por hoy, en cualquier instituto que tenga vínculo con los pueblos, yo estaría muy a gusto. Afortunadamente El Empecinado tiene mucho de eso porque buena parte de los alumnos que van allí son de pueblos. Qué mejor manera de transmitir que tu experiencia vital es una experiencia muy válida y positiva. De hecho, muchos me dicen que les encanta vivir en el pueblo y que el día de mañana quieren ser agricultores o montar una empresa o hacer de guías turísticos. Casi todos los años venimos a Valdeande, hacemos una ruta por el entorno, hemos hecho prácticas medioambientales de recogida de cristales… Siempre que tengan mucho contacto con el medio rural y que sepan lo que es su entorno, potenciar todos los recursos que pueden hacer que los pueblos no mueran.

Muchos alumnos me dicen que les encanta vivir en el pueblo y que el día de mañana quieren trabajar allí

– ¿Y les gusta?

– Creo que sí. Venir a un pueblo y que les propongas ir a limpiar una cañada real o plantar árboles, les sirve para ver alternativas.

– Como alumno y profesor de colegio e instituto rurales, ¿qué diferencias ves entre la educación en el mundo rural y la del mundo urbano?

 – Es probable que las haya. Yo llevo 16 años trabajando en Aranda. Nunca he trabajado en una gran ciudad. Allí se difumina más el contacto con el alumno, no conoces sus orígenes o el pueblo en el que vive el chaval. Aquí, estas Navidades fui a dar una vuelta por Quintanarraya y enseguida el padre de un alumno me reconoció. Tienes contacto con ellos. Te conocen. Es un trato más cercano.

– Y en tu caso, al ser un profesor joven, puede que sea una doble motivación…

 – No tan joven ya (risas). Pero sí. Buena parte de la educación se trabaja no sólo en el aula, sino con actividades alternativas. Con tu supuesta juventud les llevas a hacer cualquier tipo de actividad en los pueblos y también fuera. Suelo ir con ellos a Italia.

– ¿Todavía pesan los estereotipos de quien se queda en el pueblo es un paleto o se ha quedado porque no tenía otra opción o esto ya está cambiando? ¿Alguna vez te han mirado raro por ser joven y vivir en un pueblo?

– Desde hace años lo veíamos cuando venía gente de las grandes ciudades y te enseñaban ropa de marca o una videoconsola y tú parecía que estabas un poco enclaustrado en el pasado. Hoy en día, te mentiría si no creo que hay gente que cree que vivir en un pueblo todavía es… Yo a veces me considero una especie en extinción junto con muchos otros que valoran esto también. Pero vamos, desde luego que la realidad difiere mucho de lo que alguien puede pensar. El cateto es él cuando no se entera de cómo se vive realmente en un pueblo. No saben diferenciar una encina de un roble o de dónde salen los huevos. No todo está en un ordenador. Ven al pueblo, empápate del medioambiente, conoce las tradiciones de tu gente, habla con la gente mayor porque te van a transmitir muchas cosas que no están en los libros… Desde luego que están equivocados.

– Hablando de tradiciones, ¿cuál destacarías de las que se mantienen en Valdeande?

– A mí me gustaría que se conservaran todas. Me viene a la cabeza la bajada de peñas. En nuestra peña, El Gato Azul, vestimos con boina. La procesión de Semana Santa, independientemente de que tengas más o menos creencias, es otra cosa de nuestros antepasados. De hecho, hace nada hice una exposición etnográfica en el instituto a base de preguntar a la gente mayor para saber lo que era un celemín o una zoqueta. Si no conocemos la vida de antes, se perderá. Lo que no se conoce se desprecia.

– ¿Sientes que a la gente mayor le gusta que le pregunten por lo que hacían?

– Por supuesto. Cuando les empiezas a hablar de recuerdos, desde tu humilde ignorancia les vas tirando de la lengua y ellos enseguida se abren y te cuentan. Eso no tiene valor, es incalculable.

– ¿Tus padres son los dos de Valdeande?

– No, mi padre es de Valdeande y mi madre de Tubilla. Tubilla lo llevo en el corazón también. Intento ir cada dos por tres, para estar con ellos. Las raíces jamás se tienen que olvidar.

– Volviendo al tema de la educación, ¿qué crees que puede aportar la educación en el mundo rural, qué valores son los genuinos que podríamos exportar hacia lo urbano?

– Fundamentalmente, una vuelta a las raíces, una vuelta a la esencia, volver a lo sencillo, disfrutar de placeres baratos. Que un niño vea como hay unas gallinas que están comiendo y que disfrute, que vea como el cereal crece. Disfrutar de una puesta de sol. Es lo que se debería exportar. Puedes vivir en una gran urbe, pero sientes que no estás conforme con lo que tienes. Desde mi punto de vista, gran parte de la verdad y la belleza se encuentran en la naturaleza y las zonas rurales.

– ¿Cómo se podría potenciar el orgullo rural?

 – Una buena forma es mostrando que un pueblo está vivo las cuatro estaciones. Hay gente que piensa que un pueblo solo vive los 15 días de verano y Semana Santa. Te dicen ‘no, si aquí luego no queda nadie’. Eso es menospreciar, hay que tener un poco más de tacto. Si hay un incendio o cualquier urgencia, tú avisas a todas las casas vacías para que lo arreglen.

– ¿Sueñas con que el colegio de Valdeande pudiera reabrir sus puertas?

– Sería bonito. Yo tengo fotos de mi madre, que fue la última profesora del pueblo. El colegio lo tengo como un ideal. Era como un monumento, un castillo de educación. Lo ideal sería verlo abierto, pero lo veo muy utópico. Ahora lo tenemos como un lugar en el que se hacen actividades culturales.

Gran parte de la verdad y la belleza se encuentran en la naturaleza y las zonas rurales

 – ¿Cómo crees que se le puede poner freno al problemón de la despoblación? ¿Cómo conseguir que haya más casos como el tuyo?

– Siendo realista, está complicada la cosa. La manera de hacerlo es, por supuesto, teniendo un trabajo cercano. También hay quienes viven en un pueblo y van y vienen a trabajar a la ciudad. No obstante, esto más que por la economía viene por el tema del corazón. No vas a venir a vivir a un pueblo jamás si no tienes afecto. La vía claramente es el afecto.

– Y tú te encargas de meter ese gusanillo a los que tienes cerca…

– Claro, claro, todos los días. Yo les hago fotos: mira qué puesta de sol, mira qué día de niebla. Me encargo de hacer meriendas. En mi peña mucha gente tiene nostalgia de venir. Es el caso contrario a quienes te dicen ‘cómo vives en el pueblo si no hay nadie’.

– Ese primer paso debería ser dar envidia, no pena.

 – Por supuesto. Te pongo un ejemplo: mi hermana trabaja en colegios rurales agrupados de la zona y está encantada por el hecho tan simple de que en lugar de dar clase a 25 o 30 alumnos, tienen en sus clases una ratio de 8 a 10 alumnos, conoce a todos los padres, los niños salen, hacen actividades en el pueblo… Lo ideal sería dar envidia por el trato personalizado que puede tener un profesor con una madre.

– ¿Cómo puede ser que en Castilla y León tengamos un nivel educativo en ocasiones por encima de la media -como refleja por ejemplo el informe Pisa- y se nos siga educando para emigrar?

– Me has dejado sin palabras. Indigna y enerva ver cómo buena parte de los hijos de Castilla no encuentra trabajo aquí y se van a Alemania, Madrid o Barcelona. Las posibilidades que se dan no son las mejores. Cuesta, cuesta.

– Somos fábrica de talentos, pero para el resto de España. Si seguimos por este camino, Castilla y León está condenada a ser un geriátrico.

– Está claro. Fábrica de talentos condenada a ser un geriátrico. Si ves la pirámide de población, la gente mayor ocupa un lugar muy destacado y los jóvenes que se van son cada vez más.

– ¿Hay niños en Valdeande?

– Alguno queda. A ver si aumentamos un poco más.

– ¿Has dado clase a algún chaval de Valdeande?

– Creo que no. O sea, hijo directo. Puede ser algún descendiente un poco lejano. De Tubilla y de otros pueblos de por aquí sí. Te dicen que su abuelo fue fulano, alguien a quien conoces de toda la vida. Es una maravilla y les tratas, si cabe, con más cariño y más aprecio.

Castilla y León es una fábrica de talentos condenada a ser un geriátrico

– ¿Crees que hay esperanza en la deriva? ¿Cómo te imaginas Valdeande en los próximos diez años?

– Hacer conjeturas es un poco aventurado. La realidad es que hay gente joven a la que nos gusta quedarnos aquí y otros a quienes no les gusta quedarse en el pueblo. Para ser honesto, un pueblo tiene que tener vida, pero como dice el refrán, ni tanto ni tan calvo. Las industrias son necesarias, pero a mí no me gustaría ahora que mi pueblo tuviera 500 habitantes con industrias y que hubiera ruido y contaminación. A mí me gusta la vida como ha sido hasta ahora en los 39 años que tengo, he disfrutado muchísimo el pueblo con esta tranquilidad, es un ideal, un paraíso.

– ¿No hay que crecer a toda costa?

– Hay que crecer con un equilibrio, con unas medidas. A mí me gusta el pueblo con los parámetros que ha tenido siempre. Tiene que tener gente, desde luego. Da pena pasear por una calle y que solo haya una casa abierta. Hay muchos salvapueblos que dan soluciones mágicas y luego son un fraude.

– Antes de despedirnos, me gustaría invitar a todo el mundo a conocer Valdeande.

– Todos los pueblos tienen su encanto. Los atractivos es conocerlos, pasear, empaparte de lo que significa cada pueblo, estar con sus gentes… En el caos de Valdeande, llevamos 20 años con la villa romana de Ciella y esta es una buena forma de que nos conozcan. Si vienen les enseñamos también el museo, la iglesia… Todo para que no dejen de oírse las voces de la gente en los pueblos.

Recuerda que puedes escuchar el podcast en iTunes, Spotify, Google Podcasts o iVoox.

Por qué las Highlands de Escocia son un buen ejemplo de repoblación

Escocia demuestra que con medios, compromiso y trabajo la despoblación SÍ se puede revertir. Su red de banda ancha es una de las grandes fortalezas de la región. Entre otras cosas, la conexión a internet facilita el acceso a la universidad sin necesidad de trasladarse a las grandes urbes. ¡Ah! También invierten en ocio y cultura en las zonas rurales. 

Pixabay: iKlick

¿Por qué el trabajo que realizan en las Highlands escocesas es una buena práctica para combatir la despoblación del medio rural? Aquí las razones:

El epicentro del éxito cosechado en las Tierras Altas, con una densidad de población de 7,76 habitantes por kilómetro cuadrado, es Highlands and Islands Enterprise (HIE), la agencia de desarrollo económico y comunitario que el Gobierno de Escocia creó en 1965 con la misión de sacar al territorio del declive demográfico y económico en el que se encontraba desde hacía siglos. Cubre más de la mitad de Escocia.

Una de las claves de su éxito es que es una organización con total autonomía de acción y despolitizada. La HIE participa en el proceso de elaboración del marco estratégico general, contando con las asociaciones y población civil para escuchar sus ideas y propuestas de futuro. Es, por tanto, un buen ejemplo de colaboración entre administraciones públicas, sociedad civil y ciudadanos.

Su consejo de administración es nombrado por el gobierno escocés, pero sus miembros no son cargos públicos o políticos sino personas escogidas por su cualificación y solvencia profesional. Hay abogados, empresarios, técnicos, profesores universitarios, economistas, periodistas… El personal se recluta mediante convocatorias abiertas y públicas de empleo.

La HIE es un buen ejemplo de colaboración entre administraciones públicas, sociedad civil y ciudadanos

Según la Red Española de Áreas Escasamente Pobladas (SSPA), que realizó un viaje a Escocia para empaparse del modelo de la HIE, la agencia desarrolla su actividad dentro de un “amplio consenso político y social y un alto grado de confianza con respecto a su misión”. Prácticamente todas sus acciones las realizan en colaboración con otras entidades públicas, empresas, universidades, administraciones locales y regionales, socios europeos, etc. Hay una cultura de cooperación total.

Como punto fuerte destaca la presencia y acción de la HIE sobre el territorio. La HIE tiene una sede central en la capital (Inverness) y otras siete oficinas territoriales. Entre otras cuestiones, se dedican a identificar los obstáculos legales y administrativos que dificultan el desarrollo integral de los territorios más vulnerables para llevar a cabo una labor de lobby ante las autoridades (sean escocesas, británicas o europeas) y realizar los cambios oportunos.

Población en aumento

Entre los componentes esenciales que trabaja la HIE se encuentra la dotación de infraestructuras y acceso a una vivienda y unos suministros en condiciones asequibles y de calidad. Igualmente pelean por la disponibilidad de servicios básicos (educativos, sanitarios y sociales) para la población, actividades comerciales de proximidad, cierta oferta cultural y de ocio. A todo ello se suma la conectividad (banda ancha y telefonía móvil), un marco normativo en todos los ámbitos (desde la fiscalidad hasta la ordenación de los recursos naturales) y la presencia y generación de actitudes de emprendimiento para mantener el talento y atraer a nuevos emprendedores.

 

La densidad de población de las Highlands es de 7,67 habitantes por kilómetro cuadrado. Su capital, Inverness, suma casi 70.000 habitantes, lo que equivale a uno de cada tres habitantes de la comarca. En total, la región cuenta con 235.200 habitantes. Desde el año 2000 la cifra va en aumento. Además, las proyecciones que manejan las autoridades locales es que las Tierras Altas escocesas alcanzarán en 2035 los 255.835 habitantes, un 15% más que en 2010 (SSPA, 2017).

Página 1 de 3

Funciona con WordPress & Tema de Anders Norén