De un municipio de 25 habitantes al mundo

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Carlos, el médico rural que resiste

Antes, el médico del pueblo era toda una autoridad. Hoy, casi casi es una especie en peligro de extinción. El doctor Carlos Hernando atesora una experiencia de más de 40 años, siempre en el medio rural y siempre en las provincias de Burgos y Soria. Habla sin tapujos: advierte que el relevo generacional de profesionales sanitarios rurales no está asegurado, que la reestructuración de la Junta de Castilla y León implicará el cierre de numerosos consultorios y que, pese a la teórica igualdad de derechos, esto no se cumple en los pueblos. En este panorama cobra aún más mérito que haya decidido seguir un año más y no jubilarse. Su deseo para la sanidad rural es que ayude a frenar la despoblación por algo muy sencillo: “La vida rural es muy bonita”.

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Carlos Hernando es el médico de Gumiel de Mercado y La Aguilera

– ¿Qué balance haces de estas cuatro décadas como médico rural?

– Exactamente son 42 desde que terminé la carrera en 1978. Es un balance positivo porque es algo que me gusta, pero a la vez lleno de cambios muy importantes dentro de la profesión de medicina rural.

– ¿Qué es lo mejor y lo peor de ser médico rural?

– Lo mejor es el trato directo con los pacientes. De hecho, tienes un trato tan directo que aparte de lo meramente profesional, a veces haces una medicina con un componente social muy importante ya que les conoces muy directamente, conoces sus casas y prácticamente todo de ellos. Como negativo destacaría el aislamiento y la falta de medios.

– ¿Por qué crees que en estos momentos los médicos jóvenes no quieren ir a trabajar a los pueblos?

– Principalmente por la falta de incentivos. Es más incómodo, te encuentras más aislado y seguramente que si no hubiera un déficit como el que hay actualmente se llenaría todo. Pero si tienen donde escoger, se decantan por la parte más cómoda, que es vivir en una ciudad. Social y familiarmente se tienen más medios.

– ¿Cómo se les podría incentivar para revertir la situación?

– Pienso que puede haber incentivos económicos. De hecho, tiene que haberlos. Y luego algún incentivo de valoración, bien que puntúe algo más a nivel de oposiciones o de méritos profesionales. Todo esto tiene que ir acompañado de una planificación buena y, por supuesto, que en los pueblos existan más servicios de tipo complementario como pueden ser telefonía, internet, comunicaciones…

– Hablando de planificación, ¿hay disposición a hacer una buena planificación por parte de la Junta de Castilla y León?

– La planificación se debería haber hecho hace años. Un médico no se forma ni en dos años, ni en cuatro, ni en seis. La planificación viene de atrás. Ahora mismo resulta difícil que a corto plazo pueda haber más médicos, a no ser que haya una importación, por decirlo así, de otros países. Hubo una época en la que hubo muchos médicos y por falta de incentivos laborales, como puede ser contratos fijos o incentivos económicos, la gente se fue a otros países, de los cuales será difícil que vuelvan.

A nivel inmediato, hay que incentivar económicamente a los médicos rurales y aumentar las comunicaciones en los pueblos

– Las condiciones aquí no son tan buenas…

– Exactamente. Por eso, el déficit se compone de dos factores: los que se fueron y que es difícil que regresen y luego la falta de formación en cantidad en las facultades. Se tenía que haber planificado anteriormente. La calidad en cuanto a formación es muy buena, a nivel mundial está reconocida. Pero hay un déficit. Además, bastantes se jubilarán o nos jubilaremos muy pronto.

– ¿Por dónde habría que empezar la planificación teniendo en cuenta el retraso con el que se haría? ¿Por dónde meter mano a este problema?

– A nivel de las facultades, ya no podemos hacer algo inmediato. A nivel inmediato, hay que incentivar económicamente y aumentar las comunicaciones. Que el médico tenga más medios en los centros de salud y se encuentre en un grupo con ilusión para poder seguir formándose.

– ¿Cunde el pesimismo?

– Sí, porque en estos momentos la gente es bastante mayor y los más jóvenes tiran hacia ciudades. Así que sí, la medicina rural es pesimista.

– ¿Podría decirse que a la medicina rural llegan quienes no han podido optar a otras especialidades o verdaderamente quienes están en los pueblos lo han elegido?

– Ahora mismo el que puede irse a una ciudad se va. Antes no. Yo, por ejemplo, he podido estar muchísimas veces en ciudades, pero me gustaba más la medicina rural por el trato más directo y una medicina más directa con el paciente. Pero hoy día seguramente sí. Para ir a la medicina rural, como no se cambien ciertos incentivos, va a ser secundario, va a ir gente que en un porcentaje muy alto no puede ir a la ciudad.

– ¿Al menos está asegurado el relevo generacional?

– No, no. El relevo generacional ahora mismo no está asegurado. Pienso que a corto y medio plazo seguirá el déficit. No va a haber relevo. Es preocupante. El medio rural tiene unas características específicas, siendo los dos principales problemas el envejecimiento y la despoblación. Cada vez hay menos habitantes y, por tanto, también se necesitan menos médicos.

– La otra cara de la moneda es el cierre de consultorios rurales. Esto, sin duda, es la puntilla para muchos pueblos de toda Castilla y León.

– No cabe duda de que la falta de servicios, entre ellos el sanitario, influye en que la población se asiente en zonas urbanas. Es la pescadilla que se muerde la cola.

El relevo generacional ahora mismo no está asegurado. Es preocupante

– Actualmente trabajas en Gumiel de Mercado y La Aguilera. ¿Cómo es tu día a día?

– Mi zona básica de salud es Aranda rural, que engloba en torno a unos 40 pueblos. Somos 15 médicos y 10 enfermeras. El centro de salud que actúa como cabecera se encuentra en Aranda de Duero. La jornada comienza yendo al centro de salud a las 8 de la mañana. Nos reunimos, a veces vemos a pacientes… Después, en torno a las 9 o 10 comienzas tu ruta por los consultorios locales.

En Gumiel paso consulta todos los días y en La Aguilera tres días. Terminas sobre las 3. Ahí finaliza la jornada ordinaria. La gente que hace guardias, a partir de las 3 comienza la jornada de atención continuada en Aranda. Este servicio se hace en conjunto Aranda rural y Aranda urbano y abarca desde las 3 de la tarde hasta las 8 de la mañana del día siguiente.

Por supuesto, quien ha hecho guardia libra el día de después y el trabajo de sus consultorios lo asume un compañero de los pueblos de alrededor. Cuando había más médicos ponían sustitutos para las épocas de vacaciones. Hoy, como no hay, los compañeros se tienen que encargar del trabajo de la persona que libra y añadirlo a su trabajo habitual, bien sea total o parcialmente. La carga de trabajo nos ha aumentado considerablemente. También nos ha subido en el sentido de que al agravarse la despoblación se han ido recortando puestos de trabajo. Yo he llegado a conocer 22 médicos y ahora somos 15, así que he visto desaparecer siete plazas en unos 20 años.

– Hay que decir que tienes 65 años y que podrías estar jubilado.

– Sí, he optado por seguir un año más. Me encuentro bien. Hubo una época en la que se obligó a los que tenían 65 años a jubilarse. Fue una política que hizo la Consejería de Sanidad. Mucha gente que quería haber seguido se tuvo que jubilar obligatoriamente. Luego revocaron esa ley y actualmente te puedes jubilar voluntariamente o continuar hasta los 70, siempre que anualmente pases un examen de salud.

– ¿Qué consejos les das a los médicos más jóvenes?

– Mi consejo mayor es que disfruten con la profesión porque si no esta profesión quema mucho. Si no disfrutas con ella, no aguantas. Aparte de tratar mal a la gente, tú mismo tiendes a quemarte.

– Antes de estar en Gumiel de Mercado y La Aguilera, un pajarito me ha contado que trabajaste dos años en urgencias en Aranda. ¿Cómo era aquello de que solo hubiera un médico para todo el servicio de urgencias?

– Estuve en medicina hospitalaria en el hospital de Aranda. Fueron casi cuatro años. El hospital de entonces no tiene nada que ver con el actual tanto en medios materiales como profesionales. Era un hospital comarcal como es hoy, pero con una diferencia de número de profesionales (auxiliares, enfermeras, médicos, celadores…) que no tiene nada que ver. La sociedad entonces exigía menos servicios que actualmente. Hoy habría sido imposible. Había 10 veces menos de profesionales. Las exploraciones complementarias que se hacían tampoco tenían nada que ver. Actualmente se hace mejor medicina.

He podido estar muchísimas veces en ciudades, pero me gustaba más la medicina rural

– Después de Aranda, subiste a Briviesca.

– Estuve otros cuatro años. Saqué unas oposiciones de asistencia pública domiciliaria. Éramos funcionarios civiles del Estado, luego pasamos a la comunidad autónoma. Yo cogí la zona de Briviesca. Estando allí pasamos a depender de la Junta de Castilla y León. Todavía era medicina individualizada, no había centro de salud, entonces cada uno tenía su zona, sus cartillas y sus pacientes. En común solo hacíamos las guardias de fin de semana: desde el viernes por la tarde hasta el lunes por la mañana. Guardias, por cierto, que no eran remuneradas. Nos juntábamos cuatro o cinco para poder tener un fin de semana libre.

Luego ya hubo otro concurso de traslado y me trasladé otra vez a la Ribera del Duero, concretamente a Langa, el primer pueblo de Soria. Allí estuve seis años. Estando allí nos integraron en el centro de salud de San Esteban de Gormaz. Por las mañanas iba al centro de San Esteban y hacía guardias tanto en San Esteban como en Langa. Seis años después, en el siguiente concurso de traslado, pedí Aranda rural y cogí Gumiel de Mercado. Fue en el año 93. Es decir, llevo allí 27 años. Desde hace cinco, al jubilarse el médico de La Aguilera, me hice cargo también de ese pueblo.

– Así que los vecinos de Gumiel y La Aguilera estarán temblando solo de pensar que te puedes jubilar…

– El día que me jubile, no tienen tan seguro de que eso seguirá como hasta ahora. Puede ocurrir que metan a un interino y todo siga igual o puede ocurrir que no haya gente y se lo acumulen a un pueblo vecino, con lo cual la frecuencia de consultas disminuiría. Podría darse el caso de que con la reestructuración que planea la Consejería de Sanidad esto cambie. No sé cómo va a terminar.

Los planes que tiene la Consejería ante la despoblación y el déficit sanitario es hacer una reestructuración basada en tres tipos de consultorio: habría un consultorio en la cabecera de comarca, donde siempre habría un médico o dos o los que correspondan y se haría la atención continuada (las guardias); el segundo nivel serían consultorios agrupados, similares a los colegios rurales agrupados, que tendrían una consulta diaria y se dotarían con más medios; y el tercer nivel serían los consultorios de proximidad.

Dicen que no van a desaparecer, pero no cabe duda de que los médicos irían lo mínimo. No habría consulta a diario en municipios de menos de 50 habitantes. 100 habitantes sería un día a la semana. Para que todo esto funcione es necesario implantar un servicio informático ágil y rápido. Todavía hay muchos consultorios offline. Vamos con portátiles, no estamos en tiempo real, luego hay que sincronizarlos… En algunos sitios el programa que usamos es realmente lento y se bloquea muchas veces.

– ¿Se puede ejercer la medicina a distancia?

– Algunos casos se podrían resolver. También es verdad que es muy difícil implantar estas medidas por el tipo de población que tenemos, muy envejecida. Hace años se intentó poner la cita previa y muchas personas no se aclaraban, por lo que terminaban haciendo consultas a demanda.

– ¿Una reestructuración de este tipo no va a acabar ‘cerrando’ muchos pueblos?

– Seguramente que sí. Es difícil que la Junta reconozca de entrada el cierre de ciertos consultorios, pero hay muchas zonas con poblaciones inferiores a 50 habitantes, por ejemplo, en el norte de Burgos, en las que el médico va a dejar de ir al consultorio. Será a demanda. Todo esto va a cambiar y ahí seguramente esos consultorios terminarán desapareciendo, aunque digan que no (la Junta).

– ¿Os han consultado los técnicos que están diseñando esta reestructuración¿ ¿Tienen en cuenta la voz de los médicos rurales?

 – Hasta ahora no. Yo no conozco a nadie que le hayan consultado. Incluso los sindicatos se quejan de que no les han consultado. Lo hacen meramente en plan técnico y un poco ateniéndose al personal que tienen y a las características de la población. Los colegios de médicos también se han quejado.

– ¿Eso genera frustración?

– Sí, sí. Ellos dicen que tienen que actuar con lo que tienen y que no hay más mimbres que los que hay para sacar adelante la asistencia sanitaria.

Aunque todos somos iguales, la realidad es que los derechos están disminuidos a nivel rural

– ¿Sientes que muchas veces prima la gestión económica frente a la igualdad de derechos independientemente de donde vivamos?

– Totalmente. Si nosotros comparamos la igualdad de derechos a nivel rural y urbano no cabe duda de que en lo rural hay un déficit mayor. Aunque todos somos iguales, la realidad es que los derechos están disminuidos a nivel rural.

– Después de oír todo este panorama, tiene todavía más mérito que hayas decidido continuar como médico rural.

– Me encuentro bien y es algo que me gusta. No me doy ningún mérito.

– Carlos, si nos remontamos aún más en el tiempo, hay que decir que estudiaste Medicina en Valladolid y que estuviste a punto de empezar la carrera con 16 años…

 – Pues sí, es verdad. Fue un poco adelantado. Empecé demasiado joven. Igual tenía que haber empezado más tarde y me lo habría pasado mejor. El caso es que terminé la carrera a los 23 años. Entonces no había problemas de trabajo. Mis dos primeros pueblos fueron Villatuelda y Terradillos. Acabé los estudios en junio y en julio ya estaba allí trabajando, hasta septiembre porque luego en octubre me tocó hacer la mili. Había estado con prórrogas. En estos pueblos no había centro de salud. De pronto, te encuentras tú solo ante el peligro. Tenía que hacer de médico, enfermería… Tú solo las 24 horas durante todos los días de la semana.

– ¿Recuerdas a tu primer paciente?

– Perfectamente. Me había examinado por la mañana del examen de licenciatura en Valladolid y por la tarde me tuve que ir corriendo a pasar consulta. Había una señora esperando en la puerta y me dijo: “Tiene que venir a cambiar la sonda a mi padre”. Fui con ella a cambiarle una sonda vesical que tenía permanente. Al verme tan joven, la señora me preguntó si sabía cambiarla. Me pidió que tuviera cuidado porque otro médico le había causado una hemorragia. Se la cambié bien, pero la mujer estuvo con los cinco sentidos. Me decía todo lo que tenía que hacer por si no lo sabía. Me veía tan jovencito que no se fiaba.

– Cuando acabaste la carrera no había el MIR que conocemos ahora…

– Justo se implantó al año siguiente. Existía una forma de especialidad que era colegiarte y estar dos años de ayudante de un especialista. A los dos años te daban el título de especialista. Después ya empezó a funcionar el MIR y las especialidades tienen que ser vía MIR.

Con la reestructuración de la Junta todo va a cambiar y seguramente muchos consultorios terminarán desapareciendo

– A todo esto, ¿de dónde te viene la vocación?

– Pues no lo sé, la verdad. Siempre me ha gustado. Creo que es algo inherente.

– Lo que sí has sabido es transmitir esa vocación a tu hijo, que también es médico.

– Lo ha vivido desde pequeño, pero curiosamente Carlos de pequeño no quería ser médico. Fue un poco más tarde. Hasta los 15 o 16 años decía que no.

– ¿Qué sentiste cuando se matriculó en Medicina?

– Sentí satisfacción. Si te gusta tu profesión, estás orgulloso de que tus hijos hagan lo mismo. También le dije los pros y contras. Al menos intenté expresárselo.

– Si tuviésemos aquí una varita mágica y pudieras pedir un deseo para la sanidad rural, ¿cuál sería?

– Mejoría y, sobre todo, que sea un servicio importante, que no desaparezca y ayude a que la despoblación no exista. Que sea una ayuda para que se mantenga la población o incluso aumente porque la vida rural es muy bonita.

Más de 70 años de la gran cabalgata de Reyes (y casi única) en Ciruelos

Corría el año 1944. El marido de la maestra organizó una cabalgata que aún hoy recuerdan los más ancianos del pueblo. A lomos de tres machos y con una capa a sus espaldas, Atilano, Florencio y no se sabe bien si Tomás o Carmelo emularon a Melchor, Gaspar y Baltasar. “Fue un día de mucha ilusión”, cuenta Félix.

Sin cabalgata, pero con Reyes Magos y, sobre todo, con ilusión. Así vive Ciruelos de Cervera (Burgos) la llegada de Sus Majestades. Hace más de 70 años que no hay cabalgata. Más de 70 años que sus habitantes no ven un 5 de enero por sus calles a Melchor, Gaspar y Baltasar. Aún así, los más ancianos del pueblo recuerdan con especial entusiasmo aquel invierno de 1944. Tal vez de 1943.

Félix y Justina, los dos vecinos de mayor edad, no se acuerdan con exactitud de la fecha. Pero sí lo bonito que fue aquel día. Magia pura a juzgar por sus palabras.

Según cuentan, Atilano, Florencio y no saben bien si Tomás o Carmelo hicieron de Reyes Magos. Montados en machos, fueron bajando desde la tenada del Juanito -en dirección Briongos– hasta el puente que se encuentra a la entrada de Ciruelos. Allí les estaban recibiendo todos los vecinos.

Los tres llevaban capas. Les acompañó Mauro con una mula a la que colocó un cajón con juguetes. Entiéndase por juguetes unas mandarinas, algunas castañas, un puñado de caramelos…

Después, Sus Majestades ciruelanos dieron una vuelta por el pueblo y tal como recuerda Justina, fueron a la iglesia “para adorar al niño”.

A Félix le gustaría que los Reyes salieran este año “a dar una vuelta por el pueblo aunque no trajeran ningún regalo”

De la organización de la cabalgata se encargó el marido de la maestra, una catalana llamada Dolores. “Eran los años de la guerra. No recuerdo su nombre, pero debía estar desterrado. Era un señor listísimo”, dice Justina, de 88 años, la vecina de mayor edad de Ciruelos, que en invierno apenas supera los 25 habitantes.

La nostalgia se apodera de ella: “Me acuerdo muchas veces. Parece que lo estoy viendo ahora. Estábamos todos en la ermita esperando y llevaban una luz como si fuera una estrella que los guiaba”. Fue el gran acontecimiento navideño.

“Estuvo muy, muy bien”, enfatiza. De la misma forma se expresa Félix, de 87 años: “Fue muy bonito. Un día de mucha ilusión”. Al 2019 le pide salud… y algo más. A Félix le gustaría que los Reyes Magos salieran este año “a dar una vuelta por el pueblo aunque no trajeran ningún regalo”.

No estaría nada mal. Desde aquel gran acontecimiento tuvieron que pasar unos 40 años, ya en 1984, para ver otra cabalgata en Ciruelos, un acto algo más discreto que se hizo en la plaza mayor, donde se recreó un pesebre y los niños acudieron a recoger sus regalos. En aquella ocasión, los Reyes fueron Elías, Víctor (hijo de Martina y Josito) y Fernando (hijo de Aurora y Román).

Hubo que esperar otros casi 20 años (en torno al año 2000) para ver algo parecido a una cabalgata en Ciruelos. Elías sacó el tractor -como recuerda Félix- y los Reyes dieron una vuelta al pueblo montados en el remolque.

Puede que Ciruelos no tenga cabalgata, puede que todo haya cambiado mucho, que ya no haya machos, ni mulas, pero Félix y Justina están convencidos de que Melchor, Gaspar y Baltasar pasarán por el pueblo. ¡Felices Reyes!

¿Cómo hablar de protectores de estómago, cochinos y dictadores en sólo dos horas?

Un bar cualquiera de un pueblo burgalés cualquiera. Un domingo cualquiera. Y una conversación que de cualquiera no tiene nada.

El escenario no puede resultar más sencillo. Un bar. Da igual cuál. En la provincia de Burgos. Dos hombres de mediana edad apuran un chorizo y un poco de pan al tiempo que beben vino tinto con gaseosa. En las aproximadamente dos horas que después pasan juntos mantienen una conversación de lo más surrealista.

Son dos horas que dan para mucho. Juzguen si no. Hablan de temas tan dispares como la matanza del cochino y la independencia de Cataluña. También de la despoblación que sufre Castilla y León. De repente, citan nombres como Antonio Machado o Marine Le Pen. Y sólo unos segundos más tarde rememoran su infancia de monaguillos. Sí, todo esto en 120 minutos. Saltan de un tema a otro a una velocidad endiablada.

Vamos por partes. Uno se arranca a hablar sobre los protectores gástricos, tipo omeprazol. ¿No había un tema mejor para un domingo lluvioso de otoño? El otro contesta que no los ve nada lógicos y cuestiona por qué no inventan, por ejemplo, un antibiótico que a la vez actúe de protector. ¡Lo que se pierde la ciencia!, pienso mientras los escucho.

Después le toca el turno a los cochinos. O más bien a la obligación de solicitar autorización al Ayuntamiento correspondiente si se sacrifica el cerdo en casa. En la matanza doméstica, un veterinario autorizado debe inspeccionar la carne de cerdo para que el consumo sea seguro. Pues bien, todo eso no convence para nada a uno, mientras el otro insiste en que más vale prevenir.

«Muchos cerebros se han quedado en la cuneta por luchar por la democracia»

Y de una tradición pasan a otra. Esta tiene que ver con la iglesia. Ya se han bebido el café y están con el chupito. Uno bebe coñac y el otro, orujo de hierbas. El del coñac recuerda que de pequeños todos querían hacer de monaguillos porque luego recibían una propina, pero a él el cura sólo se lo pedía en las misas que se celebraban de lunes a viernes. “Los fines de semana y, sobre todo, si había bautizos o bodas, les mandaba a otros”, dice con retintín.

Poco después, entran en política. Es el gran tema. No podía fallar. Todo el mundo opina de un gobierno tal o cual y los bares de los pueblos no son una excepción. A continuación, el diálogo alocado que entablan:

– En este país han matado a muchos cerebros. Gente inocente, modelos a seguir.

– ¿Quién los mató?, cuestiona el otro, que pide el segundo chupito de hierbas.

– Los mataron a todos y los tiraron a las cunetas de cualquier manera. Por ejemplo, a Machado, insiste el primero. Y añade: “Cuando se va un cerebro lo siento mucho. Se va una sabiduría de la hostia”.

– ¿Pero quién los mató? ¿O quién los mandó matar?

– No lo sé. Cuando mataron al sargento yo estaba en los cojones de mi abuelo. Así que no me preguntes si fue la derecha o la izquierda. Yo te digo que fueron asesinados. Mira, ahora hay naranjitos.

– Ponnos un chisme, se limita a decir su interlocutor.

Un trago después, retoma la conversación. Siguen con política. Pero con un giro de 180 grados.

– Lo que nos ha costado tener una democracia. España se rompe…

– Por eso te he dicho antes que muchos cerebros se han quedado en la cuneta por luchar por la democracia. Que tienes a Le Pen a las puertas, mira lo que ha pasado en Brasil [donde el ultraderechista Jair Bolsonaro asumirá la presidencia el 1 de enero] y Vox en Andalucía. No sé si estás en la onda.

– Con todo esto, ¿qué me quieres contar?

– Que van a mandar dictadores.

– ¿Qué dictadores hay ahora en España?

– Pues más de cuatro hay en las empresas. Se está haciendo un cocido en Europa

– Pues a la hora de votar te lo piensas.

– Ya te he dicho que no voto. Y que no me toque estar en la mesa [el día de las elecciones]. Te pagan 60 euros, pero yo no quiero su dinero. ¡Vete tú y si no sus hijos o sus queridas!

– No sé ya ni de lo que me hablas, se da por vencido el otro.

No acaba ahí la cosa. Tampoco la bebida. Sacan a colación a la ministra de Justicia, Dolores Delgado, la tesis doctoral de Pedro Sánchez, retoman el desafío independentista, hablan de los políticos presos, citan a Rajoy y las prejubilaciones en la banca. “Les dan 20 millones y que se ría el mundo. Y aquí estamos nosotros mileuristas o con 600 euros. Eso, eso es de lo que te tienes que dar cuenta”, subraya el de coñac, que desde hace un rato se ha pasado al ron con limón.

Y por si fuera poco, se despiden con otra mini conversación gloriosa.

– ¿Quién soltó a los topillos?, suelta de repente uno de ellos en referencia a la plaga que hubo en Castilla y León en 2007.

– Sería con avionetas.

– Esos los soltaron, no son un fenómeno de la naturaleza. Al final hubo invasión. Entonces estaría Aznar de presidente.

– Personaje más impresentable no he visto.

– Que yo no soy del PP.

– Puedes ser de lo que quieras. En la vida, simplemente, hay que ser agradecidos.

Cuando parece que van a terminar, uno saca a relucir el nombre de Ruiz-Mateos y el Opus Dei. Después de relatar corruptelas varias, suelta una frase cargada de verdad, de mucha verdad. “Con un cura no puede un pueblo, con dos curas ni dios y con una comunidad como la de Silos ni la Santísima Trinidad”.

Ahora sí, los dos se despiden. Y el mensaje, pese a las discrepancias, converge: “¡Qué bien vivimos los de los pueblos!”.

 

Félix no tiene con quién pasear

El suicidio demográfico es una realidad en la localidad burgalesa de Ciruelos de Cervera. Su habitante más longevo cree que en dos años desaparecerá el pueblo. “En la España de toda la vida abundaban los niños y predominaban las familias numerosas. No éramos un país rico, pero vibrábamos de vida. Así fue hasta hace un cuarto de siglo o poco menos. Ahora vivimos en un país donde cada vez se peinan más canas y en el que la chiquillería brilla por su ausencia».

Félix tiene 85 años. Nació un 2 de mayo en Ciruelos de Cervera, Burgos. La Segunda República apenas tenía 18 días de vida. Es, o mejor dicho era, el sexto de ocho hermanos. Después matiza: el octavo de diez. El primero de la saga falleció con tan sólo tres meses y al segundo se lo llevó un ataque de meningitis a los siete años. Mientras bebe una manzanilla en pequeños sorbos recuerda que, según le contaron, nació en su propia casa y que durante el parto su madre recibió la ayuda de «la Isidora, la madre del Mauro».

Actualmente, sólo su hermano Pancracio, de 82 años, y él viven. Apenas coinciden unos días al año, casi siempre en verano, cuando éste se escapa de Barcelona. «Esta vez le vi bastante bien, oye», dice tras aclarar que hace un tiempo estuvo «entre Pinto y Valdemoro» por una afección en el hígado. Él, por su parte, apunta que siempre merienda un yogur a las siete de la tarde y que no come mucho porque «no es bueno». En su dieta no faltan las judías una vez a la semana y el pescado para la cena: «Me mantengo entre 80 y 81 kilos».

«En dos años este pueblo desaparecerá, nadie tiene ilusión por él»

Félix es también el más longevo de todo el pueblo. Allí vive los 365 días del año. Hoy, aquel chaval que creció rodeado de 70 mozos pasea sólo por las calles de Ciruelos. Lamenta no tener con quién hacerlo, al menos en invierno, cuando el municipio no supera los 25 habitantes. Asegura que está «aburrido» de ver la televisión pero si hay una película del oeste no la perdona. «Muchas veces estoy solo y no tengo con quién hablar», continúa para poco después soltar su premonición: «En dos años este pueblo desaparecerá, nadie tiene ilusión por él». Puede que no le falte razón. Al menos las estadísticas están de su lado. Los últimos datos del INE, publicados esta semana, revelan que en el primer semestre del año vinieron al mundo 1.305 burgaleses y fallecieron 1.926. «Todo tiene un principio y un final en esta vida y hay que llevarlo lo mejor que se pueda», dice al tiempo que apura la manzanilla.

Abril del 48

Mientras tanto, prefiere hablar del pasado. Dice que recuerda mejor lo que sucedió hace 70 años que lo que hizo ayer. Y da buena muestra de ello. Recupera su época de estudiante en una escuela, la de Ciruelos, en la que había cerca de 40 mozos y unas 50 mozas. La melancolía vuelve a apoderarse de él: «Fíjate y ahora nadie». Él, uno de los pocos solteros de entonces, habla incluso de que «alguna vez sí tuvo novia» pero aquello no cuajó. Cambia rápido de tema. Evoca otros episodios. Y sin saber muy bien porqué se arranca a hablar sobre el fuego que arrasó la pedanía de Briongos. «Estábamos el Apro y yo tomando el sol fuera del corral cuando apareció el Clemente con la bicicleta para avisar de que había fuego. No sabíamos si creerle porque entonces lo decían muchas veces aunque fuera mentira».

En el primer semestre de este año vinieron al mundo 1.305 burgaleses y fallecieron 1.926, según el INE

Ambos decidieron poner rumbo hacia Briongos. A pata, eso sí. «Adelantamos a la Toribia y a la Lauren que iban a lavar la ropa y llegamos los primeros», dice haciendo alarde de su memoria. Y continúa: «Allí estaba el Hilario, que nos tiró por la ventana unas alubias, tampoco muchas, y después le dijimos que saltara él porque si no iba a arder. Después fuimos a la casa del tío Sotero y antes de tirarse nos echó unos garbanzos y unas sartas de chorizos». Tampoco pasa por alto que «el Piano» y el tío Sotero se subieron al tejado o que el maestro se desplazó en macho hasta Oquillas (a unos 20 kilómetros) para llamar a los bomberos. «Tardaron, por lo menos, tres horas en llegar». El fuego arrasó el 75% del pueblo. Fue un 6 de abril de 1948.

«Los curas eran terribles»

Accidentes al margen, también tiene tiempo para hablar de las juergas que se corrían de jóvenes. «Algunos las preparaban de mil hostias», espeta. Habla del Carnaval y de que nunca llegó a disfrazarse porque estaba prohibido. En una ocasión, cuenta, el cura arrancó las máscaras «a tortazos» a una cuadrilla que se saltó el veto y después el alcalde les impuso como arresto que le llevaran «un viaje de leña». Por si hubiera dudas se encarga de mencionar que lo partían con hacha, «no como ahora», y de lanzar una pulla a la Iglesia: «Los curas de entonces tenían un poder terrible».

Vuelve a mirar el reloj. Son las siete menos cinco. Ya lo había advertido. Siempre merienda a en punto. Se planta el gorro y muleta en mano se acerca hasta la barra para dejar la taza de manzanilla ya vacía. «Hasta otro rato».


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Burgos, contra el olvido

Hace más de veinte años que no nace nadie en ellos. Hablar de ordenadores resulta una utopía. Muchos no disponen de bares ni de servicios. Las carreteras que los unen son caminos llenos de baches. Dicen estar comunicados entre ellos e incomunicados con el resto del mundo. Los pueblos de Burgos son protagonistas del cruel camino sin retorno de la despoblación. Así lo confirma censo tras censo el Instituto Nacional de Estadística: siete municipios despoblados y diez más que ni siquiera figuran ya como entidades.

Son municipios que buscan una segunda oportunidad. El éxodo rural, la emigración de mujeres, el atractivo de las ciudades, el progresivo deterioro de los servicios e infraestructuras, la ausencia de una red mínima de comunicaciones, la falta de expectativas para los jóvenes y la inexistencia de relevo generacional, son la combinación de causas que explican la despoblación en el medio rural. Causas que sirven para ilustrar la cifra de 2000 pueblos abandonados en España. León, Soria, Guadalajara, Lérida y sobre todo Huesca son las más afectadas por este proceso, al que Burgos tampoco es ajeno.

Castroceniza es un pueblo de 13 habitantes, sus calles están sin asfaltar y la mayoría de las casas, hundidas. Sufren continuas inundaciones por el mal estado de la red viaria de agua y cuando se quedan sin ella sólo les queda acercarse al manantial. No disponen de depósito, mucho menos de bares, el encargado de suministrar las bombonas de butano llega una vez cada quince días. La misma frecuencia con la que reciben al cura. Mientras, la enfermera lo hace una vez al trimestre.

Una de las casas de Castroceniza

Una de las casas de Castroceniza

Juan Carlos Antolín es el médico que les asiste una vez a la semana. Lo hace por voluntad propia ya que una normativa recogida en el Boletín Oficial de Castilla y Léon, datada de 1987, dicta que a los pueblos con menos de 50 tarjetas sanitarias, les corresponde la visita médica una vez al mes.

“Más vale que no te pase nada aquí”, lamenta un vecino de Barriosuso

Timoteo Alonso, a sus cuarenta y cinco años de edad, es el vecino más joven de Castroceniza, donde hace ya veinticuatro años que no ven nacer a nadie. “Está todo abandonado y no atienden a nada”, afirma. El suyo es un pueblo en el que los únicos ingresos provienen de la caza.

En la misma situación se encuentran los habitantes de Peñacoba, una aldea perteneciente a Santo Domingo de Silos. A sus 90 años, Paz Santamaría pasea junto a su perra Raya. Explica que en el pueblo no ha quedado nadie, pero que ella no se irá: “Si quieren venir a verme bien, pero a llevarme no”.

Las ovejas a su paso por Peñacoba

Las ovejas a su paso por Peñacoba

A pesar de todas las carencias y dificultades a las que hacen frente los pobladores rurales, se muestran orgullosos de sus raíces y aunque le ven una complicada solución, aseguran que no cambiarían su modo de vida. “Esto es un paraíso, vives como Dios, ancha es Castilla”, exclama Carlos Cámara, albañil del municipio. La cruz de la moneda la presenta la cobertura telefónica. “Llevo dos meses sin que me funcione el teléfono, no hay cobertura ni antenas, me sale más caro que el azafrán”, concluye el peñacobino. Pero los problemas no quedan sólo en el abastecimiento de agua o de teléfono.

“Hay que hacer que la gente se sienta orgullosa de vivir en un pueblo”

También se enfrentan a inconvenientes relacionados con las carreteras, la sanidad y las telecomunicaciones, aunque el mayor quebradero de cabeza siguen siendo la despoblación y la falta de atractivos para la llegada de nuevos pobladores. “A lo mejor no debemos obsesionarnos con la generación de empleo como única opción para fijar y atraer población. Es algo que vendrá derivado de que la gente disponga de una calidad de vida razonable en el entorno rural”, manifiesta Alberto Gómez Barahona, Licenciado y Doctor en Derecho por la Universidad de Valladolid.

«Esto es un paraíso, vives como Dios», dice un vecino de Peñacoba

Por su parte, José Luis Ranero López, Licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Sarriko (País Vasco), afirma que las personas se dejan cegar por las presuntas ventajas de la ciudad, y son incapaces de apreciar todo lo que ofrecen los pueblos. Ventajas como la falta de contaminación, de atascos o la menor carestía de las viviendas. La calidad de vida viene definida por lo que dictan las modas, algún día puede que cambie en beneficio de los pueblos. Ambos expertos coinciden en señalar la importancia de trabajar un componente psicológico: hacer a la gente sentirse orgullosa de vivir en un pueblo.

Mientras se trabaja este vínculo anímico, la imposición del modelo de vida urbano ha llevado a la progresiva desaparición de pueblos en toda España. En la comarca burgalesa de La Bureba, situada al noreste de la provincia, se contabilizan según el censo del INE, siete municipios despoblados. A esto habría que añadir otros diez que ni siquiera figuran ya como entidades. Algunos de ellos llevan muchos años deshabitados, pero en otros la pérdida de censo ha sido reciente. Quintanilla Cabe Soto, Movilla, Caborredondo, Bárcena de Bureba, Silanes y Valdeornedo han perdido toda su población. Algo parecido ha sucedido con localidades como Morcillo o Soto de Bureba. Frente a los aproximadamente 70 vecinos que tenían en 1960, hoy a duras penas mantienen unos pocos habitantes censados. La presencia humana resulta testimonial.

Vitorina vive sin luz

En Tejada, localidad de la comarca del Arlanza, la densidad de población no alcanza ni dos habitantes por kilómetro cuadrado. Teniendo en cuenta que la Unión Europea considera despoblado un territorio cuando tiene menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado, Tejada es un desierto demográfico. Está biológicamente muerto. La situación de una de sus vecinas resulta increíble. Vitorina Nebreda vive sin luz, su relación con el resto es nula… salvo con el tendero. Cuentan los vecinos que le deja una nota en la ventana con lo que necesita. Una vez éste introduce los víveres por la reja, Vitorina le paga y ahí termina su contacto con el mundo.

“El futuro de los pueblos no es muy halagüeño”, según un sociólogo

Saliendo de Tejada, dirección Santo Domingo de Silos, aparece Barriosuso. El acceso es complicado, su carretera no mide más de dos metros de anchura. Lo habitan cinco personas. No disponen de autobús para acercarse a Burgos. El médico tampoco llega hasta allí sino que son los propios vecinos los que deben desplazarse hasta el pueblo más cercano. “Más vale que no te pase nada aquí”, lamenta Martiniano Santamaría, vecino a temporadas, ya que el invierno lo pasa en la capital junto a sus hijos.

Plaza mayor de Barriosuso

Plaza mayor de Barriosuso

Otro de los problemas de la inminente desaparición de estas aldeas es el abandono de todo el bagaje histórico, cultural y patrimonial que atesoraban. Un estado de deterioro irreversible en el que han caído muestras de arte románico de extraordinaria calidad. Dice el refrán que quien tiene padrino, se bautiza. Pues bien, en Quintanilla de las Viñas sus dos o tres vecinos se mantienen atados a la vida gracias a la ermita visigótica que acopian. La localidad cuenta con un ermitaño que, según comentan los vecinos, gana más con las propinas de los turistas alemanes que con su sueldo. “Como aprieta la ermita, arreglan la carretera, sino estaría totalmente abandonado”, comenta Jacinto Eras, residente del municipio.

Ermita de Quintanilla de las Viñas

Ermita de Quintanilla de las Viñas

“En 15 años quedarán totalmente vacíos”

Puede que la última oportunidad para seguir con vida sea su conversión en lugares de residencia vacacional y de descanso. Son muchos los vecinos que han reformado su casa o construido nuevas viviendas, acudiendo al pueblo siempre que sus trabajos se lo permiten. Pese a ello, el 75% de la población rural supera los 70 años. “El futuro de los pueblos no es muy halagüeño”, decía el que fuera sociólogo y antropólogo de Ciruelos de Cervera, a apenas ocho kilómetros de Tejada. “Creo que en quince ó veinte años los pueblos, durante la mayor parte del año, van a quedar totalmente vacíos”. Vacíos durante el año pero con ciertos halos de luz y de esperanza en épocas veraniegas, con motivo de las fiestas patronales, de algunas tradiciones como las marzas o en Semana Santa. Puede que muchos queden abandonados absolutamente y se limiten a reseñas en las carreteras, en los mapas o en el carné de identidad de sus antiguos moradores.

Con el verano llegarán las bicicletas pero, ¿y durante el resto del año?. “Si los pueblos ven reducir su padrón de habitantes, los recursos para mantenerlos decentemente van a ser muy escasos y si no se cuenta con aportaciones personales será muy difícil conservarlos en unas condiciones mínimas de habitabilidad”, explicaba Represa, encargado del Archivo Municipal de Ciruelos de Cervera. Un pueblo en el que no ha habido ningún nacimiento desde el ya lejano 1983. Una localidad que en las últimas tres décadas ha perdido el 50% de su población. En definitiva, Burgos, un páramo rural.

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