De un municipio de 25 habitantes al mundo

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75 años detrás de la barra

Todo comenzó allá por 1950. Nuestros abuelos paternos, Jesús y Serapia, se mudaron de Villanueva de Gumiel a Ciruelos de Cervera. Se hicieron cargo de la cantina del pueblo. Primero en la plaza mayor y después en la calle El Sol. Además del bar, regentaban una pequeña tienda de ultramarinos. Él, trabajador innato, se desplazaba en bicicleta desde Ciruelos hasta Aranda de Duero para comprar el pescado, que luego repartía en otras localidades, como la cercana Santa María del Mercadillo. Ni el frío ni los caminos de cabras por los que transitaba le impedían recorrer los treinta y tantos kilómetros que separan ambos municipios para llevar a cabo su labor. Tampoco perdía la sonrisa ni se olvidaba de agraciar a los más pequeños con unas bolitas de anís que aún hoy muchos recuerdan.

Con el tiempo, el abuelo se compró una moto e, igual que hacía con la bici, cargaba en ella el pescado y después lo vendía por los pueblos. Poco a poco, el negocio prosperó y Jesús se hizo con una Cirila. La última, que conservamos como una joya de la familia, la adquirió en diciembre de 1977.

Nos dejó (demasiado) pronto, pero su hijo Eduardo y su nuera Dori continuaron con el negocio del bar. Con ellos llegó otro cambio de sede al construir la casa-bar en la que vivimos. Eso fue hace ya 41 años, que sumados a los 34 con los abuelos al frente, representan un total de 75 detrás de la barra.

El camino no ha sido fácil. En la cantina se mataban las penas con un chato de vino corriente y se templaba el cuerpo al lado de una estufa de serrín. Era lo que había. No faltaban apagones de luz, cortes de agua ni tuberías congeladas… La televisión se estrenó a finales del 84, como reflejan las fotos de los cinco nietos que por entonces habían nacido atónitos ante la pantalla. Y la calle del bar actual no se asfaltó hasta los 90. Por desgracia, ninguno de los abuelos conoció la casa nueva. No obstante, luego la familia siguió creciendo, con la llegada de quien firma estas líneas, y más que lo ha hecho en la última década con una nueva generación Núñez.

También ha habido momentos magníficos. 75 años dan para mucho. Sobre todo, por haber recibido a tantas y tantas personas. Unos se acuerdan del abuelo, otros del papá y los más jóvenes esperemos que nos recuerden a nosotros. Ellos están en nuestros corazones, forman parte de nuestras vidas. Al fin y al cabo, hemos crecido juntos: con el Lito pidiendo pacharán sin hielo para que entrara más bebida en la copa, con el Lauren tragándose un puñado de polvos de bicarbonato al tiempo que se tomaba el vermú, Victoriano cantaba rancheras como los ángeles, el trío formado por Florencio, Eulogio y Atilano se encargaban de las jotas, Félix no perdonaba su manzanilla a diario y Martín, con su sombrero-paraguas, fue un adelantado a su tiempo. No hay nada más que ver lo que se estila esa prenda en cualquier festival. Recordamos con especial cariño a Vitejo y sus ‘refrescos’ (cubatas para el resto de los mortales). También las partidas de cartas del Manías, siempre en la misma silla. O a José Manuel contando que a él, de niño, los Reyes Magos le regalaban naranjas y castañas. Por no hablar de los amores que se han forjado al otro lado de la barra… A ellos se suman todos los vecinos de los pueblos de alrededor que nos visitan y acompañan a menudo. A todos ellos: ¡Gracias!

Nuestro brindis más especial por estos 75 años va para nuestros abuelos y nuestro padre, el alma mater de este pequeño negocio que, sin duda, es mucho más que un bar. ¡Larga vida a las cantinas rurales!

Tati, un soplo de vida para Fuentepiñel

Con apenas 55 habitantes en invierno, la localidad segoviana disfruta de un tabernero de lujo y de sonrisa eterna. Cuentan los vecinos que «ha traído mucha vida». Se llama Marcelino, tiene 34 años y regenta el bar «El reloj» desde hace casi cinco años. 

«Antes de entrar deje bretes, chismes, enredos, envidias. Así será bienvenido». El lema no podía ser más claro. Quien lo pregona es Marcelino, el único tabernero del municipio segoviano de Fuentepiñel y al que todo el mundo llama y conoce como Tati. Siguiente consigna: «Hola, sonríe, sé feliz». Y vaya si lo consigue. Sus casi cinco años al frente del bar «El reloj» han sido un auténtico chute de pasión.

No hay más que ver la fama que tienen las meriendas que celebra cada lunes con los vecinos de un pueblo que en invierno no supera los 55 habitantes. «Es un día muy nuestro, de juntarnos», dice, mientras abre el archivador en el que guarda cada una de las convocatorias. Lo pone sobre la barra de su pequeña taberna y recita: «Mira, esto fue un exitazo: 58 apuntados en una cata de vinos». Entre ellos, «el Chotillas, el cronista oficial y el Farruco». En medio de una pila de papeles, resulta que el 7 de enero de 2013 cenaron liebre con arroz (cazada por Eugenio, que la pilló con el coche) o que unas semanas después tocó manillas de lechazo. Congrio guisado, codornices o cochinillo completan el menú de las citas vecinales. La más grande, advierte Tati, «siempre» es en San Isidro.

«Ha dado un cambiazo al pueblo, ha traído mucha vida«, detalla su madre, María Luisa. Cuenta que hasta hace poco se encargaba de hacer los pinchos para el bar: tortilla de patatas, de escabeche, morcilla o flamenquines. No se olvida de las empanadillas, «que les encantan». Asimismo, recuerda emocionada que todo lo que ella ha logrado ha sido «a fuerza de trabajo» y, por eso, ahora se deshace en halagos con un hijo, el más pequeño de seis, que sigue sus pasos. «Tati es muy abierto, la gente le quiere mucho«. Y él, fiel a a su forma de ser, responde con otra de sus frases marca de la casa: «Un abrazo es el mejor regalo y es talla única».

«Me interesa que cuando los vecinos vengan al bar pasen un rato agradable»

Lemas todos ellos que decoran el bar «El reloj», propiedad del ayuntamiento. La cantina es una especie de fábrica de recuerdos entre los que no falta el libro de «La Botica de la Abuela», múltiples cachavas colgadas en la pared, alguna que otra boina o un teléfono de ruleta. Cuenta con cinco mesas y unos cuantos taburetes en la barra. La Biblia, El Quijote y Darwin comparten estantería. Y cómo no, sus queridos relojes. Uno, con forma de sartén, marca la hora de India. Otro, un caracol, da la hora de Madagascar. Y al fondo, presidiendo el local, su frase estrella: «Por pequeño que sea un pueblo, cada uno queremos al nuestro». Caldea el ambiente con una estufa de leña y no vende tabaco.

«Aprendo mucho de todos»

Cada día atiende a entre dos y diez personas en el vermut. La hora fuerte es la del café, cuando se juntan unos 17 fuentepiñelanos. «Suele haber una partidilla al tute. Si no hay gente suficiente, me siento yo a jugar», cuenta. Ya por la tarde-noche recibe a otros diez vecinos como máximo. Los fines de semana es otra historia. «Me interesa que cuando vengan al bar pasen un rato agradable«, añade. Con quien, precisamente, pasa muchas tardes «mano a mano» es con Justino, un vecino de 88 años que, como el propio Tati reconoce, le da «mucha vida». Eso sí, asegura que de todos aprende mucho. De hecho, es lo que lleva haciendo desde el 19 de mayo de 2012, cuando asumió las riendas del bar.

Él, educador social de profesión, decidió un día que le apetecía probar otras cosas. Al principio, estuvo trabajando 103 días sin librar. El que menos, metió 13 horas y media seguidas. «Es cuando me he sentido con más fuerza», menciona con una sonrisa imborrable y acompañado por su particular guardia pretoriana: los perros Cosita y Surco, y la gata Hazaña.

«Por pequeño que sea un pueblo, cada uno queremos al nuestro» es uno de sus lemas

Ahora, cierra la tarde del martes y otra camarera le sustituye miércoles y jueves. Defiende que «un día en el pueblo es muy bonito, rutinario, pero muy bonito». Fuentepiñel, además de dos ermitas y una iglesia, también tiene asociación cultural. Hasta allí llega el panadero, dos pescaderos y un frutero. Mientras, el médico les visita martes y viernes. Hay cuatro ganaderos, un alguacil colombiano y ningún pastor. Diecinueve bodegas animan un pueblo que el pasado junio vio como un rayo dinamitó un corazón de Jesús situado en lo más alto de la iglesia. «Sonó como una bomba, aquello fue salvaje», rememoran los vecinos. Entre ellos, Librada, la antigua lechera.

La porra de cada fin de semana es otra de sus actividades que mejor acogida ha tenido. Hay 68 apuntados, también de pueblos de alrededor. En total, ha repartido más de 13.000 euros y el bote más grande, de 3.128 euros, lo dio el 18 de enero de 2015.

¿Y el futuro?

Aunque disfruta día a día y solo echa cuentas a final de año, admite que «dentro de diez años quedarán pocas personas en el pueblo y el negocio no será viable». Puede que esté abocado a abrir únicamente los fines de semana, a excepción del verano y la Semana Santa. Aun así, él se sigue viendo en Fuentepiñel puesto que la tranquilidad del pueblo le relaja. Por verse, también se ve al otro lado de la barra: «Lo planificaría de otra forma. No me imagino con 50 años sirviendo las cañas a mis amigos. Quizá sí como jefe y contratando a alguien».

Con la mente puesta quién sabe si en el menú de la próxima merienda, se despide con un último lema: «Que esta casa sea para los invitados un lugar de paz y tranquilidad». Lo desea Marce, «un terremoto«, en palabras de su madre. Ya saben: «Sonrían y sean felices».

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