De un municipio de 25 habitantes al mundo

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Una historia de abuelas bajo chimenea de campana


Sebastián Martínez, natural de Ciruelos de Cervera, lleva muchos años volcado en la elaboración del árbol genealógico tanto de su familia como de su pueblo. En pleno confinamiento, compuso el siguiente relato, que transcurre entre 1743 y 1822 y que tiene como protagonistas a Manuela Carpintero Munguía y Melchora Eraso Carpintero. La idiosincrasia de los patarrubios, como se conoce coloquialmente a los naturales de Ciruelos, no se entendería sin la hermana de un cura que llegó al municipio procedente de Covarrubias. «Para llegar donde estamos, han intervenido diferentes familias. Todas han sido necesarias para ser lo que somos», subraya Martínez. 

Foto: Guillermo López

La parroquia de San Sebastián de Ciruelos de Cervera quedó vacante por fallecimiento de su titular, D. Andrés Araúzo Monje. Esto sucedía el año 1742.

El nuevo párroco asignado fue D. Matías Carpintero Munguía. Él y su familia procedían de Covarrubias. Acompañándolo vinieron a Ciruelos de Cervera a vivir. Fueron Manuela Carpintero Munguía y su marido, Manuel Eraso Ortiz.

Los párrocos, cuando se incorporaban a sus nuevas parroquias, acostumbraban a llevar a familiares suyos que los atendían en sus quehaceres y vivían con ellos.

El matrimonio de su hermana Manuela Carpintero Munguía estaba en edad de procrear y aquí nacieron sus hijos. En Ciruelos nació Melchora en el año 1748, María en 1751, Domingo en 1755, Damián en 1757 e Isabel Úrsula en 1761.

En aquellos años las formas de acordar matrimonios eran muy diferentes… con 12 o 13 añitos ya podían casar, así que nuestra joven Melchora Eraso Carpintero pronto fue casadera: con 15 años ya la casaron con un joven mozo de 21 años de edad, natural de Ciruelos de Cervera, pero residente en Santa María del Mercadillo. Él se llamaba Manuel y era hijo de Pedro Hernando Abejón, natural de Ciruelos de Cervera, y María Palacios Hernando, natural de Mercadillo. Llenos de juventud y vitalidad, Manuel y Melchora se casaron en el año 1763 en Ciruelos de Cervera.

Pedro Hernando Abejón y María Palacios Núñez habían contraído matrimonio en Santa María Mercadillo en el año 1729. Después de 20 años de vida en Ciruelos de Cervera y 9 hijos, se trasladan a Mercadillo a vivir, donde tuvieron tres hijos más. Allí fallecen en  1777 y 1790 respectivamente, no sin antes haber dejado en sus testamentos una manda de misas a la Virgen del Carmen y Jesús Nazareno de Ciruelos de Cervera. Su estancia en Ciruelos les marcó la vida y enviaron unas oraciones de recuerdo a la hora de abandonar este mundo, a celebrar en la iglesia de Ciruelos de Cervera.

Melchora vio arder medio pueblo de Ciruelos de Cervera en la guerra de los franceses

Pedro Hernando Abejón era hijo de Blas Hernando Núñez y Agustina Abejón, aquel que tiene grabado su nombre en la fuente de la ermita y que dice  así: «Esta portada se hizo siendo teniente de alcalde Blas Hernando. Año 1703».

Manuel Hernando y Melchora Eraso se casaron en el año 1763 en Ciruelos de Cervera  y tuvieron una vida movida, su fortaleza y su juventud empujaba a vivir la vida como entonces se hacía. Melchora, con sus 15 años al casar, no se amedrentó ante lo que suponía su corta edad para empezar a parir. Dieciocho partos la tuvieron entretenida en su joven y dilatada vida, pero desgraciadamente, como entonces sucedía con mucha frecuencia, los niños que nacían no tenían su supervivencia fácil: de sus cuatro primeros hijos ninguno supero los veinte meses de vida. En el año 1770 nació Antonio, que vivió larga vida. Después, en 1771 nació Manuel, que no superó el año de vida. En 1772 nació otro Manuel, que fue cura en Santa María del Mercadillo hasta el año 1804 que falleció en la peste que asoló dicho pueblo. De los ocho hijos que nacieron después del año 1772 solo sobrevivieron Juana, que nació el año 1779, e Isabel, que nació en 1782 y que con el paso del tiempo casó con Antonio Martínez Núñez, en 1802.

Estaba el pueblo en sus continuos trajines y dentro de la religiosidad que entonces se vivía, se habían enfrascado en poner suelo fijo en su iglesia, que hasta entonces era de tierra pisada. Añadamos a esa circunstancia el hecho de que se enterraba en su interior, abriendo las fosas en su suelo y eran muchas las que se abrían al año. En estas circunstancias se desenvolvían. Así que cabildo y cofradías del pueblo se pusieron de acuerdo para adoquinar la iglesia, que así se denominaba esta obra. El párroco D. Matías Carpintero también se comprometió a ayudar.

Reunidos concejo y cabildo a toque de campana tañida el día 11 de mayo de 1767 acuerdan: «La necesidad de adoquinar el cuerpo de la recordada iglesia es grande así por su decencia como por el polvo que resulta a sus retablos y como también lo es en extensión de los caudales que gratuitamente han ofrecido sus vecinos». Era mayordomo Manuel Martínez.

Cabildo y cofradías del pueblo se pusieron de acuerdo para adoquinar la iglesia en 1767

Acordaron adoquinar el cuerpo de la iglesia con baldosas de tierra cocida, formando 90 sepulturas, por un valor de trescientos ducados de presupuesto. Pasados unos días maduraron el proyecto y cambiaron la idea del tipo de suelo: lo pondrían de piedra. Los vecinos se ofrecieron a acarrear los materiales los días festivos.

Mientras trabajaban en el adoquinado, hechas 28 sepulturas, murió inesperadamente el párroco D. Matías Carpintero. Era el año 1767 y fue enterrado en la capilla del Nazareno. Y aquí se cortó la progresión de la obra, que no se reanudó hasta que se solucionaron los muchos problemas económicos que se dieron.

Manuela Carpintero Munguía, como albacea de su hermano cura, tuvo que enfrentarse a la solución de algunos problemas derivados del testamento de su hermano en referencia al apoyo económico que su hermano había prometido a la obra del adoquinado.

Otra vez el cabildo hubo de tomar decisiones y dicen: «En la villa de Ciruelos de Cervera y en sus casas consistoriales a 20 de enero del 1768, estando juntos la mayor parte de sus vecinos a repique de campana, acuerdan tirar la obra hacia delante ante la indecencia que muestra la iglesia con la obra parada». Se vuelven a ofrecer los vecinos para portar materiales: piedras, cal, madera, serrar piedras y todos ellos son los vecinos que allí firman. Firman 18 vecinos.

El pueblo se ha ido llenando de nietos, bisnietos, tataranietos y…..retataranietos con el apellido Martínez

No fue hasta el día 13 de noviembre de 1779 cuando se dan por concluidas las obras del adoquinado. Salieron 105  fosas, más pequeños aprovechamientos de espacios en sus extremos. ¡Se había construido un gran cementerio! (En el año 1833 se dejó de enterrar en su interior).

Mientras tanto nuestra anfitriona, Melchora, fue teniendo hijos hasta concretar los quince partos en el año 1786.  Desgraciadamente, en 1786 sufrió tres fallecimientos, en corto espacio de tiempo en su familia directa: murieron el 30 de agosto su hijo Sebastián de tres añitos; el 8 de septiembre su último hijo, León, recién nacido; y el 17 de septiembre su marido Manuel Hernando Palacios. Recordemos que de estos 15 partos solo la sobrevivieron cuatro hijos: Antonio, Manuel (el cura), Juana e Isabel.

Dos años duró la viudedad de Melchora. En el año 1788 se volvió a casar con otro vecino del pueblo llamado Esteban Hernando Rojo. De este matrimonio volvió a tener tres hijos: en 1789 nació Domingo, en 1791 Vicenta y en 1792 Josefa. Y tenemos los dieciocho partos. Tanto sufrimiento para solo añadir un sobreviviente más. Dieciocho partos y solo cinco hijos salieron adelante. ¡Cuánto dolor!  Solo Vicenta vivió la vida de estos tres últimos nacidos. Melchora debió tener una fortaleza de hierro. Había nacido el año 1748 y murió 1822. Fue enterrada en el interior de la iglesia, nave mayor fosa 12. Una gran fosa para una gran dama. ¡Vio arder medio pueblo de Ciruelos de Cervera en la guerra de los franceses! Y la dureza de los años posteriores.

Pero nos dejó algo sin lo cual la mayor parte del pueblo no sería lo mismo. Recordemos que venía de Covarrubias. Nos dejó a Antonio, Juana, Isabel y Vicenta como descendencia suya. Así pues Manuela Carpintero como abuela y Melchora Eraso como madre intervinieron o han intervenido directamente en la futura amalgama de familias que forman hoy nuestro pueblo. Y fue así:

Antonio Hernando Eraso se casó con Manuela Martínez Hernando. Fruto de este matrimonio nació Indalecio Hernando Martínez,  que en el año 1821 y en segundas nupcias, se casó con Petra Álamo Hernando. Indalecio y Petra, entre varios hijos, tuvieron a Juan Hernando Álamo en el año 1830, que se casó con Francisca Nebreda Martínez y tuvieron una descendencia con la que llenaron el final del siglo XIX y el siglo XX de Hernandos. De aquí nacieron en 1853 Clotilde Hernando Nebreda, que se casó con Victoriano Martínez del Cura el año 1877; en 1857 nació Aureliano Hernando Nebreda, que se casó con Eustaquia Peña Martínez en 1883 y con Gregoria Portugal Domingo el año 1916; en 1860 nació Félix Hernando Nebreda, que se casó con Antonina Martín Martínez en el año 1888; en 1865 nació Petra Hernando Nebreda, que se casó con Pedro Giménez Peña eln e año 1890; en 1871 nació Melchor Hernando Nebreda, que se casó el año 1894 con Ana Giménez Peña y en segundas nupcias con Modesta Aragón Arribas; en 1874 nació Santas Hernando Nebreda, que se casó también con Pedro Giménez Peña en el año 1897. Y la mayor parte de Ciruelos de Cervera ya conoce a su descendencia o recuerda sus nombres. Toda una saga de antepasados: ¡Los Hernando!

Para llegar donde estamos han intervenido diferentes familias, todas han sido necesarias para ser lo que somos

Juana Hernando Eraso se casó con Dionisio Martínez Álamo en 1793 y de una larga familia de 13 hijos solo salieron adelante tres. Una de ellas fue Ana Martínez Hernando, quien en 1829 se casó con Leoncio Peña Martínez. De Leoncio y Ana Martínez Hernando nació en 1835 Felipa Peña Martínez, que al pasar de los años, en 1857 se casó con Nicasio Giménez Arribas. Aquí tenemos a todos los Giménez de Ciruelos de Cervera. En el año 1861 nació Damián Giménez Peña, que se casó en 1883 con Antonia Aragón Hernando; Pedro Giménez Peña nació en 1864 y se casó en primer lugar con Rosa Martínez Martínez y después con las hermanas Santas Hernando Nebreda y Petra Hernando Nebreda, respectivamente; Esteban Giménez Peña nació en 1871 y se casó con Petronila Martínez Giménez eln e año 1894 y en segundas nupcias con Paula Ortega Llano, en 1912. Y aquí tenemos a todos los antepasados Giménez de finales del siglo XIX, del siglo XX y XXI. ¡Los Giménez!

Isabel Hernando Eraso se casó en el año 1802 con Antonio Martínez Núñez, de cuyos vástagos sólo dos casaron. No ha llegado descendencia a estas fechas posteriores, se malograron.

Vicenta Hernando Eraso fue hija del segundo matrimonio de Melchora Eraso. Vicenta se casó en el año 1807 con Mateo Martínez Araúzo y este matrimonio, increíblemente, sólo tuvo un hijo llamado Pelayo, que nació en 1808. Pelayo casó con Petronila Martínez Martínez y este matrimonio volvió a la rutina de las grandes familias: 14 partos fueron el fruto de esta pareja de los cuales solo tres sobrevivieron, tres que sirvieron para abastecer a Ciruelos de Cervera de Martínez. Pelayo y Petronila fallecieron en la peste de cólera del año 1855. La gran mayoría de Martínez descendemos de los Pelayos, su descendencia ya nos es más conocida, si te hablaron de ellos los abuelos. Ellos fueron el Hilario, que se casó en el año 1855 con Juana Álamo Martínez; el Juan que se casó con Leta Martínez Arribas en el año 1870, y el Mateo que se casó con Secundina Giménez Arribas en 1870. El pueblo se ha ido llenando de nietos, bisnietos, tataranietos y…..retataranietos ¡Martínez!

Me gustó esta historia a medida que iba vislumbrando su potencial genealógico, de cómo la hermana del cura, venido de Covarrubias, y la sobrina, se habían integrado y formado parte de un pueblo que cuando llegaron a él lo encontrarían distante, ajeno, extraño. En los 21 años del curato de Matías, arraigaron, procrearon y posteriormente fallecieron también en él.

He intentado hacer ver que para llegar donde estamos han intervenido gentes de diferentes familias. Todos han sido necesarios para ser lo que somos, para configurarnos. No podemos infravalorar ni sacar a ninguna persona, pues no seríamos lo que somos. Ahí tenemos un tejedor de Nebreda, un boticario de Vilviestre, un labrador de Mercadillo, un pastor de Tejada, otro de Briongos de Cervera, otro de Barriosuso, un albañil de Álava, un herrero de Castroceniza, la familia de un cura de Pineda, otra de otro cura de Covarrubias y más curas, una familia de maestros de Lerma, zapateros, carpinteros y en los últimos años secretarios, médicos, maestros, tenderos, guardia civiles, forasteros de la inmigración…

Y el día de las morcillas y los torreznos disfrutamos enormemente todos de nuestro pueblo y hemos hecho tradición, como nuestros abuelos, en la procesión de San Roque, que a todos nos enorgullece. ¡Idiosincrasia de PATARRUBIOS!  

Pau desarrolla apps médicas desde Ciruelos

Llevaba un tiempo queriendo dejar atrás Barcelona y desde hace dos meses lo ha conseguido. Este ingeniero informático de 33 años no sólo se ha convertido en el habitante más joven del pueblo, sino también en el primer teletrabajador. Cultiva su propio huerto. Sale con la bici al finalizar su jornada laboral. Y apenas tiene que dar unos pasos para recibir al panadero o el carnicero. Aquel Pau que veraneaba en Ciruelos jamás imaginó que terminaría instalándose en la casa de sus abuelos. «Aquí estoy, tan feliz».

¿Qué te ha llevado a cambiar Barcelona por Ciruelos de Cervera?

Mi idea era irme de Barcelona porque mi trabajo de informático es relativamente fácil de realizar desde casa. Desde hace un tiempo quería mudarme a un pueblo, allí en Cataluña. Es la manera que me gusta de vivir, tener mi casa, mi huerto… Aún no me podía ir por temas económicos, además del confinamiento. Esto, sumado a que se vendió el piso en el que estaba en Barcelona, me hizo ver que la mejor alternativa era instalarme en Ciruelos, ya que tenía la casa familiar. Y aquí estoy, tan feliz.

Llevas dos meses…

Sé que quizá no me quede aquí toda mi vida, pero hasta el año que viene por lo menos estaré en Ciruelos.

¿Tomaste la decisión antes de la pandemia?

Sí, lo tenía pensado desde antes. Alguna vez también había pensado venir aquí una temporada, pero nunca se había dado esta circunstancia. La pandemia ha ayudado a tomar esta decisión.

¿Te ha costado encontrar un trabajo que te permita trabajar a distancia?

Como informático, no. No he buscado un trabajo para hacer teletrabajo, es el trabajo que ya tenía, sólo que por la pandemia a todo el mundo nos han mandado a trabajar desde casa. Les dije que me iba a ir al pueblo a vivir y como ya llevaba un año y pico teletrabajando, no me han puesto problemas en venirme de Barcelona a Burgos.

¿Tienes buena conexión?

Relativamente. Digamos que aquí puedo trabajar. Lo que pasa es que para hacer ciertas cosas tardo bastante más. Uso la red de datos de móvil. Todo va por datos de móvil. Puedo trabajar, quizá para ver Netflix voy más justo.

¿A qué te dedicas?

Desarrollo aplicaciones médicas y también me ha tocado todo el tema del coronavirus. Hago portales para que médicos y clientes puedan entrar y colgar pruebas de pacientes, informarles y hacer un diagnóstico online de radiología, oftalmología, dermatología, cardiología… Ahora con el tema del covid también hemos hecho otra plataforma que es sólo para pacientes del coronavirus, se hacen pcr, test serológicos… Desarrollo estas aplicaciones para que la gente de la propia empresa las utilice. Es un sector muy muy en auge. De hecho, mi empresa, Atrys, ha crecido muchísimo en los últimos años.

Por la tarde cojo la bici y en minuto estoy en pleno campo, viendo animales

Cuando eras pequeño y veraneabas aquí, ¿alguna vez te hubieses imaginado estar hoy desarrollando apps desde Ciruelos?

Qué va, nunca. Tampoco lo del pueblo lo veía muy claro. En verano se está muy bien, pero ¿y en octubre o en febrero? Aquí lo pasábamos muy bien durante el verano, todo eran fiestas y diversión, pero tampoco me veía yo aquí sin amigos. Ya de más mayor, más independiente, es algo que me gusta. Me voy con la bici solo, me hago mis planes… Estoy bien aquí.

¿Qué te aporta Ciruelos?

Muchas cosas buenas. El hecho de conocer el pueblo, que puedo contar con la gente que conozco, puedo contar con la familia que está cerca, el hecho de tener una casa, conocer todo lo que hay alrededor… Lo siento como mi casa. Igual yo ahora me voy de alquiler y para sentir como tuya esa casa tardas un tiempo. Aquí lo siento como mío. El cambio de Barcelona al pueblo ha sido muy fácil, lo siento como mi segunda casa.

Con 33 años, ¿estás redescubriendo el pueblo?

Sí, el hecho de vivir en Ciruelos te hace conocer más cosas. Descubro la gente que vive aquí, me busco mis lugares para conocer…

Que el carnicero y el panadero lleguen hasta la puerta de casa es otra de las ventajas…

Y no sólo eso. También es la calidad que te traen. En la gran ciudad, a saber de dónde viene la carne que compras. Aquí sé que el carnicero seguramente conozca directamente al ganadero. Es producto de primera calidad y, además, te llega a casa.

¿Cómo ha cambiado tu día a día?

En Barcelona, trabajaba durante el día (eso no ha cambiado nada porque estoy encerrado en una habitación con el ordenador) y cuando acababa de trabajar, me busco planes como ir al gimnasio, salir de tiendas, tomar algo con los amigos… Aquí trabajo lo mismo, pero por la tarde cojo la bici y en minuto estoy en pleno campo, viendo animales y cosas que gente de la ciudad igual no ha visto en su vida. Eso me ha cambiado mucho y a mejor porque a mí es lo que me gusta. También me busco otro tipo de planes. Los fines de semana me voy a hacer brasa (barbacoa). También estoy haciendo mi propio huerto, lo que supone bastante trabajo. Es algo que al final se agradece en verano cuando ves que todo ese trabajo te lo puedes comer.

¿Es la primera vez que cultivas tu propio huerto?

Desde cero sí. Tengo ayuda de mi tío, que me va dando indicaciones.

¿Echas algo de menos de Barcelona?

Quizá la comodidad de encontrar las cosas. Se me ha dado el caso de que me falta algo en casa y ahí tienes que pensar en coger el coche para ir hasta Aranda. También el hecho de salir a tomar unas cervezas. Aquí al final soy el único de la cuadrilla que estoy.

Eres el más joven del pueblo…

Puede ser que sí.

Y el primer teletrabajador de la historia de Ciruelos, ¿animarías a más jóvenes a que sigan tus pasos?

Si tienen la posibilidad y a la empresa no le importa en qué lugar del mundo estén, yo sí lo recomendaría. No tiene porqué ser permanentemente, incluso se lo pueden plantear por temporadas. Siempre te puedes venir el medio año que hace buen tiempo. O venirte un par de meses, un poco para catar lo que es la vida rural. Sí que lo recomendaría.

¿Regresarás a la oficina?

No, no. Para ocasiones esporádicas, sí, tipo una reunión muy vez en cuando y ver a los compañeros. Pero para el día a día no. Si me fuerzan a cambiar este estilo de vida, dejo el trabajo antes que volver.

¿Te ves en Ciruelos durante mucho tiempo?

Como mínimo principios del año que viene. Creo que la pandemia no acabará rápido y seguiremos con restricciones. A saber qué puede venir. Me dejo de margen todo este año. El futuro no lo sé, las cosas pueden cambiar mucho.

Cuando el aforo para ir a misa supera a los habitantes del pueblo

En Ciruelos de Cervera, podrán volver a la iglesia un máximo de 30 personas, según los límites que recoge el plan de desescalada. No habrá riesgo de incumplimiento: durante el año apenas viven 23 habitantes (y no todos son practicantes).

Iglesia parroquial de San Sebastián. Foto: Mónica Núñez.

Ciruelos de Cervera (Burgos) -y no sólo Madrid y Barcelona- empieza a recobrar algo de “normalidad” pese a seguir en la fase 0. A partir del fin de semana, el pueblo recuperará las misas después de dos meses de confinamiento por el coronavirus. Y lo hará, tal como ha establecido el Gobierno, con ciertos límites.

El BOE recoge la apertura de templos con una afluencia máxima de un tercio del aforo. Esto se traduce en que un máximo de 30 personas podrá asistir al regreso de “Don Daniel”, como conocen los vecinos al párroco, al consultorio. Porque sí, en Ciruelos las misas se celebran en el mismo edificio que alberga el consultorio médico. Sólo en verano tienen lugar o bien en la Iglesia de San Sebastián o en la Ermita de la Virgen del Carmen.

El caso es que este límite no será ningún problema. Más bien, resulta paradójico. Apenas 23 personas viven todo el año en Ciruelos, de un total de 98 empadronados. Y no todos se dejan caer los domingos por misa. De hecho, la asistencia media ronda entre las seis y ocho personas.

El cura, que se ha encargado de distribuir un mensaje para que los siete pueblos en los que da misa tengan claras las normas, recuerda que las personas que formen parte de algún grupo de riesgo deben seguir en casa y escuchar el rito por televisión, lo que reduce aún más el número posible de asistentes.

Si en Ciruelos el límite está en 30 personas, en Hortezuelos y Briongos de Cervera se sitúa en 25; en 40 en Espinosa de Cervera y Santa María de Mercadillo; y en 100 tanto en Baños como en Hontoria de Valdearados.

La médica y la enfermera llevan más de dos meses sin pasar consulta

Los preceptos no quedan ahí. También será obligatorio el uso de mascarilla. Ahora bien, si la médica y la enfermera llevan más de dos meses sin pasar consulta en Ciruelos, algunos vecinos no disponen de vehículo y sus hijos -muchos viven en otras provincias- tampoco pueden visitarles, ¿cómo van a conseguir mascarillas?

De momento, regresa el cura, pero no el médico. Hay prioridades y prioridades en esta “fase 0,5”. O lo que es peor, además de la España vaciada es también la España abandonada. 

“Don Daniel” se despide señalando que se tiene que entrar y salir de la iglesia de uno en uno y guardando las distancias. Vamos, que cuando acabe la misa cada uno a su casa. Nada de quedarse hablando a la puerta del consultorio. En este caso, como no hay pila, se evita la tentación de usar el agua bendita, también prohibida.

Tampoco habrá cantos durante la misa ni procesiones. Así que la fiesta de la Cuesta en Espinosa de Cervera, del 23 de mayo, y la Virgen de la Vega, el 20 de mayo en Santa María de Mercadillo, quedan canceladas.

Un paseo por Ciruelos de Cervera… ¡con la televisión!

‘Paseos por la provincia’ recorrió Ciruelos de Cervera el 31 de enero. Bonito homenaje a sus gentes y su forma de vivir en el programa de La 8 Burgos (Radio Televisión de Castilla y León), de la mano de Gerardo de Mateo y Susana Andrés.

Ciruelos de Cervera es un pequeño pueblo de Burgos. Se encuentra a 67 kilómetros de la capital. Está situado en la comarca del Arlanza. Pertenece al partido judicial de Aranda y forma parte de la Mancomunidad de La Yecla.

Cuenta con una localización estratégica: está a 30 kilómetros de Aranda de Duero, a 30 de Lerma y a 30 de Salas de los Infantes. Y a sólo 15 kilómetros de Santo Domingo de Silos. Cuenta, además, con una entidad local menor: Briongos de Cervera.

¿Cómo se llega a Ciruelos?

Para llegar desde Burgos, se toma la autovía A1 en dirección Madrid. Unos 20 minutos después, llegamos a la salida 203, que nos señalará Lerma. Siguiendo la carretera, cruzaremos la Villa Ducal completamente, hasta llegar a una rotonda, cuya segunda salida nos llevará a Ciruelos, mediante la BU-900 dirección Silos. Admirando el paisaje durante otros 15 kilómetros, nos encontraremos, con un giro de 90 grados a la derecha hacia Tejada y Ciruelos de Cervera, por la carretera BU-V-9004. Pasaremos por prados, nos internaremos por un pequeño valle, dejaremos atrás Tejada, más pinares, y finalmente llegaremos a Ciruelos de Cervera.

Desde Aranda, hay que dirigirse hacia la carretera de Caleruega y Santo Domingo de Silos, la cual empieza al lado de la plaza de Toros. Unos 10 kilómetros después, veremos una señal que indica un desvío a la izquierda hacia Tubilla del Lago, una carretera que nos internará entre pinares en la que, con suerte, verás algún corzo.

Pasado el pueblo de Tubilla, nos encontraremos con un cruce, en el cual tenemos que seguir recto, dirección Santa María del Mercadillo. Unos minutos después, disfrutando de unas cuantas curvas y dejando ya de lado Mercadillo, continuamos por la misma carretera para llegar a Ciruelos de Cervera.

Con una altitud de 1.025 metros sobre el nivel del mar, Ciruelos se localiza junto al Espacio Natural de los Sabinares del Arlanza, uno de los sabinares más extensos y mejor conservados de Europa con ejemplares que superan los 2.000 años de vida.

¿Cuántos habitantes tiene?

Allá por el año 1950 tuvo más de 500 habitantes. 503 para ser exactos, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Pero hoy la realidad es bien distinta. Ciruelos se vacía. Pierde población y lo hace a un ritmo vertiginoso. Cuando yo nací, en 1988, había 211 habitantes. Treinta años después, sólo quedan 101 empadronados. ¡Menos de la mitad!

Hasta Ciruelos llega el panadero todos los días de la semana

Su densidad de población ronda los 2,9 habitantes por kilómetro cuadrado.

No obstante, cabe destacar que esas son las cifras oficiales. Las reales reflejan una situación aún más dramática. Durante los 365 días del año, con su invierno duro y sus múltiples nevadas, apenas duermen en Ciruelos unas 25 personas.

¿Qué servicios tiene?

El pueblo cuenta con dos bares y dos tiendas de ultramarinos, que abren prácticamente todo el año. También tiene un polideportivo. Quizá de los más completos de toda la provincia. Pero apenas nadie lo usa.

Hay tres alojamientos rurales, de los cuales uno pertenece al ayuntamiento. Se trata de dos viviendas de dos habitaciones cada una situadas en el mismo edificio consistorial disponibles en alquiler.

Y hablando de turismo, no se puede olvidar la ruta de senderismo que parte desde la Iglesia de San Sebastián: el sendero del Alto de la Cabeza. Aquí todos los detalles.

La médica, en teoría, visita el pueblo los lunes y los viernes, pero si tiene guardia o nieva se suspende la consulta. La enfermera tiene asignados los miércoles (aunque con excepciones, como sucede con la médica).

Hasta Ciruelos llega el panadero todos los días de la semana. Todos. Los lunes, martes y viernes hace el reparto Roberto, el panadero de Tubilla del Lago. Y los miércoles, jueves, sábados y domingos es el turno de Carlos, vecino de Valdeande.

El carnicero de Huerta de Rey acude los viernes y el de Covarrubias los martes y jueves. Quien quiera comprar pescado puede hacerlo los jueves.

¿Qué servicios no tiene?

Hace más de un año que no hay banco. Me explico: Ciruelos nunca ha tenido banco ni cajero automático, pero una vez al mes acudía un trabajador de distintas entidades para que la gente hiciera las transacciones que necesitara.

Ahora ya no llega ningún banco. El último en hacerlo fue CaixaBank. Antes también dieron servicio el Banco Castilla, Caja Rural y Caja del Círculo.

No hay autobús para ir a Aranda. Y eso que sólo está a 30 kilómetros de distancia.

El autobús que va a Burgos pasa a diario y tarda dos horas en llegar a la capital.

¿Y wifi? ¿Hay wifi?

Vayamos por partes. Wifi público no. Pero cobertura sí. Desde que Movistar y Vodafone activaron el 4G Rural, se navega de maravilla. Como en cualquier ciudad.

De la misma forma, se pueden realizar llamadas telefónicas sin ningún problema de cobertura. Recuerdo que de pequeña íbamos a las eras para conseguir aunque fuera una raya de cobertura. Ahora todo eso es historia.

Por Ciruelos vuelve a pasar el autobús que hace la ruta escolar. ¡Qué gran noticia!

Al margen de servicios, hay algo más que me gustaría destacar. Desde el invierno pasado Ciruelos se quedó sin rebaño de ovejas. Siempre ha habido. Todas las tardes comían hierba en las eras antes de dirigirse a la nave. Pero esa estampa ya se acabó.

A cambio, por Ciruelos vuelve a pasar el autobús que hace la ruta escolar. ¡Qué gran noticia! Se llama Sandra, tiene seis años y va al colegio rural agrupado de Gumiel de Izán.

El pueblo tiene un museo: Días de Escuela y Marzas. Una joya donde se recrea cómo era la vida antiguamente.

¡Os invito a visitar Ciruelos! ¡Merece la pena!

Como dice mi amigo Agapito… ¡qué bien vivimos los de los pueblos!

Más de 70 años de la gran cabalgata de Reyes (y casi única) en Ciruelos

Corría el año 1944. El marido de la maestra organizó una cabalgata que aún hoy recuerdan los más ancianos del pueblo. A lomos de tres machos y con una capa a sus espaldas, Atilano, Florencio y no se sabe bien si Tomás o Carmelo emularon a Melchor, Gaspar y Baltasar. “Fue un día de mucha ilusión”, cuenta Félix.

Sin cabalgata, pero con Reyes Magos y, sobre todo, con ilusión. Así vive Ciruelos de Cervera (Burgos) la llegada de Sus Majestades. Hace más de 70 años que no hay cabalgata. Más de 70 años que sus habitantes no ven un 5 de enero por sus calles a Melchor, Gaspar y Baltasar. Aún así, los más ancianos del pueblo recuerdan con especial entusiasmo aquel invierno de 1944. Tal vez de 1943.

Félix y Justina, los dos vecinos de mayor edad, no se acuerdan con exactitud de la fecha. Pero sí lo bonito que fue aquel día. Magia pura a juzgar por sus palabras.

Según cuentan, Atilano, Florencio y no saben bien si Tomás o Carmelo hicieron de Reyes Magos. Montados en machos, fueron bajando desde la tenada del Juanito -en dirección Briongos– hasta el puente que se encuentra a la entrada de Ciruelos. Allí les estaban recibiendo todos los vecinos.

Los tres llevaban capas. Les acompañó Mauro con una mula a la que colocó un cajón con juguetes. Entiéndase por juguetes unas mandarinas, algunas castañas, un puñado de caramelos…

Después, Sus Majestades ciruelanos dieron una vuelta por el pueblo y tal como recuerda Justina, fueron a la iglesia “para adorar al niño”.

A Félix le gustaría que los Reyes salieran este año “a dar una vuelta por el pueblo aunque no trajeran ningún regalo”

De la organización de la cabalgata se encargó el marido de la maestra, una catalana llamada Dolores. “Eran los años de la guerra. No recuerdo su nombre, pero debía estar desterrado. Era un señor listísimo”, dice Justina, de 88 años, la vecina de mayor edad de Ciruelos, que en invierno apenas supera los 25 habitantes.

La nostalgia se apodera de ella: “Me acuerdo muchas veces. Parece que lo estoy viendo ahora. Estábamos todos en la ermita esperando y llevaban una luz como si fuera una estrella que los guiaba”. Fue el gran acontecimiento navideño.

“Estuvo muy, muy bien”, enfatiza. De la misma forma se expresa Félix, de 87 años: “Fue muy bonito. Un día de mucha ilusión”. Al 2019 le pide salud… y algo más. A Félix le gustaría que los Reyes Magos salieran este año “a dar una vuelta por el pueblo aunque no trajeran ningún regalo”.

No estaría nada mal. Desde aquel gran acontecimiento tuvieron que pasar unos 40 años, ya en 1984, para ver otra cabalgata en Ciruelos, un acto algo más discreto que se hizo en la plaza mayor, donde se recreó un pesebre y los niños acudieron a recoger sus regalos. En aquella ocasión, los Reyes fueron Elías, Víctor (hijo de Martina y Josito) y Fernando (hijo de Aurora y Román).

Hubo que esperar otros casi 20 años (en torno al año 2000) para ver algo parecido a una cabalgata en Ciruelos. Elías sacó el tractor -como recuerda Félix- y los Reyes dieron una vuelta al pueblo montados en el remolque.

Puede que Ciruelos no tenga cabalgata, puede que todo haya cambiado mucho, que ya no haya machos, ni mulas, pero Félix y Justina están convencidos de que Melchor, Gaspar y Baltasar pasarán por el pueblo. ¡Felices Reyes!

Félix no tiene con quién pasear

El suicidio demográfico es una realidad en la localidad burgalesa de Ciruelos de Cervera. Su habitante más longevo cree que en dos años desaparecerá el pueblo. “En la España de toda la vida abundaban los niños y predominaban las familias numerosas. No éramos un país rico, pero vibrábamos de vida. Así fue hasta hace un cuarto de siglo o poco menos. Ahora vivimos en un país donde cada vez se peinan más canas y en el que la chiquillería brilla por su ausencia».

Félix tiene 85 años. Nació un 2 de mayo en Ciruelos de Cervera, Burgos. La Segunda República apenas tenía 18 días de vida. Es, o mejor dicho era, el sexto de ocho hermanos. Después matiza: el octavo de diez. El primero de la saga falleció con tan sólo tres meses y al segundo se lo llevó un ataque de meningitis a los siete años. Mientras bebe una manzanilla en pequeños sorbos recuerda que, según le contaron, nació en su propia casa y que durante el parto su madre recibió la ayuda de «la Isidora, la madre del Mauro».

Actualmente, sólo su hermano Pancracio, de 82 años, y él viven. Apenas coinciden unos días al año, casi siempre en verano, cuando éste se escapa de Barcelona. «Esta vez le vi bastante bien, oye», dice tras aclarar que hace un tiempo estuvo «entre Pinto y Valdemoro» por una afección en el hígado. Él, por su parte, apunta que siempre merienda un yogur a las siete de la tarde y que no come mucho porque «no es bueno». En su dieta no faltan las judías una vez a la semana y el pescado para la cena: «Me mantengo entre 80 y 81 kilos».

«En dos años este pueblo desaparecerá, nadie tiene ilusión por él»

Félix es también el más longevo de todo el pueblo. Allí vive los 365 días del año. Hoy, aquel chaval que creció rodeado de 70 mozos pasea sólo por las calles de Ciruelos. Lamenta no tener con quién hacerlo, al menos en invierno, cuando el municipio no supera los 25 habitantes. Asegura que está «aburrido» de ver la televisión pero si hay una película del oeste no la perdona. «Muchas veces estoy solo y no tengo con quién hablar», continúa para poco después soltar su premonición: «En dos años este pueblo desaparecerá, nadie tiene ilusión por él». Puede que no le falte razón. Al menos las estadísticas están de su lado. Los últimos datos del INE, publicados esta semana, revelan que en el primer semestre del año vinieron al mundo 1.305 burgaleses y fallecieron 1.926. «Todo tiene un principio y un final en esta vida y hay que llevarlo lo mejor que se pueda», dice al tiempo que apura la manzanilla.

Abril del 48

Mientras tanto, prefiere hablar del pasado. Dice que recuerda mejor lo que sucedió hace 70 años que lo que hizo ayer. Y da buena muestra de ello. Recupera su época de estudiante en una escuela, la de Ciruelos, en la que había cerca de 40 mozos y unas 50 mozas. La melancolía vuelve a apoderarse de él: «Fíjate y ahora nadie». Él, uno de los pocos solteros de entonces, habla incluso de que «alguna vez sí tuvo novia» pero aquello no cuajó. Cambia rápido de tema. Evoca otros episodios. Y sin saber muy bien porqué se arranca a hablar sobre el fuego que arrasó la pedanía de Briongos. «Estábamos el Apro y yo tomando el sol fuera del corral cuando apareció el Clemente con la bicicleta para avisar de que había fuego. No sabíamos si creerle porque entonces lo decían muchas veces aunque fuera mentira».

En el primer semestre de este año vinieron al mundo 1.305 burgaleses y fallecieron 1.926, según el INE

Ambos decidieron poner rumbo hacia Briongos. A pata, eso sí. «Adelantamos a la Toribia y a la Lauren que iban a lavar la ropa y llegamos los primeros», dice haciendo alarde de su memoria. Y continúa: «Allí estaba el Hilario, que nos tiró por la ventana unas alubias, tampoco muchas, y después le dijimos que saltara él porque si no iba a arder. Después fuimos a la casa del tío Sotero y antes de tirarse nos echó unos garbanzos y unas sartas de chorizos». Tampoco pasa por alto que «el Piano» y el tío Sotero se subieron al tejado o que el maestro se desplazó en macho hasta Oquillas (a unos 20 kilómetros) para llamar a los bomberos. «Tardaron, por lo menos, tres horas en llegar». El fuego arrasó el 75% del pueblo. Fue un 6 de abril de 1948.

«Los curas eran terribles»

Accidentes al margen, también tiene tiempo para hablar de las juergas que se corrían de jóvenes. «Algunos las preparaban de mil hostias», espeta. Habla del Carnaval y de que nunca llegó a disfrazarse porque estaba prohibido. En una ocasión, cuenta, el cura arrancó las máscaras «a tortazos» a una cuadrilla que se saltó el veto y después el alcalde les impuso como arresto que le llevaran «un viaje de leña». Por si hubiera dudas se encarga de mencionar que lo partían con hacha, «no como ahora», y de lanzar una pulla a la Iglesia: «Los curas de entonces tenían un poder terrible».

Vuelve a mirar el reloj. Son las siete menos cinco. Ya lo había advertido. Siempre merienda a en punto. Se planta el gorro y muleta en mano se acerca hasta la barra para dejar la taza de manzanilla ya vacía. «Hasta otro rato».


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