Historias de pueblo

De un municipio de 25 habitantes al mundo

Mes: enero 2020

Marisa y Agustín, mucho más que dos farmacéuticos rurales

A ella le encontrarán en Vadocondes. A él en Zazuar. Dos pueblos burgaleses en los que además de sanitarios, muchas veces ejercen de psicólogos y consejeros con los vecinos. A ellos recurren para casi todo: desde echarles un colirio hasta cuando necesitan hacer una fotocopia o, incluso, con cualquier duda que les surge con el WhatsApp. La clave de su particular receta de la felicidad es sencilla: vocación más medio rural. “Nuestro trabajo es un lujo”, dicen.

Es jueves por la tarde y a Marisa Núñez, la farmacéutica de Vadocondes, le toca hacer ruta por Santa Cruz de la Salceda, La Vid y Guma. Esta vez el recorrido se limita a los dos primeros pueblos, puesto que en el último no hay ni una sola receta que llevar. Cosas de la despoblación. O tal vez de que los cerca de 40 vecinos gumenses gozan de buena salud. Quién sabe.

Antes de lanzarse a la carretera, Marisa prepara todos los pedidos. Una caja de Adiro por aquí. Otra de paracetamol por allá. Recorta los códigos de barras con un cúter y los pega en una hoja aparte. Después, empaqueta todas las medicinas de cada persona en una bolsa de papel, en la que escribe su nombre y grapa el ticket de compra. Un trabajo que se ventila en unos 20 minutos: al fin y al cabo, son cinco encargos en Santa Cruz y uno en La Vid.

Entre tanto, recibe la visita de uno de los dos proveedores de medicamentos que atiende sus pedidos. En esta ocasión, llega desde Burgos. Por las mañanas lo hace otro de Valladolid. Y así todos los días: la primera entrega de medicinas se produce a eso de las 7 de la mañana y la segunda unos minutos antes de las 5 de la tarde. “El servicio es fantástico”, aplaude Marisa, que, tras coger una cajita roja con monedas para el cambio, deja las luces de la farmacia encendidas. De esta forma, los vecinos de Vadocondes saben que regresará en un rato. Ellos mismos le pidieron que lo haga así. Y ella lo cumple. Cuelga en la puerta un cartel con la hora de vuelta aproximada -las 17:40- y comienza el recorrido.

Apenas seis kilómetros separan Vadocondes de Santa Cruz de la Salceda, donde viven unas 50 personas durante todo el año. Cinco hombres, ni uno más ni uno menos, le esperan en la plaza. “Vienes toda pertrechada”, le espeta uno de ellos nada más verla. ¿Será por el chaleco de pieles que viste? Ella a lo suyo. “Florencio, aquí tienes lo tuyo. José María esto es para ti, son 9,25 euros. ¿Qué tal Pedro? ¿Todo bien?”. Antes de disolverse el corrillo, un paisano le invita a un café.

“Aquí la gente es muy agradable. Te valoran y te respetan, es otra mentalidad”, dice Marisa, que apenas lleva 15 meses al frente de la farmacia de Vadocondes tras más de 20 años trabajando en una de Burgos capital, donde lo único que importaba era vender y vender. Llegó a renegar de su profesión hasta que conoció la farmacia rural.

Ahora, más contenta no puede estar. Decidió dar un giro de 180 grados a su vida y ha dado en el clavo: “Es un lujo. Se vive fenomenal. Tienes una calidad de vida que no tiene nadie. No hay apenas estrés, aparcas al lado de casa, el trato con la gente es muy bueno. Todo es más fácil, no se puede comparar con la ciudad”. Marisa tiene claro que “si todo el mundo estuviera en el trabajo como nosotros, esto sería ‘El mundo feliz’”. Ahí es nada.

Agustín también destaca el trato cercano que les permite su trabajo de farmacéuticos rurales: “Con cualquier cosa que necesiten van a la farmacia. Para apretarles el pinganillo del oído o porque no les funciona el WhatsApp. Somos el único sanitario que está todo el día en el pueblo, el psicólogo y todo lo que haga falta. Somos samaritanos”. A lo que Marisa añade: “Tienes que implicarte mucho y que te guste ayudar a la gente”.

Vamos que la rebotica es casi casi como un confesionario. De hecho, dice Agustín, que gestiona la farmacia de Zazuar desde hace 10 años, que muchas personas se acercan para contarle algo que les pasa, se desahogan y se marchan: “Lo mismo están preocupados por una tierra o porque han discutido con su hermano. Les ayudas como buenamente puedes y se van más contentos”.

“Tienes que implicarte mucho y que te guste ayudar a la gente”

El trato es tan sumamente cercano que hay quienes no tienen ningún tipo de pudor en plantarse en la farmacia y bajarse los pantalones para enseñar al farmacéutico una verruga, una herida o lo que se tercie. Cuentan que otros van para que les unten una crema en la espalda y que hay quienes les piden que les echen gotas en los oídos. “Eso es bueno. Refleja confianza”, dicen los dos. No obstante, una cosa no quita la otra y “a veces pasamos más vergüenza nosotros. Ellos no tienen pudor. La farmacia es como su casa”, relatan entre risas. De hecho, apuntan que el 80% de los clientes van a la ‘botica’ en zapatillas de estar por casa.

La cosa no queda ahí. Los vecinos también saben cuando Marisa o Agustín tienen algún día torcido. “Nos notan si nos pasa algo, si tenemos mucho trabajo, si estamos nerviosos por algún motivo…”. Ya ven, la complicidad es total y absoluta.

La ruta sigue. Desde Santa Cruz de la Salceda, Marisa se desplaza hasta La Vid, a 12 kilómetros. También en la plaza le espera Joaquín, que se ocupa de recoger la medicina de su nieto. Lleva una gorra en la que pone “soy motero”, viste un jersey verde y una cazadora de color azul marino, que no se abrocha pese al helador frío de enero. “Adiós Joaquín”, se despide Marisa -encantada con la gente de este pueblo por su especial amabilidad- tras darle un paquete. “Pasadlo bien”, contesta él. Ya sólo queda regresar a Vadocondes: 8,2 kilómetros para ser exactos.

En el caso de Agustín, tiene el botiquín de Quemada y San Juan del Monte, a 2,4 y 5 kilómetros, respectivamente, de Zazuar. A diferencia de Marisa, él no va por las mañanas a los pueblos para recoger las recetas que el médico suele dejar en el buzón, sino que el doctor le llama por teléfono y se las va cantando una a una.Además, junto con otros cinco pueblos tienen contratado a otro farmacéutico –Luis– que trabaja durante todo el año por quincenas en cada una de las siete farmacias rurales ‘asociadas’. Luis les cubre las vacaciones, de 45 días. Y él mismo, obviamente, tiene su mes libre. De él destacan lo buen trabajador y, sobre todo, buena persona que es.

Calidad de vida rural

En líneas generales, Marisa y Agustín trabajan seis horas al día, incluido el reparto por los pueblos. Unas 30 horas semanales. No hacen guardias y tampoco trabajan sábados ni domingos. En verano la historia cambia. Julio y agosto son meses de mucho trajín. La población en los pueblos aumenta considerablemente y con ello el trabajo de los farmacéuticos rurales. No obstante, todo lo que facturan en esos dos meses -en los que sí abren los sábados- les sirve para aguantar mejor el resto del año.

Nada que ver con una ciudad, donde las jornadas tienden a las 12 horas diarias. Nada que ver tampoco con el trato que tienen con la gente. Sí, una vez más el trato. Porque como dice Marisa “aquí no vendes un Frenadol, cobras nueve euros, vendes otro, cobras y sigues vendiendo. Aquí vendo un Frenadol y la persona está 15 minutos conmigo. Prima el bienestar de la gente del pueblo. Yo me encargo de que entiendan bien lo que toman, cuándo lo tienen que tomar y cuántas veces. Si veo que tienen dudas, no se van de la farmacia hasta que lo entiendan”. Conocen a todas las personas por el nombre y a su familia y eso es algo que no cambian “por nada del mundo”.

«Aquí la gente es muy agradable. Te valoran y te respetan»

Agustín se muestra convencido de que “la gente va a tener que volver a los pueblos” dado que ciudades como Madrid se están convirtiendo en un agujero negro en el que cada día es más difícil caber y vivir. Él estudió la carrera allí y tuvo suficiente. Sus raíces estaban y están en Guma y por eso una vez acabados los estudios, volvió al pueblo. Los veranos hizo prácticas en la farmacia de Vadocondes, después trabajó por quincenas en el citado grupo de pueblos y más tarde se hizo con la licencia de la farmacia de Zazuar.

Es una excepción entre sus amigos, quienes reconocen tener cierta envidia al ver que “vive de maravilla”. Él, por su parte, lamenta que mucha gente considere los pueblos como un recreo al que sólo se acude algún fin de semana y en verano. En el caso de Marisa, son al menos cuatro amigas las que trabajan en farmacias rurales.

Excepción o no, ninguno de los dos contempla su futuro fuera de Vadocondes y Zazuar. Están donde quieren estar. Se sienten afortunados. Perciben como propios dos pueblos en los que no nacieron, pero ‘se hicieron’. También se muestran convencidos de que esta zona goza de buena salud demográfica. De hecho, en Vadocondes nacieron dos niños en septiembre y hay otro de camino en julio. “A mí me nació uno en noviembre”, remata Agustín. Ese “me” lo dice todo. Denota implicación, pasión y arraigo a partes iguales. ¿Cómo dos farmacéuticos no iban a tener la receta para vivir bien en un pueblo?

Eduardo Vicario o el arte de lo sencillo

Tiene 39 años, lleva prácticamente toda su vida en Valdeande, es profesor de Geografía e Historia y atesora un relato de orgullo rural con mayúsculas. La fórmula de Eduardo para revitalizar los pueblos combina una vuelta a las raíces, a la esencia, con unas cuantas dosis de sencillez. Es decir, disfrutar de los placeres baratos. “Que un niño vea como crece el cereal y disfrute”, defiende. Porque si algo tiene claro es que gran parte de la verdad y la belleza se encuentran en la naturaleza y las zonas rurales.

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Eduardo Vicario

Eduardo Vicario desde la iglesia de Valdeande

– ¿Por qué vives en Valdeande? ¿Qué te aporta el pueblo que no te da una ciudad?

– El hecho de vivir en Valdeande se resume en que desde pequeñito se crearon y sentaron unas bases que en un futuro jamás te olvidas de ello.

– ¿Siempre has estado en el pueblo?

– Hay algún momento en la vida en que tienes que cambiar de aires. En primer lugar, cuando a mi madre le destinaron al colegio Santa Catalina -en Aranda de Duero- mi hermana y yo tuvimos que bajar a Aranda y esos dos o tres años te acostumbras muy bien, pero recuerdo los primeros días que teníamos tanta nostalgia del pueblo que a mi padre le hacíamos traernos al pueblo durante unas horas un miércoles y después volver a Aranda. Hasta ese punto llegaba el apego y la nostalgia por el pueblo. Nos tiraba mucho. Incluso alguna lágrima caía, sobre todo las primeras semanas. Luego ya fui a la Universidad de Burgos, ya eres más mayor, y lo ves como una experiencia nueva. Eso sí, prácticamente todos los fines de semana volvía al pueblo, salvo algún viaje. No estaba más de 15 días fuera.

– ¿Te ves fuera de aquí?

 – Cuanto más pasan los años, te das cuenta de que te gusta mucho el pueblo. También te planteas la posibilidad de experimentar, pero siempre teniendo como referente un pueblo. El modelo de vida es este: vivir con la tranquilidad que te ofrece el pueblo y no lejos ni de Valdeande ni de Aranda.

– ¿Cómo es vivir en Valdeande? ¿Cuánta gente hay durante todo el año? ¿Qué servicios tenéis?

 – Ahora son unos meses durillos, podemos contar unos 50-60 habitantes. El modelo de vida para mí es muy cómodo. Yo tengo la suerte de acabar la jornada laboral a la hora de comer, lo que te ofrece la opción de tener una tarde larga para compartir con la familia, dar un paseo por la naturaleza… En cuanto a servicios, tenemos panadería, tienda, bar, médico… Es algo que siempre contribuye a fijar población en los pueblos.

– ¿Te sientes un privilegiado por vivir donde quieres y trabajar de lo que quieres?

 – Si te dijera lo contrario te estaría mintiendo. Parece un poco soberbio, pero para mí es un privilegio estar viviendo donde quiero y trabajando cerca de aquí. No todo el mundo lo puede decir. Además, en mi trabajo comparto experiencias con gente que viene de Zamora, de Ávila, Salamanca… y siempre están intentando acercarse a su lugar de origen, algo que yo tengo hoy en día.

Cateto es quien no se entera de cómo se vive realmente en un pueblo

– Eduardo es profesor, hijo de profesora y hermano de profesora. ¿Te influyó mucho tu madre a la hora de elegir carrera?

– Siempre tienes como influyentes a tus padres. Por un lado, tenía a mi padre que era transportista. Me gustaban muchos los camiones y, sobre todo, el hecho de viajar y conocer pueblos pequeños. Es algo que a día de hoy me sigue fascinando. Y, por el otro lado, tenía el tema de la historia y de la educación, de transmitir unas enseñanzas a la gente. De la mezcla de mi padre y mi madre, me quedé un poco con lo que quizá podía ser más fácil. La vida de transportista era dura. A mí como me gustaba la educación, aquí estamos.

– Tú que estudiaste en el colegio rural de Gumiel de Izán, ¿qué recuerdos guardas de aquella época?

– Muy buenos, todo lo que recuerdo de Gumiel es positivo. Hace un par de años volviendo de trabajar de El Empecinado, paré en el colegio de Gumiel de Izán para ver cómo estaba. Les comenté que había estudiado ahí y que mi madre fue profesora. Se portaron genial conmigo. Estaba la misma cocinera, Encarna. Para mí es muy gratificante. Hace un par de años hicieron una exposición de fotos de antiguos alumnos por su 40 aniversario. Recorrí las mismas clases, las eras en las que corríamos con absoluta libertad, no había verjas. Nosotros jugábamos muy libres.

– ¿Qué profesor te ha marcado más? ¿A quién recuerdas con especial cariño?

– En el Colegio Castilla, don Demetrio, muy de la antigua usanza, me inculcó el gusanillo que requieren la historia y el patrimonio. También recuerdo con mucho cariño a Benito Royuela, profesor en el Sandoval. No era muy cercano, pero era un profesor en toda regla, de los pies a la cabeza.

– Puestos a soñar, ¿te gustaría ser profesor algún día en un colegio rural?

 – Hoy por hoy, en cualquier instituto que tenga vínculo con los pueblos, yo estaría muy a gusto. Afortunadamente El Empecinado tiene mucho de eso porque buena parte de los alumnos que van allí son de pueblos. Qué mejor manera de transmitir que tu experiencia vital es una experiencia muy válida y positiva. De hecho, muchos me dicen que les encanta vivir en el pueblo y que el día de mañana quieren ser agricultores o montar una empresa o hacer de guías turísticos. Casi todos los años venimos a Valdeande, hacemos una ruta por el entorno, hemos hecho prácticas medioambientales de recogida de cristales… Siempre que tengan mucho contacto con el medio rural y que sepan lo que es su entorno, potenciar todos los recursos que pueden hacer que los pueblos no mueran.

Muchos alumnos me dicen que les encanta vivir en el pueblo y que el día de mañana quieren trabajar allí

– ¿Y les gusta?

– Creo que sí. Venir a un pueblo y que les propongas ir a limpiar una cañada real o plantar árboles, les sirve para ver alternativas.

– Como alumno y profesor de colegio e instituto rurales, ¿qué diferencias ves entre la educación en el mundo rural y la del mundo urbano?

 – Es probable que las haya. Yo llevo 16 años trabajando en Aranda. Nunca he trabajado en una gran ciudad. Allí se difumina más el contacto con el alumno, no conoces sus orígenes o el pueblo en el que vive el chaval. Aquí, estas Navidades fui a dar una vuelta por Quintanarraya y enseguida el padre de un alumno me reconoció. Tienes contacto con ellos. Te conocen. Es un trato más cercano.

– Y en tu caso, al ser un profesor joven, puede que sea una doble motivación…

 – No tan joven ya (risas). Pero sí. Buena parte de la educación se trabaja no sólo en el aula, sino con actividades alternativas. Con tu supuesta juventud les llevas a hacer cualquier tipo de actividad en los pueblos y también fuera. Suelo ir con ellos a Italia.

– ¿Todavía pesan los estereotipos de quien se queda en el pueblo es un paleto o se ha quedado porque no tenía otra opción o esto ya está cambiando? ¿Alguna vez te han mirado raro por ser joven y vivir en un pueblo?

– Desde hace años lo veíamos cuando venía gente de las grandes ciudades y te enseñaban ropa de marca o una videoconsola y tú parecía que estabas un poco enclaustrado en el pasado. Hoy en día, te mentiría si no creo que hay gente que cree que vivir en un pueblo todavía es… Yo a veces me considero una especie en extinción junto con muchos otros que valoran esto también. Pero vamos, desde luego que la realidad difiere mucho de lo que alguien puede pensar. El cateto es él cuando no se entera de cómo se vive realmente en un pueblo. No saben diferenciar una encina de un roble o de dónde salen los huevos. No todo está en un ordenador. Ven al pueblo, empápate del medioambiente, conoce las tradiciones de tu gente, habla con la gente mayor porque te van a transmitir muchas cosas que no están en los libros… Desde luego que están equivocados.

– Hablando de tradiciones, ¿cuál destacarías de las que se mantienen en Valdeande?

– A mí me gustaría que se conservaran todas. Me viene a la cabeza la bajada de peñas. En nuestra peña, El Gato Azul, vestimos con boina. La procesión de Semana Santa, independientemente de que tengas más o menos creencias, es otra cosa de nuestros antepasados. De hecho, hace nada hice una exposición etnográfica en el instituto a base de preguntar a la gente mayor para saber lo que era un celemín o una zoqueta. Si no conocemos la vida de antes, se perderá. Lo que no se conoce se desprecia.

– ¿Sientes que a la gente mayor le gusta que le pregunten por lo que hacían?

– Por supuesto. Cuando les empiezas a hablar de recuerdos, desde tu humilde ignorancia les vas tirando de la lengua y ellos enseguida se abren y te cuentan. Eso no tiene valor, es incalculable.

– ¿Tus padres son los dos de Valdeande?

– No, mi padre es de Valdeande y mi madre de Tubilla. Tubilla lo llevo en el corazón también. Intento ir cada dos por tres, para estar con ellos. Las raíces jamás se tienen que olvidar.

– Volviendo al tema de la educación, ¿qué crees que puede aportar la educación en el mundo rural, qué valores son los genuinos que podríamos exportar hacia lo urbano?

– Fundamentalmente, una vuelta a las raíces, una vuelta a la esencia, volver a lo sencillo, disfrutar de placeres baratos. Que un niño vea como hay unas gallinas que están comiendo y que disfrute, que vea como el cereal crece. Disfrutar de una puesta de sol. Es lo que se debería exportar. Puedes vivir en una gran urbe, pero sientes que no estás conforme con lo que tienes. Desde mi punto de vista, gran parte de la verdad y la belleza se encuentran en la naturaleza y las zonas rurales.

– ¿Cómo se podría potenciar el orgullo rural?

 – Una buena forma es mostrando que un pueblo está vivo las cuatro estaciones. Hay gente que piensa que un pueblo solo vive los 15 días de verano y Semana Santa. Te dicen ‘no, si aquí luego no queda nadie’. Eso es menospreciar, hay que tener un poco más de tacto. Si hay un incendio o cualquier urgencia, tú avisas a todas las casas vacías para que lo arreglen.

– ¿Sueñas con que el colegio de Valdeande pudiera reabrir sus puertas?

– Sería bonito. Yo tengo fotos de mi madre, que fue la última profesora del pueblo. El colegio lo tengo como un ideal. Era como un monumento, un castillo de educación. Lo ideal sería verlo abierto, pero lo veo muy utópico. Ahora lo tenemos como un lugar en el que se hacen actividades culturales.

Gran parte de la verdad y la belleza se encuentran en la naturaleza y las zonas rurales

 – ¿Cómo crees que se le puede poner freno al problemón de la despoblación? ¿Cómo conseguir que haya más casos como el tuyo?

– Siendo realista, está complicada la cosa. La manera de hacerlo es, por supuesto, teniendo un trabajo cercano. También hay quienes viven en un pueblo y van y vienen a trabajar a la ciudad. No obstante, esto más que por la economía viene por el tema del corazón. No vas a venir a vivir a un pueblo jamás si no tienes afecto. La vía claramente es el afecto.

– Y tú te encargas de meter ese gusanillo a los que tienes cerca…

– Claro, claro, todos los días. Yo les hago fotos: mira qué puesta de sol, mira qué día de niebla. Me encargo de hacer meriendas. En mi peña mucha gente tiene nostalgia de venir. Es el caso contrario a quienes te dicen ‘cómo vives en el pueblo si no hay nadie’.

– Ese primer paso debería ser dar envidia, no pena.

 – Por supuesto. Te pongo un ejemplo: mi hermana trabaja en colegios rurales agrupados de la zona y está encantada por el hecho tan simple de que en lugar de dar clase a 25 o 30 alumnos, tienen en sus clases una ratio de 8 a 10 alumnos, conoce a todos los padres, los niños salen, hacen actividades en el pueblo… Lo ideal sería dar envidia por el trato personalizado que puede tener un profesor con una madre.

– ¿Cómo puede ser que en Castilla y León tengamos un nivel educativo en ocasiones por encima de la media -como refleja por ejemplo el informe Pisa- y se nos siga educando para emigrar?

– Me has dejado sin palabras. Indigna y enerva ver cómo buena parte de los hijos de Castilla no encuentra trabajo aquí y se van a Alemania, Madrid o Barcelona. Las posibilidades que se dan no son las mejores. Cuesta, cuesta.

– Somos fábrica de talentos, pero para el resto de España. Si seguimos por este camino, Castilla y León está condenada a ser un geriátrico.

– Está claro. Fábrica de talentos condenada a ser un geriátrico. Si ves la pirámide de población, la gente mayor ocupa un lugar muy destacado y los jóvenes que se van son cada vez más.

– ¿Hay niños en Valdeande?

– Alguno queda. A ver si aumentamos un poco más.

– ¿Has dado clase a algún chaval de Valdeande?

– Creo que no. O sea, hijo directo. Puede ser algún descendiente un poco lejano. De Tubilla y de otros pueblos de por aquí sí. Te dicen que su abuelo fue fulano, alguien a quien conoces de toda la vida. Es una maravilla y les tratas, si cabe, con más cariño y más aprecio.

Castilla y León es una fábrica de talentos condenada a ser un geriátrico

– ¿Crees que hay esperanza en la deriva? ¿Cómo te imaginas Valdeande en los próximos diez años?

– Hacer conjeturas es un poco aventurado. La realidad es que hay gente joven a la que nos gusta quedarnos aquí y otros a quienes no les gusta quedarse en el pueblo. Para ser honesto, un pueblo tiene que tener vida, pero como dice el refrán, ni tanto ni tan calvo. Las industrias son necesarias, pero a mí no me gustaría ahora que mi pueblo tuviera 500 habitantes con industrias y que hubiera ruido y contaminación. A mí me gusta la vida como ha sido hasta ahora en los 39 años que tengo, he disfrutado muchísimo el pueblo con esta tranquilidad, es un ideal, un paraíso.

– ¿No hay que crecer a toda costa?

– Hay que crecer con un equilibrio, con unas medidas. A mí me gusta el pueblo con los parámetros que ha tenido siempre. Tiene que tener gente, desde luego. Da pena pasear por una calle y que solo haya una casa abierta. Hay muchos salvapueblos que dan soluciones mágicas y luego son un fraude.

– Antes de despedirnos, me gustaría invitar a todo el mundo a conocer Valdeande.

– Todos los pueblos tienen su encanto. Los atractivos es conocerlos, pasear, empaparte de lo que significa cada pueblo, estar con sus gentes… En el caos de Valdeande, llevamos 20 años con la villa romana de Ciella y esta es una buena forma de que nos conozcan. Si vienen les enseñamos también el museo, la iglesia… Todo para que no dejen de oírse las voces de la gente en los pueblos.

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