Historias de pueblo

De un municipio de 25 habitantes al mundo

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Las 101 profesiones del incomparable Jesús Palomo

¿Conocen a alguien que haya sido resinero, soldador, ebanista, taxidermista y ciclista? ¿Y que haya hecho todo eso y mucho más en una sola vida? Si quieren descubrir su historia, acérquense hasta Villanueva de Gumiel. Les recibirá con una sonrisa y quién sabe si también con una jota. Jesús es un artista con letras mayúsculas.

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Jesús Palomo / Foto: L. Núñez

Se llama Jesús Palomo. Está a punto de cumplir 75 años. Vive en Villanueva de Gumiel, en pleno corazón de la Ribera del Duero burgalesa, y ha hecho prácticamente de todo. Entre risas, desliza que todavía le falta tirarse desde un avión montado en su bicicleta o volar en ala delta, porque como bien recalca, no tiene «ni gota de vértigo».

Esas dos actividades (quién sabe si la primera es posible) forman parte de su lista de tareas por cumplir. La de las ya cumplidas es larguísima. De hecho, tiende a infinito. Porque Jesús ha sido resinero en su propio pueblo, ha tirado muérdago de los pinos, ha entresacado remolachas, iba a recoger hierba para después fabricar escobas que vendía a cambio de trigo con el que elaboraba pan y ha hecho arroyos con sus propias manos. Todo con alegría. Siempre cantando.

El repertorio no termina ahí. Son 75 años que han dado -y siguen dando- para mucho. Jesús también ha sido soldador, obrero en una fábrica y taxidermista… aunque de rebote. Uno de sus hermanos realizó un curso a distancia para aprender a disecar animales y él, simplemente, prestaba atención a aquellas lecciones en el poco tiempo que tenía libre porque trabajaba en el monte de sol a sol. Al final, terminó disecando zorros, perdices, liebres, ardillas, lechuzas y hasta un lagarto que cayó en un cepo para ratones. ¿Y su hermano? Pasó del asunto.

Jesús Palomo fue subcampeón de España de 5.0oo metros

Precisamente hablando de la familia, recuerda que sólo fue a la escuela hasta los 14 años, y no de forma continua. Le habría gustado estudiar más, pero tenía que cuidar a sus hermanos, a quienes hacía las sopas y limpiaba los pañales cuando su madre se iba a lavar la ropa que le encargaba determinada gente o a coger resina.

Por si fuera poco, Jesús ha diseñado y confeccionado prácticamente todos los muebles de su casa nueva, y las mesas y taburetes del merendero que tiene en su casa de toda la vida en Villanueva. Cada día da rienda suelta a su imaginación. Y tan pronto diseña un carro para llevar a su perra Blanquita (enferma) como labra un mortero de cocina, que remató hace apenas unos días. Derrocha vitalidad y energía, es una de esas mentes inquietas que ha aprendido en la vida por intuición.

Es, además, un deportista envidiable. Quienes le conocen le asocian a su inseparable bicicleta. Todos los domingos del año, nieve o truene, Jesús sale de ruta con un grupo de amigos del club ciclista. Ha llegado a hacer etapas de más de 300 kilómetros. En una ocasión, se metió 212 km entre pecho y espalda por un descuido. En el club ciclista habían preparado una excursión a la Playa Pita y él pensó que irían desde Aranda en bici. Decidió comenzar por su cuenta desde Villanueva. Cuál fue su sorpresa, que el resto de compañeros no le alcanzaron hasta que él iba por San Leonardo de Yagüe, pero ¡con los coches! Una vez se juntaron todos en la playa, subieron hasta la Laguna Negra de Vinuesa. Jesús se comió su bocadillo, se dio un chapuzón y se volvió a casa porque, además, ese día tenía que trabajar de noche (hasta las seis de la mañana del día siguiente).

Y eso que aprender a andar en bicicleta -con nueve años- no fue tarea fácil. Como no llegaba a los pedales, se las apañaba para ir debajo de la barra. Además, le costó unas cuantas bofetadas de su padre. Jesús le cogía la bici sin que lo supiera, incluso la sacaba de casa en volandas para no dejar rastro con las ruedas, pero este siempre le descubría porque colocaba una pequeña astilla que al girar las ruedas se caía.

Superadas esas dificultades, su colección de bicis la forman una Orbea, una Romani y una Otero que le costó «217.000 pelas». Después se compró una Giant de tres platos y nueve coronas y desde hace cuatro años vuela en una Trend. En total, más de medio millón de kilómetros.

Pero antes que al ciclismo (un deporte en el que se inició a los treinta y tantos para rebajar barriga), Jesús triunfó en el atletismo. Fue subcampeón de España en la prueba de 5.0oo metros. Lamentablemente, no sabe qué pasó con aquella medalla porque cuando volvió a su casa después de hacer la mili no quedaba ni rastro. Sospecha que su madre pudo vendérsela a alguien.

Sea como fuere, este villanovense de apenas 1,60 metros de estatura y culo inquieto es un bailarín de escándalo. Le encontrarán en primera fila en las verbenas de los pueblos. Fíjense en sus pies y en los de Chelo, su mujer. Tocan el suelo solamente lo justo. No se sorprendan si les digo que también canta y que, de hecho, tiene grabada su propia cinta de boleros. Su grupo favorito son Los Panchos y si se tiene que quedar con un cantante, lo hace con Nino Bravo.

La guinda a esta historia se completa con el premio de estriptis que ganó en una concentración motera en Medina del Campo (Valladolid). Aquí está la prueba gráfica. No se le ponen nada ni nadie por delante.

A la vida sólo le pide salud. Amor, con Chelo a su lado desde hace más de 40 años, no le falta. Y dinero no quiere porque asegura no tener ese tipo de ambiciones.

Así que mientras no le falten unas buenas rancheras y jotas que cantar y bailar, la sonrisa de Jesús Palomo está asegurada.

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Íñigo es la idea más brillante de toda España

El emprendedor malagueño, de 28 años, ha diseñado un traje que sirve de segunda piel para aquellas personas que, cómo él, sufren la enfermedad de “piel de mariposa”, un síndrome de fragilidad extrema de la epidermis.

Íñigo de Ibarrondo

Íñigo de Ibarrondo

Él sólo quería irse de viaje al Caribe con sus amigos. Y vaya sí lo consiguió. Era 2009, se encontraba en el ecuador de su carrera universitaria y la “enfermedad de piel de mariposa” no fue un obstáculo para que Íñigo de Ibarrondo cruzara el charco. Apenas unos meses antes de poner rumbo a Puntacana diseñó un traje con “unas medias para varices modificadas” que hace de segunda piel para quienes, como él, sufren epidermólisis bullosa. Desde entonces, no ha parado de trabajar para refinar un proyecto que ha bautizado como TXR, pero sobre todo, para conseguir que los afectados por esta enfermedad genética, y a día de hoy incurable, puedan desenvolverse con libertad, “sin tener que preocuparse por las heridas que te puedan salir si haces esto o lo otro”.

Tras mudarse a Madrid para sacar adelante su proyecto, este malagueño de familia bilbaína acaba de recibir el premio a la idea joven más brillante de España en el concurso anual que organiza El Ser Creativo y que patrocina Adecco, dotado con 10.000 euros. Sin embargo, Íñigo, ingeniero industrial, huye de la etiqueta brillante: «Ahí conmigo se han equivocado 100%». «Esto es algo que se me ocurrió porque me quería ir de fiesta al Caribe”, recuerda bromeando.

Dice que lo suyo no son el orden ni la constancia pero destaca que lo que sí le ha dado esta enfermedad, entre cuyas manifestaciones se encuentran el retraso del crecimiento o complicaciones oftalmológicas y cardíacas, es buscar soluciones en sitios diferentes. “Da pie a mucha creatividad. Soy alguien que me tomo las cosas con filosofía. Detrás hay un ejercicio de paciencia muy importante y útil para la vida diaria”, confiesa. Un “pelín” de creatividad adicional que ahora aplicará al diseño definitivo de esa segunda piel que le valió para irse de viaje pero no para el día a día.

«De la adversidad siempre hay que intentar sacar el máximo jugo a pesar de que lo que tienes que pasar es una putada»

Y es que en el primer diseño incorporó unos corchetes que acabaron dejándole “una bonita cicatriz” en el pecho: “Me hacían más mal que bien. Y eso pasaba con los dobleces en las articulaciones de codos, rodillas… Había que pulir un poco todo eso”. Ahora, su objetivo es que lo pueda usar no sólo cualquier  afectado por la también conocida como “enfermedad de piel de cristal”, sino también quienes hayan sufrido grandes quemaduras.

“Tras estudiar cómo tenía que hacer para que se puedan meter los pies sin tener que friccionar, que la articulación de la axila sujetara pero friccionara lo menos posible cuando se moviera… acabé condensando todo en esta segunda piel”, recuerda el joven de 28 años, que aún debe decidir qué material empleará. Por ahora, asegura que no le preocupa el coste total y señala que una vez se haya hecho realidad buscará inversión para hacer un producto comercialmente interesante.

«Te pone una losa encima»

Reconoce que una enfermedad así, que en la actualidad afecta a unas 1.000 personas en España, «te pone una losa encima en muchos aspectos de la vida». Así, enumera: «Si me quiero ir de viaje un fin de semana tengo que pensar si voy a poder curar mis heridas, necesito suplementos alimenticios…». Además, requiere ayuda con las curas de la piel, que suelen asociarse a dolor intenso al despegarse los apósitos y aplicarse los nuevos, según recuerda la asociación Debra, creada por sus padres.

El joven de 28 años ha ganado 10.000 euros que invertirá en un traje que permita a quienes sufren epidermólisis bullosa moverse libremente

Aunque vive solo en Madrid, explica que necesita una «infraestructura muy importante»: «Hay una persona que me ayuda a ducharme, a fregar y limpiar». Tampoco se olvida de la pesadilla burocrática a la que ha tenido que enfrentarse y, en este sentido, critica que todo el papeleo está ideado «para ver si te cansas y dejas de pedir». Asimismo, lamenta que hasta hace poco cuando volvía a su casa de Málaga en verano sus padres llegaban a gastarse 2.000 euros en material mientras que la sanidad madrileña sí se lo sufragaba.

Disgustos administrativos al margen, Íñigo aconseja al resto de jóvenes «sacar el máximo jugo de la adversidad» y tener paciencia. Él, aficionado de la pintura y el atletismo, cuenta desde este momento un nuevo hobby: «Ponerme a trabajar como un loco».


@leticianunz

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